ACTUALIDAD
001.
Deflación, el emisario del pánico
Alejandro
Bolaños, El Pais 15 de febrero de
2009
1.
¿Porque se considera la deflación
un indicador peligroso?
2. ¿De que manera la busqueda de
liquidez por empresas y familias acelera
la caida de precios?
3. ¿Que diferencias se aprecian en
la forma de afrontar la crisis actual entre
las economias europea y americana?. ¿Por
que?
4. ¿De que dos tipos de inflación
habla el texto?. Definelo
5. ¿Por que el artículo considera
como importante en las crisis factores subjetivos
como el miedo?
Subir
el volumen de la música o llenar
de vísceras la pantalla son trucos
baratos que prometen un susto morrocotudo.
Invocar lo desconocido es uno de los atajos
más rápidos para provocar
una reacción bien distinta: el corazón
ya no se sale por la boca, es la mente la
que se paraliza. En los últimos meses,
muchos expertos en economía parecen
guionistas de películas de miedo.
Muchos, también, fueron incapaces
de imaginar la dureza de la crisis. Pero
ahora que ya está aquí, escudriñan
los datos para guiar la política
económica por una realidad que no
deja de poner zancadillas. Y si hay una
trampa en la que no quieren caer es la deflación,
un escenario inexplorado desde hace décadas
que dispara el temor a una destrucción
masiva de empleos y empresas.
El
Gobierno descarta que esté en marcha
un proceso deflacionista
Desde que los mercados financieros tiraron
de la espoleta de las hipotecas basura en
EE UU, la onda expansiva de la crisis ha
subvertido algunos principios que parecían
bien anclados. En los últimos años,
y más aún en la zona euro,
el enemigo público número
uno ha sido la inflación. Y ahora
que el parón económico ha
enfriado la fiebre de los mercados de materias
primas, se cuestiona si es bueno que los
precios caigan. El mundo al revés.
"La
deflación preocupa como síntoma
de que algo va mal, de que la gente está
asustada y demanda liquidez. El valor del
dinero sube y el de los bienes económicos
baja", resume Andrés Erosa,
profesor de Economía en la Universidad
de Toronto (Canadá). Los expertos
no quitan ojo a las series de precios de
consumo y enarcan las cejas ante cualquier
desfallecimiento imprevisto.
-
El verano más barato. Lo que apuntan
las previsiones es algo inaudito. Los precios
caerán por primera vez en años,
lo hará en todas las grandes economías
y sucederá a la vez. El consenso
es casi absoluto: entre junio y septiembre,
los bienes y servicios que consumen las
familias serán, en promedio, más
baratos que en el verano de 2008. Es algo
que no ocurre en EE UU desde 1955 o que
nunca ha sucedido en la zona euro. En España,
habría que retrotraerse al Plan de
Estabilización de 1959, en plena
dictadura franquista. Japón, la última
víctima ilustre de la deflación,
ve cómo el fantasma de la década
perdida que arrancó a mediados de
los años noventa vuelve a aparecer.
Incluso China, que sufría hace poco
para domar una inflación acelerada
por su gigantesco crecimiento, ya apenas
registra subidas en los precios de consumo.
-
Nuevas palabras para conjurar la amenaza.
El fenómeno global de caída
de precios tiene una explicación
a bote pronto: es la otra cara del alza
vertiginosa de las materias primas entre
mediados de 2007 y agosto de 2008, el último
bandazo del exceso de dinero fácil
que inundaba el sistema financiero. La escalada
del petróleo, del que los países
industrializados son muy dependientes, tocó
cima en julio pasado al alcanzar los 147
dólares por barril. Ahora ronda los
45 dólares. Si la cotización
se mantiene de aquí al verano, lo
que el año pasado le dio el crudo
al nivel general de precios de consumo,
ahora se lo quita. Y con más fuerza
aún, porque el precio del oro negro
antes de 2007 navegaba entre los 60 y los
70 dólares.
A
esa caída de los precios por comparación
con la brutal subida de 2008, los economistas
le ponen el apellido de "efecto base".
El contraste será más extremo
en verano, y esta es la explicación
más extendida de por qué habrá
caídas de precios en los meses estivales.
La inmensa mayoría de los expertos
se resiste a bautizar el fenómeno
como deflación, pese a que es el
término que recoge el diccionario.
Una señal más del respeto
reverencial que suscita entre los economistas,
que les lleva hasta el extremo de inventar
palabras, como desinflación, que
no aparecen en ningún sitio.
El
secretario de Estado de Economía,
David Vegara, precisó el viernes
lo que la academia entiende por deflación:
"Una caída persistente y general
de los precios". Y argumentó
que unos pocos meses de tasas negativas
por el efecto arrastre de unos pocos bienes
(alimentos y, sobre todo, petróleo)
no encajaban en la definición. "En
España, no ha lugar al debate",
zanjó. "Un escenario así
es altamente improbable", corrobora
José Carlos Díez, economista
jefe de Intermoney.
-
Una espiral destructiva. La opinión
mayoritaria apunta a que los precios empezarán
a recuperarse en otoño, cuando el
efecto base empiece a diluirse. Y también
la mayor parte de las previsiones vaticinan
subidas cercanas al 2% para 2010. Pero varios
expertos, entre los que figura el último
Premio Nobel de Economía, Paul Krugman,
creen que el frenazo del consumo que viene
de la mano de la recesión no sólo
se nota en el precio del petróleo,
sino que afecta al valor de muchos otros
bienes y servicios. "La deflación,
una vez que empieza, tiende a retroalimentarse.
El peso de la deuda es cada vez más
difícil de soportar, mientras las
expectativas de que el precio seguirá
cayendo desincentiva el gasto de inversiones.
Eso deprime aún más la economía,
lo que lleva otra vez a más deflación",
advirtió Krugman en un reciente artículo.
Si
el mecanismo de la deflación que
describe el último Nobel se pone
en marcha, la economía se enfrenta
a un bucle sin fin como el que afrontaba
el protagonista de Atrapado en el tiempo,
la desasosegante comedia de Harold Ramis.
La espiral se activa en varios frentes a
la vez: al caer el precio de los activos
financieros (Bolsa) y físicos (vivienda),
sobre todo en situaciones de elevado endeudamiento
y desempleo creciente, el valor real de
la renta (con el mismo dinero se podrían
comprar más cosas) que se dedica
a pagar la deuda aumenta. Familias y empresas
también elevan su propensión
a ahorrar por las malas perspectivas económicas.
Para
aliviar la deuda, familias y empresas se
ven impelidos a vender activos, una decisión
individual razonable que se vuelve contra
los intereses de todos al tornarse en colectiva
y deprimir aún más los precios.
La espiral se acelera cuando entran en juego
las expectativas: el consumo decae, los
precios de bienes y servicios bajan, las
empresas reducen inversión y empleo
ante la perspectiva de que los márgenes
empresariales se estrechan y el temor al
paro retrae otra vez el consumo. Y vuelta
a empezar.
-
La medida del miedo. Si la recesión
que impera ya en todos los países
avanzados evoluciona a una deflación,
el panorama sería mucho más
sombrío. Y la comparación
con la Gran Depresión de los años
treinta, el peor episodio de la economía
occidental en el último siglo, menos
descabellada. Los analistas anglosajones
no tienen empacho en caracterizar a la deflación
como "el coco" o "el hombre
del saco". Un temor que Antón
Costas, catedrático de Economía
Política de la Universidad de Barcelona,
sintetizó hace dos semanas con un
símil: los economistas tienen muy
ensayadas las recetas para enfriar la economía
y los precios. Pero lo que se arregla con
un baño de agua fría, si la
temperatura baja demasiado, es mucho más
difícil de revertir luego. Es más
fácil combatir la fiebre que la hipotermia.
"La
única cosa que debemos temer es el
miedo a nosotros mismos". No es casual
que esta frase de Franklin D. Roosevelt,
haya quedado como emblema de su empeño
por experimentar cualquier iniciativa pública,
por heterodoxa que fuera, para sacar a la
economía estadounidense de la deflación
y la depresión en 1933. Tampoco lo
es que el presidente del Gobierno, José
Luis Rodríguez Zapatero, haga votos
por tener confianza, aunque sus guiños
de optimismo estén lastrados por
su reticencia a reconocer la crisis en su
arranque.
El
temor que suscitan los procesos deflacionistas
también puede rastrearse en los medios
de comunicación. En agosto, sólo
hubo seis artículos referidos a este
fenómeno en el Times, el Herald Tribune
y el Wall Street Journal, según el
índice elaborado por la revista británica
The Economist. En noviembre, la cuenta ya
ascendía al medio centenar. Miedo,
amenaza o pesadilla, eran habituales compañeros
de cama en esos artículos. Como lo
son en éste.
-
La buena, la fea y la mala. El historiador
estadounidense Michael Bordo dedicó
un completo estudio a contestar la siguiente
pregunta: ¿La deflación es
siempre negativa? Bordo sintetizó
su análisis con un homenaje a la
mítica película de Sergio
Leone. Hay deflaciones buenas, caracterizadas
por un descenso generalizado de precios
que se produce al tiempo de un crecimiento
económico sostenido. Una revolucionaria
mejora en la productividad que alimenta
la bajada de costes y de precios, aun cuando
la demanda se mantiene fuerte. Fue lo que
ocurrió en varios países europeos
a finales del siglo XIX con la extensión
del ferrocarril.
La
naturaleza de las deflaciones malas y feas
es similar. Les diferencia su poder destructivo
y las condiciones en las que se desarrollaron.
Mala fue la deflación de 1959 en
España, que rebajó precios
y producción, pero duró poco.
Además, la salida apoyada en otros
resortes (apertura al capital extranjero,
reformas legales) fue fulgurante. Muy fea,
fue la deflación entre 1929 y 1933
en EE UU: los precios cayeron más
de un 30%, el PIB retrocedió un 7%
cada año; una cuarta parte de la
población activa se quedó
en el paro.
Expertos
como Elga Bartsch, economista jefe de Morgan
Stanley para Europa, creen que ésta
puede ser una deflación buena si
se limita al efecto del petróleo:
el abaratamiento de la factura energética
libera recursos en las familias y abarata
los costes de las empresas. Lo que parece
claro es que si la deflación enseña
sus garras una vez se corrija el efecto
base del crudo, será de las malas.
O, peor aún de las feas. "Con
los problemas de liquidez y paro, lo más
normal es que desembocara en una deflación
de demanda, si es que llega a producirse",
señala Javier Andrés, profesor
de Economía de la Universidad de
Valencia. Defiende, sin embargo, que a España
le vendría muy bien una deflación
por el lado de la oferta: "Debería
haber un pacto para moderar salarios y márgenes
empresariales, con apoyo del Gobierno a
las empresas que se comprometan a mantener
empleo. Eso se traduciría en una
ganancia de productividad que será
muy necesaria para salir de la crisis".
-
¿Pero no era bueno que bajaran los
precios? La respuesta sigue siendo sí.
Sobre todo ahora. Si el barril del petróleo
mantiene el precio en 45 dólares,
la diferencia con los 100 dólares
que promedió en 2008 lleva a un ahorro
de 18.000 millones de euros en la factura
energética de la economía
española. El descenso de la inflación
ha permitido una rebaja progresiva de los
tipos de interés, que tiene su corolario
en el Euríbor. Según cálculos
del BBVA, la caída del tipo de referencia
hipotecario llevará a un ahorro en
el pago de cuotas superior a los 6.000 millones.
Esta inyección de 24.000 millones
es equivalente al paquete de gasto público
del Gobierno para reactivar la economía
en 2009. "Todo eso va a sujetar la
demanda", afirma José Carlos
Díez.
-
El pronóstico McDonald's. En España,
hay varios elementos de resistencia a una
deflación. "Es cierto que los
servicios son muy inflacionistas y que es
difícil que los salarios bajen",
dice José García-Montalvo,
profesor de Economía de la Universidad
Pompeu Fabra. "Si uno mira lo que dice
la inflación subyacente, la deflación
parece imposible". La subyacente, que
excluye petróleo y alimentos frescos,
registra aún una subida anual del
2%. El precio medio de los servicios, un
sector que parece inmune al bajón
de demanda, aún crece un 3,5%.
Pero
García-Montalvo prefiere mirar tendencias.
"En esta crisis, hay muchas cosas que
pasan antes en Estados Unidos". Recuerda
que allí hubo una traslación
del consumo hacia negocios con una oferta
más barata. Y Wall Street lo premia:
"McDonald's [la cadena de comida rápida]
y Wall-Mart [los grandes almacenes con precios
más bajos] son los dos únicos
valores en los que la cotización
no baja". García-Montalvo fue
uno de los expertos que más insistió
en vaticinar el estallido de la burbuja
inmobiliaria en España. Un proceso
que anticipó EE UU. Y que también
acompañó la deflación
japonesa de los noventa.
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Lecciones de un haraquiri a cámara
lenta. El rastro de la deflación
no era muy difícil de seguir en el
mercado japonés: los productos chinos,
más baratos y de peor calidad, se
colaron por todos lados. Keiichiro Kobayashi,
investigador del reputado instituto Rieti,
de Tokio, cree que "el riesgo de deflación
en Europa y Estados Unidos es muy alto,
dada la fuerte contracción del consumo".
Japón tardó mucho tiempo en
bajar los tipos de interés por miedo
a provocar una inflación excesiva.
Y cuando lo hizo, la inyección de
liquidez quedó atascada en un sistema
bancario zombi, incapaz de digerir una montaña
de activos devaluados.
Kobayashi
aplaude las medidas fiscales pero advierte
que su efecto es "temporal". Para
el investigador japonés, lo crucial
es la intervención masiva en el sistema
financiero para recuperar la confianza.
"Inyectar capital en los bancos es
sólo el primer paso. Hay que gastar
dinero público en comprar activos
tóxicos y sanear los balances de
las firmas y hogares endeudados", añade
Kobayashi, que aboga por cerrar las entidades
inviables cuanto antes.
-
Bernanke 'versus' Trichet. El temor a la
deflación es muy distinto a ambos
lados del Atlántico. Y la psicología
también pesa en las intricadas reflexiones
de los bancos centrales. La influencia de
la Gran Depresión es palpable en
las decisiones tomadas por el presidente
de la Reserva Federal, Ben Bernanke. No
sólo bajó los tipos de interés
al 0%, también anunció que
no dudará en apretar el botón
de imprimir billetes para comprar todo tipo
de títulos de deuda de empresas y
familias. El Banco Central Europeo, muy
condicionado por el recuerdo de la hiperinflación
alemana en el primer cuarto del siglo XX,
dosifica sus actuaciones.
"Creo
que la deflación es un peligro real
en la zona euro. Y una vez que se instala
es muy difícil salir de ella. El
Banco Central Europeo se mueve muy lento.
Cuanto más espera para reducir tipos
[ahora están en el 2%] menos probabilidades
tendrá de evitar una posible deflación",
afirma Barry Eichengreen, experto en macroeconomía
de la Universidad de Berkeley (EE UU). En
favor del presidente del BCE, Jean-Claude
Trichet, obra el recuerdo de lo que pasó
en 2003. Entonces, el miedo a la deflación
empujó a los tipos de interés
del dólar a niveles muy bajos. Y
aquel fue el inicio de una larga etapa de
dinero fácil cuyas desastrosas consecuencias
se viven ahora.
-
Reválida en septiembre. Los datos
de inflación en otoño serán
la primera piedra de toque para comprobar
si el IPC remonta una vez corregido el vaivén
del petróleo. Pero si la caída
del consumo sigue arrastrando los precios,
entonces habrá que pasar muchos más
exámenes sobre la inminencia de una
deflación.