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Operación
Flecha Rota
Roberto Herrera - Estudiante
de bachillerato (Valencia) |
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Cuarenta
años después de aquello, aun
hoy, dos pequeños pueblos mediterráneos
siguen pagando los platos rotos de una de
los incidentes menos aclarados de la dictadura.
La bomba de Palomares. Una bomba de hidrogeno,
caída desde un bombardero americano
en ruta, sobre una pequeña localidad
pesquera, que aun hoy sigue pidiendo una
reparación que ha llegado, más
bien escasa.
La historia comienza en 1966, en plena guerra
fría, cuando los bombarderos y submarinos
rusos y americanos, cargados de bombas atómicas
patrullaban un mundo que contenía
el aliento, ante una nueva contienda mundial,
que podía ser la definitiva, por
el terrible armamento acumulado. Los signos
eran malos. Indirectamente las potencias
luchaban en varios frentes. La fracasada
operación de bahía Cochinos
por la que EE.UU. pretendió invadir
Cuba, y la posterior crisis de los misiles;
el muro de Berlín separando las dos
Alemanias, y el ejército de Estados
Unidos sigue combatiendo en Vietnam. En
este ambiente de tensión máxima,
España entro, sin quererlo, en la
portada de la historia. Era el lunes 17
de enero de 1966, cuando un superbombardero
norteamericano de largo alcance B-52 cargado
con bombas termonucleares colisionaba en
vuelo con un avión nodriza durante
la operación de repostaje. Eran las
10.30 de un dia grabado a fuego en la retina
de muchos habitantes de Palomares que vieron
aquella mañana arder el cielo y cambiar
sus vidas.
El accidente provoco la caída de
cuatro bombas (no una como se dijo), con
una potencia 75 veces superior a las arrojadas
sobre Japón, sobre Palomares y Villaricos,
una pobre y remota pedanía de Cuevas
de Almanzora.

La aventura de aquellos humildes aldeanos
dio pie hace un año a un estremecedor
relato, en formato de cine que recoge 15
años de investigación y el
relato de decenas de lugareños, asi
como documentos inéditos de la US
Air Force y las declaraciones de Larry Messinger,
el piloto que tripulaba el B-52.
El avión regresaba de una misión
en Turquía, en la frontera con la
Unión Soviética, y se dirigía
a su base en Carolina del Norte. Sobrevolaba
la costa mediterránea de España
a 10.000 metros de altura cuando se acercó
al avión nodriza cargado con 110.000
litros de combustible. Un error propició
que el bombardero se elevara demasiado bajo
el avión nodriza y le golpeara en
la panza. El B-52 quedó gravemente
averiado, y de los siete tripulantes, tres
murieron. Los supervivientes lograron tirarse
en paracaídas instantes antes de
que explotara. Los restos del B-52 y las
cuatro bombas de hidrógeno caían
sobre Almería.
El tren de aterrizaje del B-52 cayó
a unos treinta metros de las casas y de
la escuela. De las cuatro bombas que portaba
el B-52 sólo en una se desplegó
el paracaídas, por lo que, al llegar
al suelo, no llegó a estallar, lo
que sí ocurrió con las dos
que impactaron violentamente. En ambas explotaron
los detonadores químicos, formándose
un aerosol que diseminó dióxido
de plutonio alrededor. Así, el documental
demuestra que las bombas estaban armadas,
en contra de lo que siempre se afirmó,
pero como no se introdujeron los códigos
de seguridad, no llegó a explotar
su carga mortífera.
Pasados los primeros momentos de incertidumbre,
el ejército norteamericano activó
un operativo denominado Broken Arrow (Flecha
Rota), código militar que se utiliza
cuando hay un incidente nuclear. El principal
objetivo era localizar las bombas y descontaminar
la zona. Pero la cuarta bomba no aparecía.
Gracias a los testimonios de unos labradores
que la vieron caer, comenzaron a buscarla
en el mar. La tensión era máxima
porque, en plena guerra fría, la
Unión Soviética también
tenía mucho interés en encontrar
la bomba y desentrañar su funcionamiento,
la carpeta de combate con los códigos
de armado, las radios especiales para los
protocolos de las alertas y las cajas negras,
para hacerse con valiosos secretos militares.
Según indica en el documental Sebastián
Sánchez, estudioso del accidente,
en el Gobierno español había
también militares interesados en
tomar muestras para incluir a España
entre los países con armamento nuclear.
El ejército norteamericano llegó
a desplegar hasta 1.400 soldados en Palomares,
a los que ubicó en un campo (el campamento
Wilson) rebautizado como Villa Jarapa por
los lugareños. La mayoría
eran de origen hispano o afroamericano.
Para establecer el alcance de la radiación
se realizaron miles de mediciones a mano
con un contador de radiaciones al que los
habitantes de la zona llamaban "la
plancha". Los servicios sanitarios
norteamericanos realizaron también
exhaustivos análisis a más
de 1.500 civiles y militares para calcular
el plutonio inhalado. Además, en
más de 130 hectáreas se arrancó
toda la vegetación, entre la que
había numerosas tomateras, que en
gran parte fueron trituradas, quemadas y
enterradas en dos fosas. El miedo a la radiación
provocó en los siguientes años
graves consecuencias económicas.
En los mercados dejaron de venderse los
productos de Palomares y Villaricos aunque
procedieran de cosechas limpias; se perdieron
jornales agrícolas, y como la cuarta
bomba se seguía buscando en el mar,
también se paralizó la pesca.
Quienes poseían animales se veían
en la disyuntiva de alimentarlos careciendo
de alimentos y de dinero, sacrificarlos
o malvenderlos. Las dificultades desembocaron
en hambruna y en un conato de rebelión
de los pescadores en el campamento Wilson.
Sólo entonces, el mando norteamericano
procedió al reparto de alimentos
y a la contratación de vecinos en
las labores de recogida de los restos de
los aviones.

Fraga,
la imagen del régimen, bañandose
en las contaminadas aguas de Palomares
entonando el "no pasa nada"
Pasaba
el tiempo y la cuarta bomba seguía
sin aparecer. Hasta cinco mini submarinos
se utilizaron en su búsqueda. Ochenta
días después del accidente
era encontrada gracias al testimonio del
marinero Francisco Simó, conocido
para la posteridad como "Paco el de
la bomba", porque indicó con
gran precisión el lugar en el que
la vio caer. Y todo ello en medio de la
desidia del régimen, del abandono
a los vecinos y de la manipulación
informativa.
En España, la censura actuó
a conciencia, y los titulares se limitaban
a quitar importancia al incidente, evitando
informar que se trataba de bombas no convencionales,
hecho que la población desconoció
en mucho tiempo, mientras los periódicos
americanos reconocían la gravedad
del hecho, y los soviéticos hablaban
de crimen contra la humanidad, dando a entender
que moriría muchísima gente.
Por el contrario, las reclamaciones de la
población fueron tratadas por la
prensa oficial como propias de pícaros
y ladrones que querían indemnizaciones
excesivas, transformando a las víctimas
en unos indolentes aprovechados.
Hoy, la memoria histórica, sigue
teniendo una deuda con gentes que como estas
sufrieron un tormento más silencioso
que los fusilados, pero igual de penitente.