TEXTOS
DE HISTORIA DE ESPAÑA
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12.
La crisis bajo medieval |
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Introducción
eolapaz.es
Estos
son textos para practicar la técnica
de comentario y analisis. No estan incluidos
en el temario de PAU, pero si en el de segundo
de bachiller.
Texto
12.1.
La crisis de la baja edad media.
Perry
Anderson.
El
determinante más profundo de esta
crisis bajo medieval radica, probablemente
en un "bloqueo" de los mecanismos
de reproducción del sistema en el
punto límite de sus últimas
capacidades.
Parece claro, en particular, que el motor
básico de las roturaciones rurales,
que había impulsado durante tres
siglos a toda la economía medieval,
superó finalmente los límites
objetivos de la tierra y de la estructura
social. La población siguió
creciendo mientras las cosechas ocupaban
las tierras marginales todavía disponibles
para su roturación, dados los niveles
existentes de la técnica, y el suelo
se degradaba por la precipitación
y el mal uso. Las últimas reservas
de tierras recientemente roturadas eran
normalmente de baja calidad, suelos húmedos
o ligeros donde eran más difíciles
los cultivos y en los que se sembraban cereales
inferiores, tales como la avena. Por otra
parte, las tierras sometidas desde hacía
más tiempo al arado sentían
ya la vejez y la decadencia debido a la
misma antigüedad de sus cultivos. El
avance de las tierras destinadas al cereal
se había conseguido frecuentemente
a costa de la disminución de los
pastizales, lo que naturalmente afectó
a la cría de animales y, con ella,
al suministro de abonos para la misma tierra
cultivada. El progreso de la agricultura
medieval sufrió ahora su propio castigo.
La roturación de bosques y tierras
baldías no fue acompañada
de un cuidado similar en su conservación:
en los buenos tiempos se utilizaron muy
poco los fertilizantes, de tal modo que
las capas altas de tierra quedaron rápidamente
exhaustas; las inundaciones y los vendavales
de polvo se hicieron más frecuentes.
Además, la diversificación
de la economía feudal europea con
el desarrollo del comercio internacional
había provocado en algunas regiones
una disminución de la producción
de grano a costa de otras ramas de la agricultura
(vino, lino, lana, ganadería) y,
por tanto, un aumento en la dependencia
de las importaciones con sus peligros consiguientes.
En el marco de este equilibrio ecológico
cada vez más precario la expansión
demográfica podía caer en
la superpoblación al primer golpe
de mala cosecha. Los primeros años
del siglo XIV estuvieron plagados de esos
desastres: 1315-1316 fueron años
de hambre en Europa. Las tierras comenzaron
a abandonarse y el índice de natalidad
a caer incluso antes de los cataclismos
que más adelante asolaron al continente.
En algunas regiones, las rentas exorbitantes
del campesinado ya estaban disminuyendo
en el siglo XIII.
Al mismo tiempo, la economía urbana
tropezó ahora con algunos obstáculos
decisivos para su desarrollo. No hay ninguna
razón para creer que la pequeña
producción mercantil en la que se
basaban sus manufacturas estuviera en este
momento seriamente dañada por las
restricciones gremiales y por el monopolismo
patricio que dominaban las ciudades. Pero
el medio básico de circulación
para el intercambio mercantil quedó
indudablemente paralizado por la crisis,
ya que a partir de las primeras décadas
del siglo XIV hubo una escasez generalizada
de dinero que afectó inevitablemente
a la banca y al comercio.
Las razones fundamentales de esta crisis
monetaria son oscuras y complejas, pero
uno de sus principales factores fue la llegada
al límite objetivo de las propias
fuerzas de producción. En la minería,
como en la agricultura,. Se alcanzó
una barrera técnica en la que la
explotación se hizo inviable o perjudicial.
La extracción de plata, a la que
estaba conectado todo el sector urbano y
monetario de la economía feudal,
dejó de ser practicable o rentable
en las, principales zonas mineras de Europa
central, porque no había forma de
abrir pozos más profundos o de refinar
los minerales más impuros. La extracción
de plata llegó casi a su fin en el
siglo XIV.
El descenso de la población condujo
a una contracción en la demanda de
artículos de subsistencia, de tal
forma que los precios del grano se hundieron
a partir de 1320. Las manufacturas urbanas
y los bienes caros producidos para el consumo
señorial gozaban, por el contrario,
de una clientela relativamente inelástica
y selecta y aumentaron progresivamente sus
precios. Este proceso contradictorio afectó
radicalmente a la clase noble, ya que su
modo de vida se había hecho cada
vez más dependiente de los bienes
de lujo producidos en las ciudades (el siglo
XIV habría de presenciar el apogeo
de la ostentación feudal con las
modas de la corte borgoñona, que
se extendieron por toda Europa), mientras
que el cultivo de sus tierras y las rentas
serviles procedentes de sus dominios producían
unos ingresos progresivamente decrecientes.
El resultado fue un descenso en las rentas
señoriales, que, a su vez, desencadenó
una oleada sin precedentes de guerras, ya
que en todas partes los caballeros intentaron
recuperar sus fortunas por medio del saqueo.
La guerra, vocación caballeresca
del noble, se convirtió en su actividad
profesional: los servicios de caballería
dieron paso progresivamente a los capitanes
mercenarios y a la violencia a sueldo. La
población civil fue en todas partes
la víctima. Ejemplo máximo
de esta situación seria la Guerra
de los Cien años, gigantesco conflicto
armado entre ingleses y franceses, que arrastraría
a otras potencias europeas, como Castilla
y Aragón.
Para completar este panorama de desolación,
la crisis estructural estuvo sobredeterminada
por una catástrofe coyuntural: la
invasión de la peste negra procedente
de Asia en el año 1348. Este fue
un fenómeno exterior a la historia
europea que se estrelló contra ella
de forma similar a como habría de
hacerlo la colonización europea contra
las sociedades americanas o africanas en
los siglos posteriores. Pasando de Crimea
a los Balcanes por el mar Negro, la peste
atravesó como un tifón toda
Italia, España y Portugal, se curvó
hacia el norte en dirección a Francia,
Inglaterra y los Países Bajos y finalmente
se volvió de nuevo hacia el este
por Alemania, Escandinavia y Rusia. Con
la resistencia demográfica ya debilitada,
la peste negra se abrió paso con
su guadaña entre la población
del continente, segando quizá una
cuarta parte de sus habitantes. A partir
de entonces, los brotes de peste se hicieron
endémicos en muchas regiones. Si
se cuentan esas repetidas epidemias auxiliares,
el número de muertos hacia 1400 fue
posiblemente de dos quintos del total. El
resultado fue una devastadora escasez de
mano de obra, precisamente cuando la economía
feudal estaba bloqueada por sus graves contradicciones
internas.
Esa acumulación de desastres provocó
una desesperada lucha de clases por la tierra.
La clase noble, amenazada por las deudas
y la inflación, se enfrentaba ahora
a una mano de obra descendente y hostil.
Su reacción inmediata fue el intento
de recuperar su excedente atando a los campesinos
al señorío o reduciendo drásticamente
los salarios en la ciudad y en el campo.
Las Cortes de Castilla, reunidas en Valladolid,
decretaron ese mismo año la regulación
de los salarios. Sin embargo, este intento
señorial de reforzar la condición
servil y hacer que la clase productora pagara
el coste de la crisis se enfrentó
ahora con una feroz y violenta resistencia,
dirigida a menudo por los campesinos más
cultos y prósperos, que movilizó
las más profundas pasiones populares.
Los conflictos sordos y localizados que
habían caracterizado la larga expansión
feudal se fundieron repentinamente en grandes
explosiones regionales o nacionales durante
la depresión feudal en unas sociedades
medievales que ahora estaban ya mucho más
integradas económica y políticamente.
La penetración del intercambio mercantil
en el campo había debilitado las
relaciones consuetudinarias, y la llegada
de los impuestos reales se superpuso con
frecuencia en las aldeas a las tradicionales
exacciones nobiliarias: ambos hechos tendieron
a centralizar en grandes movimientos colectivos
las reacciones populares contra la extorsión
y la represión señorial. En
el siglo XV los campesinos calabreses se
rebelaron contra sus señores de Aragón
en las grandes rebeliones de 1469-1475.
En España, los siervos remensas se
movilizaron contra la extensión de
los "malos usos" impuestos por
sus señores y se produjeron las amargas
guerras civiles de 1462 y 1484 . Todas estas
rebeliones de los explotados fueron derrotadas
y reprimidas políticamente, con la
excepción parcial del movimiento
remensa , pero su impacto en el resultado
final de la gran crisis del feudalismo en
España fue, a pesar de todo, muy
profundo.
Una de las conclusiones más importantes
que pueden deducirse de un examen de la
gran crisis del feudalismo europeo es que
-contrariamente a las creencias ampliamente
compartidas por los marxistas- el "modelo"
característico de una crisis en un
modo de producción no es aquel en
que unas vigorosas fuerzas (económicas)
de producción irrumpen triunfalmente
en unas retrógradas relaciones (sociales)
de producción y establecen rápidamente
sobre sus ruinas una productividad y una
sociedad más elevadas. Por el contrario,
las fuerzas de producción tienden
normalmente a estancarse y retroceder dentro
de las existentes relaciones de producción;
éstas tienen que ser entonces radicalmente
cambiadas y reordenadas antes de que las
nuevas fuerzas de producción puedan
crearse y combinarse en un modo de producción
globalmente nuevo. Dicho de otra forma:
en una época de transición,
las relaciones de producción cambian
por lo general antes que las fuerzas de
producción, y no al revés.
Así pues, la consecuencia inmediata
de la crisis del feudalismo occidental no
fue una rápida liberación
de nueva tecnología ni en la industria
ni en la agricultura, que tendría
lugar únicamente después de
un intervalo considerable. La consecuencia
directa y decisiva fue más bien una
extensa transformación social en
el campo, porque las violentas rebeliones
rurales de la época condujeron imperceptiblemente,
a pesar de su derrota, a cambios en el equilibrio
de las fuerzas de clase en pugna por la
tierra.
En Castilla, los niveles saláriales
se cuadruplicaron en la década de
1348-58, después de la peste negra.
La crisis general del modo de producción
feudal, lejos, pues, de empeorar la condición
de los productores directos en el campo,
acabó mejorándola y emancipándolos.
De hecho, fue el momento decisivo en la
disolución de la servidumbre. Indudablemente,
las razones de un resultado de tan inmensa
importancia hay que buscarlas, ante todo
y sobre todo, en la doble articulación
del modo de producción feudal, que
hemos subrayado desde el principio de este
estudio.
Fue principalmente el sector urbano, estructuralmente
protegido por la parcelación de la
soberanía en el sistema político
medieval, el que se desarrolló hasta
un punto en el que podía cambiar
decisivamente el resultado de la lucha de
clases en el sector rura1. La localización
geográfica de las grandes rebeliones
campesinas de finales de la Edad Media en
Occidente es por sí misma elocuente.
Prácticamente en todos los casos,
las rebeliones acaecieron en zonas con poderosos
centros urbanos, que actuaron objetivamente
como fermento de esas insurrecciones populares:
Brujas y Gante, en Flandes; París,
en el norte de Francia; Londres, en el sudeste
de Inglaterra, y Barcelona, en Cataluña.
La presencia de grandes ciudades siempre
comportaba la irradiación de las
relaciones mercantiles en los campos de
los alrededores y, en una época de
transición, las tensiones de una
agricultura semi comercializada resultaron
ser mucho más graves para el armazón
de la sociedad rural. Las regiones de París
y Barcelona eran las zonas económicamente
más avanzadas de Francia y España
respectivamente, con la más alta
densidad de intercambio mercantil de cada
país. Por lo demás, el papel
de las ciudades en las rebeliones campesinas
de la época no se limitó a
sus efectos de zapa sobre el tradicional
orden señorial situado en sus cercanías.
Muchas ciudades apoyaron o ayudaron activamente
de una u otra forma a las rebeliones rurales,
bien por una incipiente simpatía
popular, desde la base, o bien por el cálculo
patricio de sus propios intereses, desde
arriba. Así pues, objetiva y, a menudo,
subjetivamente, las ciudades influyeron
en el carácter y la dirección
de las grandes rebeliones de la época.
Sin embargo, las ciudades no intervinieron
en el destino del campo única o principalmente
durante estas explosiones críticas,
ya que nunca dejaron de hacerlo en situaciones
de una superficial paz social. En Occidente,
la red relativamente densa de ciudades ejerció
una continua influencia gravitacional sobre
la relación de fuerzas sociales del
campo. Por una parte, el predominio de estos
centros comerciales hacía que escapar
a la servidumbre fuera una permanente posibilidad
para los campesinos descontentos. Por otra
parte, la presencia de estas ciudades presionaba
constantemente a los nobles belicosos a
recibir sus ingresos en forma monetarizada.
Los señores necesitaban dinero y
no podían arriesgarse, más
allá de cierto punto, a empujar a
sus campesinos hacia la vagancia o los empleos
urbanos. Se veían obligados, en consecuencia,
a aceptar una relajación de los vínculos
serviles en el campo. El resultado fue una
lenta pero ininterrumpida conmutación
de las prestaciones por rentas en dinero
y un creciente arrendamiento de la reserva
señorial a los campesinos, aunque
frecuentemente en un teatro de enfrentamientos
y ajustes de cuentas. Así, la lucha
de los campesinos remensas de Cataluña
contra los "seis malos usos" terminó
finalmente con la Sentencia de Guadalupe
de 1486, por la que Fernando de Aragón
emancipó formalmente a los campesinos
de esas cargas. Adquirieron así una
posesión estable de sus parcelas,
mientras que los señores conservaban
sobre ellos derechos jurisdiccionales y
legales. Para desalentar el ejemplo de la
rebelión, el monarca impuso multas
simultáneamente a todos aquellos
que habían participado en las rebeliones
de los remensas . En Castilla, la clase
terrateniente reaccionó a la escasez
de mano de obra del siglo XIV por medio
de una amplia conversión de la tierra
a la cría de la oveja, que a partir
de entonces se convirtió en la rama
dominante de la agricultura en la meseta.
En términos generales, la producción
de lana fue una de las más importantes
soluciones señoriales a la crisis
agrícola; en el último período
medieval, la producción creció
tal vez de tres a cinco veces en el último
período medieval En las condiciones
de Castilla, la servidumbre carecía
ya de una justificación económica,
y en 1481 las Cortes de Toledo concedieron
finalmente a los siervos el derecho a abandonar
a sus señores, con lo que se abolían
sus vínculos de adscripción.
En Aragón, donde el pastoreo nunca
había tenido gran importancia, las
ciudades eran débiles y existía
una jerarquía feudal más rígida,
el sistema represivo señorial no
se vio seriamente afectado durante la Baja
Edad Media, y la servidumbre se mantuvo
bien enraizada.
Texto
12.2.
La Sentencia de Guadalupe.
"Anulamos el
derecho y facultad que los señores
pretendían tener de maltratar a los
dichos payeses y, si de ella usaran, que
los dichos payeses puedan recurrir a Nos
a nuestros oficiales.
Que los dichos payeses y sucesores suyos
puedan renunciar, dejar y desocupar los
dichos mansos y casas, con las propiedades,
tierras y posesiones cuando quieran y que
se puedan ir libremente a donde quieran".
Fernando
II de Aragón, 1476.