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El
origen asambleario de Cantabria |
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Temas
medievales
EBF

Cantabria
esta encuadrada en la actualidad en un estado
descentralizado, en el que cada comunidad
tiene asignados unos poderes de decisión
propios en ciertos ámbitos o competencias.
Es una manifestación del deseo, en
muchos casos artificial, de expresar así
el legitimo derecho de un pueblo a decidir
su destino. No es el caso de Cantabria,
uno de los pueblos que con más naturalidad
a lo largo de la historia, ha exhibido una
tradición convencidamente “juntera”,
“asamblearia”, como signo de
la libertad de una comunidad ancestral,
localizada en los orígenes de España
y de Europa. Una tradición de autogobierno
cuyo estudio es esencial para entender la
formación de España, y cuyo
origen es mucho más antiguo que el
de otras comunidades, que, sin embargo,
han sabido “vender”, mejor sus
tradiciones e instituciones, en aras de
defender sus intereses materiales y espirituales.
Cuando en el siglo VIII se inicio la resistencia
cristiana contra el Islam, que había
ocupado la mayor parte del territorio peninsular,
el territorio de Cantabria, ya era un ente
autónomo del vetusto reino visigodo,
el ducado de Cantabria. Era el resultado
lógico de las variaciones políticas
de un pueblo que se había enfrentado
secularmente a invasores de todo tipo y
condición, demostrando una extraordinaria
capacidad para la resistencia y para la
guerra.
Muchas fuentes documentales ya refieren
en esa época, y en otras anteriores,
de una serie de entidades territoriales
singulares que toman nombre específico
a finales del siglo VIII, y que no volverían
a unirse hasta un milenio después.
Estos territorios dotados de autonomía
política y jurisdicción aparecen
en las Crónicas de Alfonso III (866-910),
y antes en la Crónica Partida de
Alfonso II (798-842), en las que se menciona
a las Asturias" de Santillana, Liébana
y Trasmiera, que junto con Campoo y el territorio
oriental, constituyen el ámbito territorial
de la Cantabria histórica.
Desde ese momento, y durante las edades
media y moderna, aparecen manifestaciones
concretas de un espíritu territorial
cohesionado, mediante la aparición
progresiva de instituciones supralocales,
que nacen en las necesidades de la población,
en las circunstancias de la guerra y, problamente
en una conciencia de pueblo. Son asambleas
que dan pie a las Juntas Históricas
de la Región de Cantabria.
La
historiografia sobre estos órganos
asamblearios arranca el siglo pasado con
el trabajo de Francisco González-Camino
y Aguirre y Tomás Maza Solano, que
elaboran dos eruditos estudios sobre las
Juntas de las Cuatro Villas de la Costa
de la Mar (Santander, Castro, San Vicente
y Laredo) y las Juntas de Puente San Miguel.
Se produce ese estudio al mismo tiempo que
el general Soto y Lombar trabaja en un estudio
sobre las Juntas de Trasmiera como base
fundamental del gobierno de ese territorio.
Trabajo que dará lugar a una pieza
básica para conocer nuestra historia
comunitaria, que es “La Merindad de
Trasmiera”, obra publicada en 1932.
Ellos, junto a otro estudioso regional,
Escagedo Salmón son los iniciadores
de un espíritu regionalista que ve
en esas juntas y asambleas el testimonio
de una conciencia colectiva, y de una intención
de autogobierno, como arma para proteger
su identidad y sus intereses, aunque eseo
le impulse, como ocurre en el pleito de
los Valles a enfrentarse a instancias de
poder superiores, a la monarquía,
la nobleza, las cortes o el estado.
Este fenómeno asambleario no es único
en nuestra región, como tampoco lo
es en el país Vasco, que, sin embargo,
ha sabido convertir a sus Juntas Generales
de Vizcaya, en un fenómeno mas publicitario
que real en esa interpretación histórica
de fenómeno único de la identidad
vasca, asociado a la imagen de los hombres
libres rodeando el milenario árbol
de Guernika. En realidad, lo cantabro es
un fenómeno generalizable en la época
moderna a toda la Cornisa Cantábrica,
e, incluso, en el interior de Castilla,
hasta las tierras llanas; así, hay
Juntas de la Hermandad Alavesa y Guipuzcoana,
Juntas en Galicia y; también, se
conocen las Juntas de la Merindad de Castilla
la Vieja, cuyas actas se conservan en Villarcayo.
Tan antigua como cualquiera de éstas,
o más, fue la Junta General o Hermandad
de los Valles de la Merindad de las Asturias
de Santillana, órgano de antigua
tradición, según las declaraciones
de los corregidores medievales, del que
conocemos un acta correspondiente a 1430;
y ésta, que se reunía en el
Campo Revolgo de Santillana, es el precedente
institucional que tomarán los nueve
valles, cuando, tras el pleito con la jurisdicción
señorial de fines del XVIII, vuelvan
a la Corona, para reunirse en lo que serán
las famosas Juntas de Puente San Miguel.

Pero, hubo también juntas o asambleas
generales en todo nuestro espacio regional,
ajustadas a demarcaciones administrativas
singulares; y de ello es testimonio fehaciente
el que en la provincia de Liébana
aparece en las Ordenanzas de Potes de 1619,
en el capítulo 8, una mención
a las Juntas Generales de la provincia de
Liébana, integradas por los procuradores
de cada villa, y reunidas en la capital.
De igual forma hay constancia de las Asambleas
Generales de la Merindad de Campoo, que
se reúnen a lo largo de la edad moderna
en Reinosa, de las ordenanzas de la Hermandad
de Campoo de Suso, de tiempos de Felipe
II, a las que asiste su procurador junto
a los representantes de las otras hermandades
y del Valle de Valderredible.
Por último, es preciso recordar a
las Juntas de Trasmiera, tradicionalmente
reunidas junto a la encina de Hoz de Anero,
y las Juntas de las Cuatro Villas de la
Costa de la Mar, cuya capitalidad se radicaba
en Bárcena de Cícero, y cuyas
actas más antiguas corresponden al
año 1555.
La voluntad colectiva de gestión
de los asuntos de cada una de aquellas-
comunidades a través de sus procuradores:
reparación de caminos y puentes;
rechazo de las cargas fiscales excesivas;
abusos de las autoridades representantes
del poder real en aquellos territorios;
preocupación por la mejor asignación
de los recursos; la educación; la
sanidad; la defensa frente a desgracias
coyunturales, es, sin duda, la manifestación
más clara de la identidad histórica
que hacia confluir los esfuerzos a finales
del siglo XVIII en el camino hacia la unión,
en la génesis de la provincia de
Cantabria.
Debemos por tanto entender, que nuestras
instituciones actuales no son, sino un reflejo
de aquella historia secular, que periódicamente
la historia ha resucitado, y que hoy vuelven
a exigir un nuevo acercamiento de las instituciones
a las comarcas más caracterizadas
de nuestra tierra, aquellas que fueron protagonistas
de un esfuerzo común que todos hemos
heredado, y del que debemos aprender la
necesidad de un esfuerzo para una gestión
de los intereses comunes, y una identidad
común, Cantabria.