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La
Prensa y la crisis del 98 |
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Historia
Contemporanea
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Jesús
Timoteo Álvarez, José
Alcalá
Universidad Complutense |
Desde
el inicio del Sexenio democrático,
si no antes, Cuba se había convertido
para el gobierno español en un arma
de doble filo. Una amenaza permanente de
guerra, a la par que la joya de su ya exiguo
imperio colonial. Acabada la primera guerra
al comienzo del reinado de Alfonso XII,
mediante la Paz de Zanjon, ni los cubanos,
ni los norteamericanos, quienes ambicionaban
la isla, habían dado carpetazo al
asunto. Las doctrinas anticoloniales que
predicaba Estados Unidos, el ambiente imperialista
de segunda revolución industrial,
el abandono del gobierno, sumido en el torbellino
revolucionario del sexenio, y luego en el
caciquismo de la Restauración, y
la frustración de la burguesía
isleña, no presagiaban nada bueno
como así ocurrió.
Finalmente estallaría el conflicto
de nuevo. El episodio final del la segunda
guerra se iniciaría el 15 de febrero
de 1898, cuando estallo en la rada de la
Habana el acorazado norte americano Maine.
Nunca se ha sabido con claridad quién
fue el responsable. Pero, sin duda, la espoleta
final de la breve guerra que condujo a la
pérdida de las últimas colonias
españolas, estuvo armada y detonada
por la prensa del gigante del norte.
¿A quién interesaría
que el barco saltase por los aires? «Rémington.
La Habana. Tú quédate donde
estás que la guerra la fabrico yo».
Con este telegrama de finales de 1896, el
joven editor y propietario del New York
Journal, William R. Hearst, ponía
en marcha un proceso que culminaría,
dos años más tarde, en el
enfrentamiento entre Estados Unidos y España
y la pérdida de la isla de Cuba para
los segundos.
William R. Hearst, dueño del New
York Journal, reunía todas las condiciones
para ser un megalómano. Nacido en
1863 en una familia californiana con propiedades
mineras y petrolíferas, tenía
a su disposición todo el dinero del
mundo. Se dice que en una ocasión,
un amigo del editor avisó a su madre
de que el niño estaba perdiendo dinero
al ritmo de un millón de dólares
al año en el nuevo periódico.
La madre tranquilizó al preocupado
amigo con esta frase, “a ese ritmo
de pérdidas el joven podrá
continuar jugando durante los próximos
30 años”.

batalla
de Cavite, donde la flota del Pacifico aniquilo
a la armada española de Filipinas
Cuando
el joven William cumplió 24 años,
su padre le regaló un periódico,
el San Francisco Examiner. En él
se convenció Hearst de que podría
llegar a convertirse en el primer editor
del mundo y con esa convicción saltó
a Nueva York unos años más
tarde, donde compraría un diario
en ruinas, el Journal, para construir sobre
él uno de los mayores diarios de
masas de todos los tiempos.
Corría en ese objetivo contra otro
inmenso editor, Josef Pulitzer, quien, diez
años antes, había iniciado
en la misma ciudad la puesta en marcha del
primer gran periódico de masas, el
World. Pulitzer fue y es el gran maestro
de las técnicas y fórmulas
de comunicación masiva para todo
el siglo XX. Pulitzer fue también
el espejo en que Hearst se quiso reflejar
y a quien quiso superar en influencia y
ventas.
En la competición contra el maestro,
Hearst utilizó sus mismas técnicas,
pero llevadas a la exageración y
a! extremo. Desarrolló así
una fórmula específica de
comunicación de masas que desde entonces
se conoce como amarillismo. Lo esencia!
de esas técnicas amarillas está
en la capacidad para crear historias de
primera página con gancho popular
a partir de unos pocos indicios o, si fuese
necesario, de ninguno. Se capta un rumor,
una suposición o unas referencias
y, desde ellas, se pone en marcha una «bola
de nieve» formada por emociones, grandes
titulares, golpes de efecto, confesiones
inesperadas, informaciones controladas y
publicadas a modo de serial, etcétera.
Cuando esa «historia», que puede
mantenerse durante meses e incluso años
en portada, se termina, se busca otra. Lo
que importa es que los lectores estén
emocionados, impresionados, excitados, entusiasmados,
asustados, irritados. Todo tiene que ver
con los sentimientos o los instintos Y poco
que ver con la información contrastada
u objetiva. Vamos, que “Donde estas
corazón?” no ha creado nada
nuevo.
En 1896, una nueva insurrección de
independentistas cubanos contra España
se cruzó en el camino de Hearst,
quien se decidio a no desaprovechar esta
oportunidad. Antes y después de esa
«historia» que mantuvo casi
año y medio y a la que dedicó
más de 300 portadas, Hearst se ocupó
nada menos que del presidente McKinley a
quien se opuso en las elecciones de 1896
y 1900. En estas últimas, llevado
por sus técnicas de entusiasmar,
llegó a pedir la muerte para el presidente.
Con tan mala fortuna que McKinley fue asesinado
en 1901. El diario, naturalmente, se vio
implicado en el proceso judicial consiguiente
y, aunque no pudieron demostrarle nada,
el Journal inició una rápida
carrera hacia su fin, abandonado por los
lectores. Cerró en 1904, después
de haber perdido seguidores tan deprisa,
al menos, que como los había conseguido.

William
R. Hearst
Pero
volvamos a Cuba. La intervención
de Hearst en la crisis de Cuba contaba,
para su éxito, con una predisposición
muy favorable en la mentalidad norteamericana.
Desde mediados del siglo XIX el ministro
Monroe había formulado la doctrina
de «América para los americanos».
Según esta doctrina, los americanos
del norte, es decir los wasp (blancos-anglosajones-protestantes)
eran pioneros llegados de Europa en nombre
de la libertad, habían establecido
el mejor de los regímenes políticos
posibles, habían encontrado el «paraíso
perdido» y tenían, por tanto,
no sólo el derecho sino la obligación
de establecerse y ampliar cada vez más
su frontera, sus principios, su organización,
sus valores. Esta mística, mitad
religiosa y mitad liberal, fue la que justificó
el exterminio de los indios, la conquista
de todo el oeste, hasta el Pacífico,
la guerra contra México al que arrebataron
la mitad de su territorio y, por supuesto,
su derecho a influir en América del
Centro y del Sur. Aquellos no eran lugares
para metrópolis de Europa sino para
ellos.
Hacia 1896, por tanto, los americanos del
norte no tenían duda ninguna sobre
su superioridad moral respecto a los españoles
en el Caribe y sobre su «derecho»
a liberar a los cubanos y puertorriqueños
de la ignominia, el atraso, la inquisición,
todos los vicios tenebrosos que, desde el
siglo XVI y las guerras religiosas en Europa,
lo español había significado,
en cuanto líderes de la posición
católica y del sur frente a los protestantes
y del norte.

Imagen
del Main semi hundido, el 15 de febrero
de 1898
La
situación era en 1896, por tanto,
una encrucijada de factores favorables a
una intervención: un megalómano
con capacidad para ser el ciudadano más
poderoso de su tiempo; un tiempo ansioso
por expandir su influencia hacia el sur;
un conflicto en el patio trasero en el que
estaba implicado el enemigo por esencia
de la mística wasp dominante. Y Hearst
lo aprovechó a conciencia. Decidió
conmocionar y agitar de tal forma que la
guerra se hiciese inevitable y, de paso,
doblegar la voluntad manifiesta del presidente
McKinley contrario a cualquier intervención
explícita fuera de su territorio.
Para ello utilizó la técnica
del amarillismo. Seleccionaba un personaje
con base real: podía ser un independentista
con caché, unas turistas americanas,
cualquiera. Ellos hacían de víctimas
buenas. En frente se situaba al español
malo: violento, libidinoso, feo, sin principios
ni escrúpulos. Con un bueno y un
malo se crean sentimientos, movilización,
protestas, todo lo que sea necesario. Y
el periódico crece vertiginosamente
en tiradas, ventas e influencia.
El caso más notable fue el de Evangelina
Cisneros. Se trataba de una joven cubana
que había tenido amores con un soldado
español. A partir de ahí,
la va a convertir en una heroína
nacionalista, con ideales, padre perseguido,
vejaciones, naturalmente, sexuales, cárcel
y sufrimiento, supuesta liberación
por un grupo de patriotas neoyorquinos (probablemente
organizados por el periódico). La
heroína llegará a Nueva York
en loor de multitudes para desaparecer de
inmediato en el olvido de la gran ciudad.
marineros americanos supervivientes del
Main en los muelles de la Habana
Pero
el momento cumbre del plan de Hearst llegaría
a las 21.45 del martes 15 de febrero de
1898. En esa fecha, el acorazado Maine de
Estados Unidos, anclado la bahía
de la Habana, en visita rutinaria, sufría
una tremenda explosión, a consecuencia
de la cual se hundía en pocos minutos
arrastrando al fondo a 268 de sus tripulantes.
¿Qué había sucedido?
¿Accidente o voladura intencionada?
En este supuesto, ¿quién?
Cinco respuestas. Primera, ¿las autoridades
de la isla? Disparatada. Segunda, ¿algún
grupo de patriotas españoles exaltados
por el clima bélico existente? Inverosímil.
Tercera, ¿el mando americano, fabricando,
como se ha dicho de Pearl Harbour, un detonante
para la opinión? No parece que necesitasen
de este recurso extremo. Cuarta, ¿la
actuación de un demente de la propia
dotación del buque, hipótesis
del libro de Remesal? Quinta, ¿los
independentistas cubanos, que disponían
de la capacidad de hacerlo y a quienes interesaba
más que a nadie un incidente tan
grave? Posible. Quizá la casualidad
desgraciada continúa siendo lo más
probable.
Determinar la causa de lo ocurrido con certeza
implica la definición de responsabilidades
morales retroactivas, pero no es de mayor
trascendencia desde un punto de vista amplio.
Estados Unidos estaba decidido a intervenir
en la guerra de independencia cubana y las
posesiones españolas en el Caribe
y el Extremo Oriente constituían
una tentación demasiado grande para
que la voracidad tradicional del tío
Sam pudiera resistirla. Una larga experiencia
en la adquisición de gangas y en
rapiñas diversas, Luisiana, Florida,
territorios del Oregón, México,
Alaska y, poco hacía, las islas Hawai,
le habían permitido cuadruplicar
en cien años su extensión
geográfica y convertirse en una potencia
interoceánica. Los estrategas estadounidenses
venían analizando el asunto tiempo
antes y la obra de Mahan, “El poder
naval en la historia”, editada en
1890, excitaba las imaginaciones imperialistas
en el naciente coloso. En cualquier caso
y muy pronto, Estados Unidos habría
enviado a Madrid un ultimátum que
el Gobierno español no hubiera podido
acatar por dignidad, vergüenza y razones
políticas y de régimen. En
el momento de estallar la guerra, declarada
por España el 23 de abril, la superioridad
naval americana era cierta, pero no tan
aplastante como a menudo se afirma. Utilizando
los datos, casi siempre precisos, de A.
A. Nofi en su reciente “The Spanish
American War”, 1898, Estados Unidos
disponía de una flota bastante extravagante.
Cuatro acorazados de primera clase, Indiana,
Iowa, Massachussets y Oregon, y otros dos
de segunda, uno de ellos el Maine, junto
con dos cruceros acorazados, Brooklyn y
New York, a la que habría que añadir
14 cruceros protegidos, tres de ellos muy
lentos.
La Armada española, prescindiendo
de la venerable Numancia, comprendía
el acorazado Pelayo, de impresionante blindaje,
y los cruceros acorazados Carlos V, los
gemelos Oquendo, Vizcaya y María
Teresa, y el excelente Colón. Completaban
la lista, por lo que se refiere a buques
modernos, los cruceros Alfonso XIII y Lepanto,
y los cruceros acorazados -botados en 1896
y 1897, aunque sin concluir aún-
Princesa y Cisneros, versión mejorada
de la serie Oquendo. Una diferencia, en
buques acorazados funcionales de 65.000
toneladas para Estados Unidos frente a las
47.000 de las fuerzas navales españolas.
La relación de poder se puede establecer
en dos a uno, con una pequeña ventaja
para España por la mayor velocidad
de su escuadra de cruceros, 20 nudos, respecto
a los acorazados americanos, 15 a 16, lo
que hubiera debido imponer una estrategia
hispana por completo diferente a la que
se adoptó, según se señaló
entonces, y se ha dicho después muchas
veces.

El
crucero Vizcaya, una de las joyas de la
marina española
El terco aislacionismo hispano impidió
el único, y dudoso, recurso eficaz,
la mediación de alguna de las grandes
potencias.
Pero aunque hubiéramos dispuesto
de brillantísimos estadistas y almirantes
geniales, el resultado de la contienda sólo
podía ser uno. Si las dimensiones
económicas de España eran
similares a las de Estados Unidos en 1830,
en 1860 eran la cuarta parte y la décima
parte a fin de siglo. El consumo de carbón,
de cuatro millones de toneladas con 260,
la producción de hierro colado, de
unas trescientas mil toneladas de una parte
y más de diez millones por otra.
En este sector, Estados Unidos adelantaba
a Inglaterra en 1894 y en 1906 a Inglaterra
y Alemania unidas. Y la escuadra de EE UU
creció de cinco acorazados en 1898
a 26 en diez años.
Lo más seguro es que, ni cediendo
Cuba, hubieran podido conservarse las Filipinas,
salvo concesiones estratégicas y
comerciales enormes. Ciertamente, a lo más
que podía aspirar España en
la triste coyuntura del 98 es a mantenerse
en Puerto Rico, como última, españolisima
y entrañable reliquia de su Imperio
ultramarino.
Las escuadras españolas actuaron
en Cavite con valor, sin esperanza y en
la campaña del Atlántico con
incompetencia pusilánime, siendo
destruidas por completo. Con sólo
dos buques mayores, el Pelayo y el Carlos
V, para proteger las costas ibéricas
y las Canarias, España tuvo que capitular,
incapaz de abastecer a los doscientos mil
hombres del ejército del Caribe y
a los casi cincuenta mil de Filipinas.
Se cerraba así, con poca gloria,
un capítulo de la historia española.
Capitulo que también empezaba a cerrarse
para Europa tras los desastres navales rusos
ante los japoneses y, sobre todo, con las
suicidas guerras civiles de los europeos
en 1914 y 1939.