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30.
Alzamiento
y Guerra Civil (1936-1939) |
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Introducción
eolapaz.es
El
inicio de la rebelión degeneró
en una guerra civil al final de la cual
desapareceria la república democratica
y apareceria la dictadura franquista.

I.
Inicio y desarrollo de la Guerra Civil
Las
últimas elecciones de la República
tuvieron lugar el 16 de febrero de 1936.
Resultaron tensas y muy competidas, con
una participación del 70%. Pese a
presentarse muchos partidos, estos estuvieron
agrupados en dos grandes coaliciones:
1.
El Bloque nacional, , organizado en torno
a la CEDA, pero que no permanecía
unido en todas las circunscripciones electorales.
El programa de la derecha consistía
en «ir a por los 300 diputados»
para llevar a cabo la reforma de la Constitución,
pero sin mayor concreción.
2. El Frente Popular, en el que participaron
partidos republicanos de izquierda (Unión
Republicana, Izquierda Republicana), regionalistas
(Esquerra catalana, Partido Galeguista)
y socialistas y comunistas (PSOE, PCE y
POUM). Su objetivo era volver a poner en
marcha las reformas del bienio reformador
y acometer una amnistía general para
los encarcelados tras la revolución
de octubre de 1934.
3. Tras ellos, un pequeño grupo de
partidos centristas, el principal de los
cuales era el de Portela Valladares.
Este
reparto de fuerzas denotaba una profunda
radicalización social, en la cual
los partidos de centro, mas moderados y
de clases medias habían desaparecido.
El Frente Popular gano en Madrid, Cataluña,
Asturias y toda la periferia mediterránea.
La derecha se impuso en Castilla y Aragón.
El partido radical quedo reducido a 5 escaños
y Portela gano en dos provincias. Pese a
una cierta igualdad en el número
de votos, la izquierda se impondría
por 257 escaños a 139, en virtud
del sistema de elección y la desunión
del Bloque Nacional en algunas circunscripciones.
Los grandes triunfadores fueron los partidos
republicanos de izquierda de Azaña,
Martínez Barrio y Companys, que sumaban
150 diputados.
2.
EL NUEVO GOBIERNO
Pese a las presiones militares para que
se formara un gobierno de centro apoyado
por el ejercito, Portela abandono y Manuel
Azaña, se convirtió en jefe
de un gobierno solo republicano, sin socialistas.
Las primeras medidas estuvieron en relación
al programa del Frente Popular:
- liberación de presos
- restablecimiento de las instituciones
autonómicas catalanas
- recuperación de la política
de reforma agraria
-
En general, se intento restaurar la política
del primer bienio, incluyendo una posición
más favorable a la tramitación
de los estatutos de autonomía del
País Vasco y Galicia. El gobierno
fue breve, pues en primavera Azaña
asumió la presidencia de la republica.
Nunca sabremos si para apartarle.
3.
LOS INICIOS DEL CONFLICTO CIVIL
Tras
las elecciones el ambiente se radicalizo
aun más, en la calle y en el parlamento,
en lugar de tranquilizarse.
Los sindicatos (UGT y CNT), aun con el rencor
por la actuación de la derecha durante
el bienio rectificador y por la represión
de Asturias, y muy influenciados por el
Komitern, actuaron de una manera mas coordinada,
manteniéndose en una permanente movilización
callejera, con numerosas huelgas.
Frente a ello, los partidos perdieron control
de las masas y capacidad de actuación
conjunta. Y ello en parte por una masa obrera
descontrolada que prefería la revolución
social a un apoyo al gobierno, considerado
«burgués».
La extrema derecha (FE JONS o Renovación
española), e incluso parte del Bloque
Nacional, confiaban cada vez menos en la
vía parlamentaria (visto lo ocurrido
en 1934) para alcanzar el poder y salvar
sus valores e intereses, con lo que los
lideres moderados, como Gil Robles, perdieron
predicamento.
El
resultado fue un abandono de la lucha parlamentaria
y una entrega ciega a la violencia callejera,
representada en cientos de asesinatos, incendios
de iglesias y enfrentamientos, sin que el
gobierno fuera capaz de controlar el orden
público.
Ante ello el ejercito (que había
ido mostrando su descontento y su intervencionismo
desde 1904), se mostraba dividido, pero
con una creciente tendencia a hacerse con
el control del poder. Parte de sus mando,
encabezados por Mola, entendían que
ante la gravedad de la situación,
España precisaba de una intervención
salvadora que evitara la intervención
extranjera (KOMINTERN) y la destrucción
por las masas de los valores cristianos,
la propiedad y la unidad nacional.
Los asesinatos políticos del teniente
Castillo y de Calvo Sotelo en julio de 1936
acelerarían la sublevación
militar, cuyo fracaso sumiría al
país en una larga y vengativa guerra
civil.

4.
EL MARCO EUROPEO
La
amenaza de una nueva guerra mundial se hizo
cada vez más presente desde el ascenso
de Hitler al poder (1933). A ellos se unía
la falta de respuesta de las democracia
(Francia e Inglaterra), ante la invasión
de Checoslovaquia y Austria, el aislacionismo
americano (sumidos en una profunda depresión
económica) y el incremento de la
presencia de la URSS en Europa.
Pese a los acuerdos europeos para mantener
las fronteras europeas y la Paz (pacto de
Estresa), Italia invadió Etiopía,
lo que evidencio la poca garantía
de esos pactos. Tras ello Italia comenzo
su acercamiento a Hitler, con quien firmaría
en 1936 (inicio de la guerra española)
el «eje» Berlín-Roma.
Junto a ellos, Alemania había comenzado
en 1935 una política de rearme, ocupado
en 1936 la región desmilitarizada
de Renania y firmado con Japón el
Pacto Antikomintern, una alianza contra
la Internacional Comunista.
En 1938, Hitler invadió Austria,
penetró en los Sujetes checos, estableció
un protectorado sobre Bohemia y Moravia
e impulsó la independencia de Eslovaquia.
En 1939 se adentró en Polonia, lo
que dio origen a la Segunda Guerra Mundial.
Frente a ello, Francia y Gran Bretaña
pretendieron llevar a cabo una política
de concesiones negociadas con los dictadores.
Esta política se manifestó
con la invasión italiana de Etiopía
y culminó en la Conferencia de Munich
de 1938, en la que Gran Bretaña,
Francia e Italia aceptaron la ocupación
de los Sudetes, lo que supuso una auténtica
claudicación ante Hitler. Una política
así hace comprender la posterior
pasividad en ayudar a la republica (caótica
y supuestamente a merced de los obreros
y de Rusia, una nación mas peligrosa
para las democracias que los fascismos,
se creía). La razón de tener
mas miedo a la URSS, que a los fascismos
radicaba en que la URSS trató de
exportar el modelo de sociedad comunista
que ella representaba y que en los años
treinta competía por imponerse en
Europa frente al modelo fascista y al democrático.
Hacia 1936, la URSS, bajo la dictadura de
Stalin, se había convertido en una
gran potencia industrial. Su independencia
frente al exterior se basaba en su poder
militar.
La reorientación de la política
exterior de Stalin significaba un acercamiento
a las democracias occidentales y un cambio
de estrategia de la Internacional Comunista:
los partidos comunistas renunciarían
de momento a implantar el comunismo en sus
respectivos países y se aliarían
con los partidos de la izquierda burguesa
y con los socialistas formando frentes populares
para defender la democracia ante el avance
del fascismo.
Las limitaciones de esta nueva política
llevaron a Stalin a firmar un Pacto de No
Agresión con Hitler en el año
1939.
En esas circunstancias, la crisis de poder
que arrastraba la Segunda República
desde 1934, acabaria en una guerra civil
en la que se enfrentarían todos esos
intereses.

Ortiz
de Zarate detenido tras fracasar la sublevación
5.
LA SUBLEVACION
En
1936, un amplio sector del ejército
sentía que estaban amenazados sus
intereses corporativos, sus intereses de
clase y su concepción tradicional
de España y del orden social.
Tras las elecciones de 1936, algunos líderes
de la derecha (Gil Robles, Calvo Sotelo...)
y altos mandos militares (Franco, Fanjul,
Goded...) pretendieron que el gobierno de
Portela Valladares impidiera el traspaso
de poderes a las fuerzas del Frente Popular.
Fracasadas estas gestiones, algunos militares
de alta graduación decidieron derribar
al nuevo gobierno frentepopulista. El pronunciamiento
lo dirigiría una Junta Militar presidida
por Sanjurjo y de la que formaban parte
los generales Goded, Franco, Mola, Saliquet,
Fanjul, Ponte, Orgaz y Varela.
Los gobiernos de Azaña y Casares
Quiroga no prestaron demasiada atención
a la preparación de la sublevación,
pese a los rumores, y se limitaron a aplicar
algunas tibias medidas de protección:
-
Vigilar a algunos militares sospechosos.
- colocar en puestos clave del ejército
a mandos supuestamente republicanos
- Desplazar a destinos considerados poco
peligrosos a los generales de cuya lealtad
se desconfiaba. Concretamente, Mala fue
trasladado a Pamplona, Franco a Canarias
y Goded a Baleares.
Y es que el ejercito era la base de toda
la rebelión, en la qaue partidos
de derecha y fuerzas sociales tenian un
papel muy secundario. Tradicionalistas,
falangistas y alfonsinos quedaron subordinadas
al ejercito y la CEDA no se mezclo, aunque
lo sabia. La salida al golpe era implantar
una dictadiura militar poco definida en
sus medios, ideología y objetivos
El asesinato de Calvo Sotelo el13 de julio
por guardias de asalto, como respuesta al
de un teniente ugetista del mismo cuerpo
-José Castillo- cometido horas antes
por la extrema derecha, acabó con
las últimas dudas.
6.
EL GOLPE DE ESTADO
EI
17 de julio de 1936 (texto de pau 13) se
inició la rebelión militar
en Melilla, Ceuta y el protectorado español
en Marruecos.
El alzamiento militar se produjo en la Península
el día 18, pero fracaso en casi la
mitad del pais ante la enorme resistencia
obrera, de los partidos de izquierda y de
los sindicatos. Y especialmente la de los
militares, guardias civiles, guardias de
asalto y carabineros que permanecieron leales
a la Constitución de 1931. Sin la
división del ejército y de
las fuerzas del orden público, la
sublevación probablemente hubiera
tenido asegurado un éxito inmediato.
El día 19 Franco aterrizó
en Tetuán, procedente de Canarias,
y se puso al frente de las tropas africanas.
Desde el primer momento, asumió un
poder inmenso porque las unidades de Marruecos
(alrededor de 45.000 hombres, en su mayoría
profesionales) eran las más disciplinadas
y las mejor preparadas del ejército
español.
Tras esas primeras horas, España
quedo dividida en dos zonas:
1.
La zona rebelde, norte de Marruecos, Canarias,
Baleares (salvo Menorca), Galicia, Oviedo,
Alava, Navarra, la parte occidental de Aragón
con sus tres capitales, Castilla la Vieja-León,
Extremadura noroccidental y determinados
núcleos dispersos de Andalucía
occidental, como eran las ciudades de Sevilla,
Cádiz, Córdoba y Granada.
2. La zona fiel a la republica quedo formada
por Asturias, Santander, Vizcaya, Guipúzcoa,
Cataluña, Levante, Extremadura suroriental
y la mayor parte de Castilla la Nueva y
Andalucía.
Asi
quedaba planteada la guerra civil iniciada
por el alzamiento rebelde. Una guerra marcada
por el intento de imponer una dictadura
militar o defender la república democrática,
pero la guerra se manifestó también
como lucha de clases, contienda religiosa,
choque entre nacionalismos y enfrentamiento
entre fascismo y comunismo.

7.
LA INJERENCIA EXTRANJERA
La
Guerra Civil hizo que España emergiera
al primer plano del escenario mundial. Provocó
una honda división en la opinión
pública internacional y posiciones
encontradas entre los gobiernos.
Los dos bandos recibieron una ayuda (fundamentalmente
en armamento y soldados) muy elevada. La
destinada a los sublevados fue, sin embargo,
más regular y algo más cuantiosa.
Francia y Gran Bretaña impulsaron
una política de neutralidad y no
injerencia, para no provocar una chispa
que arrastrara a las demás potencias
a una guerra general. A esa neutralidad
oficialmente se sumaron Alemania, Italia,
Portugal, Bélgica, la URSS y otros
países. Esta política perjudicó
a la República, ante la hipocresía
de alemanes e italianos, que incumplieron
lo pactado, ante la pasividad franco-británica.
De hecho, el Comité de No Intervención,
creado en Londres en septiembre de 1936,
fue completamente inoperante.
De los Estados potencialmente aliados de
la República, sólo México
y la URSS acudieron en su auxilio. La ayuda
de la URSS adquirió grandes proporciones
y el gobierno la pagó con oro del
Banco de España. Francia suministró,
casi siempre de forma clandestina, armas
para combatir a los sublevados. Además,
unos 60.000 voluntarios extranjeros reclutados
por la Komintern lucharon en las Brigadas
Internacionales. Muchos de ellos eran comunistas.
El bando rebelde recibió apoyo incondicional
de Alemania, Italia y Portugal. Las dos
primeras realizaron un aporte ingente, sin
que los «nacionales» se vieran
obligados a pagarlo de forma inmediata.
Igual ocurrió con el abundante petróleo
abastecido por la TEXACO o con los camiones
vendidos por la Ford y la General Motors.
Estas compañías estadounidenses
operaron con los insurrectos a pesar de
la neutralidad.

8.
LA GUERRA.
El objetivo prioritario de los sublevados
fue desde el principio tomar Madrid. Los
ataques contra la capital debían
llevarse a cabo de forma simultánea
por el ejército del norte (Mola)
y el del sur (Franco).
• El ejército de Mola se estancó
en los puertos de montaña del Sistema
Central ante la resistencia de los milicianos,
las tropas leales y el Quinto Regimiento.
En contrapartida, Mola ocupó en septiembre
Irún y San Sebastián y dejó
la zona norte republicana separada de Francia
y aislada.
• El avance hacia Madrid desde el
sur también se demoró. El
paso del estrecho de Gibraltar por parte
de las tropas africanas se realizó
a comienzos de agosto, cuando Franco dispuso
de aviones alemanes e italianos para evitar
la flota republicana.
Las tropas marroquíes subieron por
Extremadura hasta alcanzar a finales de
octubre Madrid, tras haber entrado en Talavera
y Toledo y haberse unido a Mola a través
de Gredos. Simultáneamente, se produjeron
cambios dentro de cada bando:
• El gobierno de Giral dio paso en
septiembre al del socialista Largo Caballero.
• Franco concentró el poder
político y militar por acuerdo de
la Junta de Defensa Nacional y más
tarde estableció su cuartel general
en Burgos.
El gran asalto franquista a Madrid se produjo
en noviembre, pero fracasó. Azaña
se instaló en Barcelona y el gobierno
de Largo Caballero en Valencia. La defensa
de la capital corrió a cargo de la
Junta de Defensa de Madrid, presidida por
Miaja. La llegada de los primeros voluntarios
de las Brigadas Internacionales y de tanques
y aviones soviéticos fue decisiva
en la resistencia de Madrid.
Un posterior intento de Franco por tomar
la ciudad con un ataque sobre el Jarama
en febrero de 1937 y una operación
sobre Guadalajara en marzo también
fracasaron. Pero los «nacionales»
conquistaron Málaga.
En
vista de las dificultades que ofrecía
la entrada en Madrid, Franco se propuso
liquidar el frente norte. El 31 de marzo
de 1937, Mola inició la ofensiva,
en la que participaron legionarios, requetés,
efectivos italianos y la Legión Cóndor
(que el 26 de abril bombardeó Guernica).
El 19 de junio cayó Bilbao y Franco
derogó el concierto económico
con Guipúzcoa y Vizcaya y el Estatuto
de Autonomía -aprobado por las Cortes
el 1 de octubre de 1936-. El 26 de agosto,
los italianos entraron en Santander y en
octubre Franco controló Asturias.
Para aligerar la presión de los «nacionales»
sobre el frente norte, los republicanos
contraatacaron -con escaso éxito-
en Brunete (cerca de Madrid) el 5 de julio
y en Belchite (Aragón) el 3 de septiembre.
Tras la caída del norte, la relación
de fuerzas entre los bandos se alteró:
la República perdió un área
con abundantes recursos industriales y mineros,
redujo su espacio a un tercio del territorio
nacional y su población disminuyó
a la mitad de la total. El gobierno de Negrín,
que en mayo había sustituido al de
Largo Caballero, intentó superar
la situación.
La
idea de atacar Madrid volvió a estar
presente en la estrategia militar de Franco,
pero el ejército republicano se adelantó
y a finales de 1937 se apoderó de
Teruel. Los «nacionales», sin
embargo, recuperaron la ciudad en febrero
de 1938.
Las tropas franquistas avanzaron por el
valle del Ebro hacia Levante y alcanzaron
el Mediterráneo por Vinaroz. El territorio
catalán quedó parcialmente
ocupado y separado del resto de la zona
republicana, con el gobierno instalado en
Barcelona desde hacía unos meses.
El 3 de abril cayó Lérida
y Franco derogó el Estatuto de Autonomía
de Cataluña.
Desde mayo de 1938, las tropas «nacionales»
se dirigieron a Valencia. Pero el 25 de
julio las fuerzas republicanas se lanzaron
sobre su retaguardia cruzando el Ebro. La
ofensiva no prosperó y dio lugar
a la batalla del Ebro, la más cruenta
de la guerra, de la que el ejército
popular de la República salió
muy derrotado. La ayuda soviética
llegaba cada vez con más dificultades
y las Brigadas Internacionales habían
abandonado España a finales de octubre.
Franco tomó Barcelona el 26 de enero
de 1939. Negrín y los comunistas
pretendieron resistir, pero el 4 de marzo
el coronel Casado se sublevó en Madrid
para lograr una capitulación pactada,
que Franco rechazó. El 28 de marzo
se rindió Madrid. El 11 de abril
de 1939, la guerra había terminado.

2. La República
y la Guerra Civil
1.
LA ESPAÑA REPUBLICANA ANTE EL ALZAMIENTO
La
sublevación militar produjo la quiebra
del Estado aunque algunas instituciones
continuaran aparentemente funcionando. El
día 19 se formó un nuevo gobierno,
presidido por José Giral, en el que
participaban sólo los partidos republicanos.
Era un gobierno muy débil porque
apenas disponía de medios para imponer
su poder. Las organizaciones obreras, que
habían conseguido que el gobierno
les entregara armas, eran, en realidad,
las dueñas de la calle. Decidían
y actuaban con enorme autonomía a
través de una serie de juntas y consejos
recién constituidos.
Del lado de la República habían
permanecido unos 8.500 oficiales del ejército
y 160.000 soldados, la mayor parte de la
Aviación y casi toda la Marina (con
escasos mandos porque los marineros se insubordinaron
contra ellos). Pero la organización
militar quedó prácticamente
desmantelada. Su poder fue reemplazado por
el de las milicias populares, creadas por
los partidos de izquierda y los sindicatos.
La zona republicana ocupaba una superficie
de 270.000 km2, habitada por 14 millones
de personas. En ella se localizaban un buen
número de las grandes ciudades del
país y las regiones más industriales
y mineras. Además, el gobierno controlaba
los recursos financieros, destacando por
su valor el oro del Banco de España.
Su situación agrícola era,
en cambio, más deficitaria.
2.
LA EVOLUCION DE LA REPUBLICA.
La
guerra abrió en al republica un proceso
descoordinado de revolución social
que es parte de la causa de su fracaso.
En la zona republicana, el Estado se desarticuló
y emergieron múltiples y dispersos
poderes revolucionarios. Éstos pusieron
en marcha una dura represión que
pronto degeneró en terror. Grupos
de milicianos persiguieron brutalmente a
sus enemigos reales o supuestos. Aristócratas,
burgueses, militares, afiliados a partidos
de derechas y religiosos destacaron como
sus principales víctimas. La Iglesia
española, con unos 7.000 muertos
e infinidad de lugares de culto saqueados,
sufrió la mayor persecución
de su historia. Especialmente graves resultaron
los asesinatos en Paracuellos del Jarama
y en Torrejón de Ardoz de más
de 2.000 presos sacados de las cárceles
de Madrid en noviembre de 1936.
Los
presupuestos sobre los que se asentaba la
actividad económica se modificaron
radicalmente en la España republicana
nada más producirse el golpe de Estado.
Las dos grandes centrales sindicales -CNT
y UGT- buscaron acabar con el capitalismo
y, donde tuvieron fuerza, desarrollaron
un proceso de colectivización. Dicho
proceso supuso la abolición de la
propiedad privada de los medios de producción
y la implantación de la propiedad
colectiva, pero no obedeció a un
proyecto planificado.
Las colectividades, dirigidas por un comité
elegido en su asamblea general, tomaron
formas diversas en función del sindicato
que las había promovido. Surgieron
incluso colectividades mixtas, en las que
se involucraron las dos organizaciones sindicales.
La dinámica colectivizadora respetó
en general la pequeña propiedad.
La revolución social en el campo
se extendió por buena parte del territorio
republicano. Participaron en ella en torno
a 3.000.000 de campesinos, se expropiaron
cerca de 5.500.000 hectáreas y se
crearon unas 1.600 colectividades. Las diferencias
regionales fueron sustanciales. En Cataluña
y Valencia, con muchos pequeños propietarios,
la colectivización agraria tuvo escasa
incidencia. Por el contrario, en La Mancha,
Aragón, Murcia, Andalucía
y Extremadura alcanzó una extraordinaria
importancia.
Los sindicatos constituyeron igualmente
colectividades en las grandes empresas industriales
y comerciales y ejercieron el control obrero
en las pequeñas. Estas colectividades
proliferaron sobre todo en Cataluña,
impulsadas por la CNT. Los sindicatos gestionaron
asimismo numerosas empresas de servicios
públicos, ferrocarriles y transportes
urbanos.
La
falta de un mando único en la dirección
política y militar de la guerra en
la España republicana, generada por
la fragmentación del Estado, pesó
negativamente en la evolución de
esta zona. La situación tardó
en corregirse porque tropezó con
graves disensiones entre las fuerzas políticas
y sindicales.
Muy
pronto se vio que el gobierno de Giral,
compuesto sólo por miembros de los
partidos republicanos, era impotente ante
la revolución proletaria, y que las
milicias populares no podían combatir
con eficacia al ejército sublevado,
constituido por militares profesionales.
El gobierno de Largo Caballero, formado
el 4 de septiembre de 1936 y al que dos
meses después se incorporó
la CNT, intentó recuperar la fuerza
del Estado desde la fortaleza que le daba
el estar constituido por la mayoría
de las fuerzas del bando republicano:
• Decretó la disolución
de las juntas y de los comités.
• Reguló los consejos que regían
los ayuntamientos y las diputaciones.
• Potenció los tribunales populares
creados por el gobierno anterior.
• Impuso un fuerte control sobre el
Banco de España.
• Militarizó las milicias.
La centralización, sin embargo, avanzaba
muy lentamente: el País Vasco y Cataluña,
que disponían de sus propias instituciones,
apenas tenían relación con
el gobierno; no todas las milicias aceptaban
la militarización; y muchos comités
continuaban actuando por su cuenta.
Tras la caída de Málaga, en
febrero de 1937, los partidos políticos
lanzaron una ofensiva en favor del afianzamiento
de la autoridad estatal. El PCE planteó
la estrategia más clara: para ganar
la guerra era necesario congelar la revolución
social y defender la posición de
las clases medias y de los pequeños
propietarios. Su postura chocó inevitablemente
con los sindicatos, y en particular con
la CNT.
En mayo de 1937, después de que en
Barcelona las fuerzas de seguridad controladas
por el PSUC y la Generalitat doblegaran
a la CNT y al POUM en unos enfrentamientos
en los que murieron entre 400 y 500 personas,
Largo Caballero perdió el apoyo de
los comunistas, de algún sector del
propio PSOE y de algunos republicanos.
El gobierno de Negrín supuso la pérdida
de poder de los sindicatos mientras que
los partidos políticos recuperaban
su predominio, en especial el PCE. Este
gobierno representó el triunfo de
la centralización y de la política
frente populista:
• Se impuso sobre los comités.
• Recuperó poder en Cataluña.
• Liquidó las colectividades
y el Consejo de Aragón.
• Dedicó sus mayores esfuerzos
a las tareas bélicas.
Desde
que en abril de 1938 las tropas «nacionales»
llegaron al Mediterráneo, en el bando
republicano se planteó, cada vez
con más insistencia, el dilema de
entablar negociaciones con Franco o proseguir
la guerra. Sólo Negrín y los
comunistas defendieron hasta el final esta
última opción, con la esperanza
de que la tensa situación internacional
evolucionara en favor de la República.
El
gobierno de Giral pretendió integrar
en el ejército a los milicianos mediante
la creación de batallones de voluntarios,
con el objetivo de incrementar la eficacia
militar de los primeros momentos de la guerra.
Su frustrado intento dejó pendiente
el asunto hasta que el gobierno de Largo
Caballerocomenzó a articular una
estructura militar más operativa.
Sobre las ruinas del anterior ejército
se levantó el ejército popular,
que fue un pilar fundamental en la reconstrucción
del Estado republicano.
El 28 de septiembre de 1936 se decretó
la militarización de las milicias,
lo que se acompaño del establecimiento
en cada unidad de un comisario político,
que obligaba a las milicias a guardar una
mayor disciplina.
Además el gobierno de Negrín
fusionó los anteriores ministerios
de Guerra y de Marina y Aire en el ministerio
de Defensa Nacional, a fin de centralizar
y jerarquizar más toda la organización
militar, e intentó una mayor profesionalización
y una menor politización del ejército.

3.
La España sublevada
1.
LA PRIMERA ORGANIZACION
En
la España que los sublevados denominaron
«nacional», no existió
inmediatamente después del golpe
un poder supremo y único. Cada general
ejerció su autoridad con plena autonomía
en el espacio en el que operaba. Se produjo,
pues, una pluralidad de centros de poder
militar, que no afectó al funcionamiento
interno de las distintas unidades militares.
Unos 14.000 oficiales del ejército
de Tierra y de las fuerzas de seguridad),
que tenían a sus órdenes alrededor
de 150.000 soldados, fueron el componente
militar básico de los rebeldes.
Tras la muerte de Sanjurjo el 20 de julio
en un accidente aéreo, se constituyó
en Burgos la Junta de Defensa Nacional,
presidida por Cabanellas. Se proponía
la difícil tarea de coordinar y unificar
la acción de los insurrectos.
La
zona «nacional» contaba con
una extensión aproximada de 230.000
km2 y en ella se asentaban algo más
de 10 millones de habitantes. Apenas disponía
del 20 % de la producción industrial
del país, pero contaba con el 70
% de la agrícola.
2.
LA FORMACION DE LA ESPAÑA NACIONAL.
La evolución general de la España
«nacional» transcurrió
por derroteros sustancialmente diferentes
a los que siguió la zona republicana.
En ella se constituyó un férreo
poder dictatorial, que impuso una lógica
orientada preferentemente a ganar la guerra
e impulsar la contrarrevolución.
Varios factores hicieron posible que el
bando franquista lograra su unidad sin grandes
dificultades: el sentimiento católico
y antirrevolucionario que aglutinó
a los distintos partidos y opiniones, y
el papel hegemónico que desempeñó
el ejército también en el
terreno político.
A nivel internacional, Alemania e Italia
reconocieron a Franco en 1936. Francia e
Inglaterra lo hicieron a comienzos de 1939,
después de que en 1938 hubieran capitulado
ante Hitler en Munich.
Los
insurrectos carecían de un proyecto
de régimen político alternativo
a la República, aunque consideraban
inevitable algún tipo de dictadura.
Las bases para su definición y larga
perdurabilidad no tardaron en establecerse.
A
principios del otoño de 1936, la
Junta de Defensa Nacional nombró
a Franco jefe de todos los ejércitos
con el título de Generalísimo
y jefe del gobierno del Estado -transformado
en seguida en jefe del Estado-, al tiempo
que le otorgó plenos poderes.
De inmediato, Franco formó una Junta
Técnica hasta que, por la Ley de
Administración General del Estado
de 30 de enero de 1938, creó el gobierno
de la nación. El jefe del Estado
asumía el poder legislativo, ya que
en él recaía «la suprema
potestad de dictar normas jurídicas
de carácter general», y era
también el presidente del Consejo
de Ministros.
Con anterioridad, se había llevado
a cabo un proceso de concentración
de las fuerzas políticas que habían
apoyado el golpe militar. Un decreto de
19 de abril de 1937, en cuya gestación
tuvo gran protagonismo Serrano Súñer,
unificó a falangistas y carlistas
en un único partido o Movimiento
-FET de las JONS-, del que Franco pasó
a ser su jefe nacional y supremo caudillo.
La Falange, que aspiraba a establecer un
modelo estatal de corte fascista, tuvo una
particular influencia en la política
sociolaboral. El Fuero del Trabajo, un texto
legal aprobado en marzo de 1938, que nueve
años después adquirió
rango de Ley Fundamental, se inspiró,
de hecho, en los principios doctrinales
falangistas.
La
Iglesia no había participado en los
preparativos de la insurrección militar,
por lo que en los comienzos de la Guerra
Civil no proyectó su influencia en
la justificación que los militares
hicieron del golpe de Estado. Sin embargo,
pronto dio su beneplácito al bando
insurgente, cuando éste justificó
la sublevación en la defensa del
orden y de la unidad de la patria, y como
respuesta a una posible revolución
comunista.
La Iglesia definió la guerra como
una «cruzada». La definición
de la guerra como cruzada llevó aparejada
la interpretación de la misma como
un enfrentamiento entre dos ideologías
irreconciliables. Inspirándose en
San Agustín, la Iglesia opuso la
ciudad terrestre (la zona republicana) a
la ciudad de Dios (la zona «nacional»).
El
ejército fue el pilar fundamental
sobre el que se edificó el nuevo
Estado dictatorial de Franco.
La declaración del estado de guerra
por parte de la Junta de Defensa Nacional
supuso la atribución al ejército
de una serie de funciones de las que no
pudo gozar el del bando enemigo. En la zona
republicana, la declaración del estado
de guerra se produjo en la fase final.
En los momentos iniciales del conflicto
bélico, el ejército «nacional»
presentaba dimensiones relativamente pequeñas,
pero su estructura interna no había
sufrido alteraciones y su disciplina no
había quedado resquebrajada. Particular
importancia tuvo el que las tropas coloniales,
compuestas por legionarios y regulares marroquíes,
salieran intactas del golpe militar.
La ampliación posterior del ejército
se hizo sobre la base de la organización
que ya existía. No se emprendieron
reformas de gran calado, pero para hacer
frente al déficit de mandos intermedios
se hailitaron los alféreces provisionales,
que resultaron muy disciplinados.
Las milicias civiles que formaron los requetés
carlistas y los grupos armados de Falange
se vieron obli¬gados a integrarse en
el ejército y a las órdenes
de los mandos militares.
Los
militares rebeldes y los partidos políticos
que apoyaron el golpe de Estado (falangistas,
monárquicos, carlistas...) practicaron
desde el principio de la guerra una implacable
y sistemática represión. Ésta
se dirigió fundamentalmente contra
las organizaciones vinculadas al Frente
Popular, que se asentaban, sobre todo, entre
los trabajadores y las clases medias liberales.
No obstante, los primeros que se vieron
afectados por las medidas represivas fueron
los miembros del ejército y de las
fuerzas de seguridad que se negaron a sumarse
a la insurrección.
Abundaron las ejecuciones masivas a medida
que avanzaban las tropas (por ejemplo, en
Badajoz hubo más de 2.000 fusilados),
y en la retaguardia proliferaron los «paseos»,
las «sacas», los fusilamientos
en las cunetas de las carreteras, ante las
tapias de los cementerios... Se actuaba
sin contemplaciones para aniquilar cualquier
forma de resistencia que pudiera entorpecer
la construcción del Nuevo Estado.
El terror sirvió como método
para cimentar la dictadura.
A partir de octubre de 1936, la represión
fue algo menos indiscriminada y no tan amplia.
Con todo, continuaron produciéndose
numerosas ejecuciones a medida que los sublevados
conquistaban nuevos territorios. Los juicios
sumarísimos no ofrecieron nunca ningún
tipo de garantías procesales. Las
víctimas de la represión probablemente
sobrepasaron las 85.000. A lo largo de la
guerra, las cifras de encarcelados y depurados
llegaron a ser muy altas.
El
poder que se instauró en la zona
«nacional» impulsó una
honda contrarrevolución social, que
fue el contrapunto al proceso revolucionario
llevado a cabo en la zona republicana.
Esta contrarrevolución se basaba
en los principios de la propiedad, la religión
y el orden. Los ideólogos del régimen
naciente estimaron que eran valores enraizados
en la historia de España y que habían
sido cuestionados erróneamente por
el liberalismo, la democracia y el socialismo.
Las nuevas autoridades emprendieron pronto
una serie de cambios:
• Tomaron medidas para que los antiguos
propietarios recuperaran las tierras y las
fábricas que les habían sido
incautadas o expropiadas.
• Suprimieron los partidos y los sindicatos.
• Controlaron la educación
y la cultura. Prohibieron la libertad de
expresión y depuraron los cuerpos
de enseñantes y funcionarios.
• Anularon la legislación laica
de la República y resacralizaron
la vida social.
La oligarquía terrateniente y la
burguesía financiera mostraron gran
entusiasmo. Con el triunfo franquista en
la guerra, estos grupos vieron cerrada en
su beneficio la crisis social y política
que se había abierto al final de
la Restauración.
Igualmente, se sintieron identificados con
la nueva situación numerosos pequeños
y medianos campesinos de arraigadas convicciones
católicas, así como sectores
diversos de las clases medias urbanas.