Cuando
en el pasado enero Aldo Sessa le retrató,
tal cual veis, sentado, relajado, distante,
indefenso e implorante, el fin de la vida
ya le rondaba, y eso que en su barrio bonaerense
de Rojas, nació aquello de “99
años no es nada”, pero la centuria
si, y se resistió a padecerla.
Implorante, parece postularse en la foto,
ante un mundo en que siempre lucho con fiereza
para dotar de contenido intelectual y contundencia
moral la difícil separación
entre las nociones del bien y del mal, y
todo ello con un estilo brillante e inquietante.
Nacido en una familia de inmigrantes italianos,
Sábato estudió física
y matemáticas en la Universidad de
La Plata, donde se doctoraría en
1938, tras lo que viajo a París a
fin de desarrollar su trabajo investigador
en los laboratorios Joliot-Curie. Fueron
años en los que su vocación
científica, firmemente alimentada
en su hogar comenzó a resquebrajarse,
tras entrar en contacto con el movimiento
surrealista de la ciudad. Serian esos años
de pre guerra en los que Sábato decidió
cambiar la evidencia de la materia, por
la senda oscura y trascendente del espíritu,
en un viaje, que duraría hasta su
muerte, hasta los territorios más
oscuros del arte apoyándose en el
lenguaje del inconsciente y en los métodos
del psicoanálisis. En medio de crecientes
dudas sobre el comunismo y el estalinismo,
su ideología de juventud, un trabajo
en el Instituto Tecnológico de Massachusetts
le apartaría de Europa, de sus ideas,
y de sus guerras, regresando a casa un año
después, en 1940, donde ejercería
de profesor ingeniería, en la Universidad
local, dedicando su tiempo a un posgrado
en mecánica cuántica.
En esos años difíciles de
la guerra, Sábato entra en contacto
con Victoria Ocampo, entrando en la nomina
de los colaboradores de la revista “Sur”,
en la que se encargaría de la crítica
de libros, del calendario, y de algunos
números especiales, como el dedicado
al desagravio a Borges. Su compromiso político
crecería en esos años, paralelo
a su querencia creciente a la cultura, y
su desapego a una ciencia que ya no satisfacía
sus preguntas internas. Así, cuando
en 1945, tras la publicación de una
serie de artículos en el periódico
La Nación atacando el régimen
de Perón, se vio obligado a abandonar
la enseñanza, no le hizo tanta mella,
como la satisfacción que su compromiso
le había reportado.
Retirado durante un año, Sábato
se entrego a la creación, de la que
nacería el libro “Uno y el
universo”, una colección de
artículos políticos, filosóficos
en los que censuraba la moral neutral que
la ciencia había heredado. La desconfianza
hacia la utilidad humanística de
la ciencia le llevaría, y ya sin
retorno a la literatura, como medio para
analizar los problemas existenciales. El
resultado sería, posiblemente, su
obra cumbre, “El túnel”
(1948), una novela desasosegante en la que
el narrador describe una historia de amor
y muerte que muestra la soledad del individuo
contemporáneo. Es una muestra del
interés de Sábato por reflexionar
sobre la locura, comprender el motivo por
el cual el protagonista mata a la mujer
que ama y que es su única vía
de salvación. Aquí nacería
el mito de Sábato, como un autor
inquietante y original.

Tras ella llegaría “Sobre héroes
y tumbas (1961), considerada la mejor novela
argentina del siglo XX, obra que le consagraría
como escritor universal. Una obra dura,
en la que el autor intento indagar sobre
"las verdades últimas y atroces
que hay en el subsuelo del hombre".
La obra refleja, nuevamente, las obsesiones
personales del autor en una clara introspección
autobiográfica inscrita en reflexiones
sobre la historia argentina, y en medio
de un tono crecientemente negativo, pesimista,
sin salida, como la época que vivía
Argentina, y que la conduciría al
abismo de la dictadura. El tema es el retrato
de los últimos representantes de
una familia oligárquica venida a
menos, intercalándose la historia
de los seguidores del general Lavalle que
una vez derrotados llevaron el cuerpo muerto
de su jefe al exilio. De fondo, en plano
argumental secundario, pero esencial para
vertebrar la obra aparece el 'Informe para
ciegos' que a veces se ha publicado como
pieza autónoma, una pesadilla que
sufre Fernando, el protagonista, culpabilizándose
por un incesto cometido y que lleva al autor
a introducirse en los abismos infernales
más perturbadores, combinando elementos
tomados del surrealismo, Nietzsche, Jung
y Freud.
Pero su camino de reflexiones no acabaría
ahí, continuando en la novela Abaddón,
el exterminador (1974), un relato autobiográfico,
con una estructura narrativa aparentemente
fragmentario, y de argumento apocalíptico
en el cual las potencias maléficas
rigen el universo y es inútil la
resistencia.
Pero su obra no se agota en la reflexión,
ni en la argumentación moral de la
conducta humana. Su compromiso en defensa
de la democracia y del respeto a los derechos
humanos, es visible en ensayos como “El
otro rostro del peronismo”, “El
caso Sábato”, “Torturas
y libertad de prensa”, “Carta
abierta al general Aramburu” o “La
cultura en la encrucijada nacional”.
En 1985, Sábato presidiría,
dada su autoridad moral la Comisión
Nacional que publicó el informe “Nunca
más”, sobre la represión
llevada a cabo en Argentina por los gobiernos
militares desde 1976 a 1983, un documento
fundamental para el desarrollo de la defensa
de los derechos humanos, en cualquier parte
del mundo.
Toda su reflexión sobre la literatura
y especialmente sobre la novela la ha plasmado
en ensayos tan significativos como “El
escritor y sus fantasmas” (1963) y
“Aproximación a la literatura
de nuestro tiempo: Robbe-Grillet, Borges,
Sartre” (1968). Sábato ha recibido
el nombramiento de Caballero de la Legión
de Honor de Francia en 1979, y el Premio
Miguel de Cervantes en 1984, entre otros
galardones, a su muerte, sin embargo, su
labor cultural se encontraba ya muy limitada,
tras sufrir una pérdida progresiva
de la vista, que le había llevado
desde la literatura hasta la pintura.
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