| REVISTA | Hª DE ESPAÑA | ECONOMIA | ESTUDIANTES | HISTORIA | GEOGRAFIA | ARTE | CIENCIAS | LETRAS | EOLAPAZ.ES |
  | Libros | Lengua | Literatura| Pensamiento | Biografias | Temas | Actividades | Ayudas | actualizado Domingo, 18 Abril, 2010

Miguel Hernandez
eolapaz.es

 

Lazaro y Tuson
Profesores de lengua y literatura

El gran poeta Dámaso Alonso calificó en su momento a Miguel Hernández como el más genial de los poetas de la Generación del 27. Separado por casi dos décadas de los grandes de esa generación (Salinas, Alberti o Cernuda.), muchos críticos colocan a Hernández como el número uno de la llamada “Generación del 36”, de la que forman parte Rosales y Celaya. Sin embargo, su trayectoria y sus relaciones con poetas como Lorca, Aleixandre o Alberti lo sitúan claramente entre ellos, aunque como un elemento no principal.

Miguel Hernández nació en Orihuela en 1910, en una familia pobre. De niño fue pastor de cabras, pero llevado por su ansia de saber, dedicó su infancia a la lectura, siendo su vocación poética muy temprana. En su ciudad participaba en tertulias literarias que encabeza su amigo Ramón Sijé, al que dedicaría su famosa elegía, conociendo en ellas a la que sería luego su mujer. En 1934 se trasladó a Madrid, donde su obra conquistaría pronto la admiración de Pablo Neruda, lo que resultaría decisivo en su carrera.

Al estallar la guerra, se alistó como voluntario en el ejército republicano, casándose durante la contienda, en unos años finales de extrema tristeza para el poeta. Su primer hijo moriría en esos años, el segundo cuando la guerra acababa, con el poeta encarcelado y a punto de morir de tuberculosis en la cárcel de Alicante a los treinta y dos años.

 


La obra poética

A nivel poético Hernández fue un poeta de cualidades excepcionales. Como en el caso de Lorca, se dan en él el arranque popular y las técnicas más elevadas.
Su identidad poética pronto tomó un carácter genial y muy definido. Desde la primera lectura asombra su tono vigoroso, arrebatado, humanísimo, anclado en el corazón (“la lengua en corazón tengo bañada”). Sin embargo, en sus mejores momentos, Miguel Hernández sabe vestir su desbordante inspiración en formas rigurosas (sonetos sobre todo) que le permiten evitar los riesgos de lo fácil y hacer más densa la expresión. Así consigue un pasmoso equilibrio entre emoción pujante y contención disciplinada. Personalísimos son también sus continuos hallazgos en el terreno metafórico.

Después de unos primeros poemas de adolescencia Miguel Hernández siente la necesidad de una rigurosa disciplina poética. De ese propósito y de la moda de seguir a Góngora surge “Perito el lunas” (1933). Es un conjunto de 42 octavas reales que describen objetos usuales y humildes pero con una elaboración metafórica tan barroca que resultan herméticas: El libro es un ejercicio deslumbrante y, sin duda, fecundo para el poeta.
De la misma época son otros poemas en donde, al lado de experiencias semejantes a la anterior, se observa un lenguaje más suelto, más cordial, como en el apasionado “Silbo de afirmación en la aldea” (“alto soy de mirar a las palmeras..”), contraposición entre la vida del campo, y la vida de la gran ciudad, después de un primer viaje desafortunado a Madrid.

La plenitud llegaría con el inigualable “El rayo que no cesa”. En 1934 comienza Miguel Hernández una colección de sonetos que piensa titular “El silbo vulnerado” y que refundida y aumentada será su obra maestra, “El rayo que no cesa”, 1936. En ella llega a la máxima expresión su gran tríptico temático: la vida, el amor y la muerte. Sobre todo el amor, vivido como un sentimiento trágico. Y es que las grandiosas ansias vitales del poeta chocan contra las barreras que se alzan a su paso. De esa contradicción surge una tremenda pena (“Umbrío por la pena...”, son las palabras iniciales de un famoso soneto).
Esa pena es el “rayo”, que se le clava incesante en el corazón y que le hace concebir oscuros presagios de muerte.
En muchos de estos poemas, el amor aparece situado en un contexto preciso, el noviazgo aldeano, con el horizonte campesino al fondo y rodeado de los convencionalismos tradicionales. Pero Miguel Hernández se alza desde estas circunstancia concretas a una dimensión universal, el tema del amor imposible, de la vida imposible, alentando en toda su obra un poderoso vitalismo trágico.
Tras un poema inicial en cuartetas, la mayor parte del libro son sonetos. Este molde clásico tan cerrado favorece la síntesis entre desbordamiento emocional y concentración verbal. El dominio de Miguel Hernández es tal, que su riguroso «trabajo» queda oculto: el resultado parece fácil, natural, y lo que percibe el lector es la fuerza y el calor de la palabra. La lengua del autor alcanza aquí su plena madurez y su acento personal, asimiladas ya todas las influencias (Garcilaso, Quevedo…)
A parte de los sonetos amorosos, se alza en el libro la grandiosa “Elegía a Ramón Sijé”. La muerte del amigo le ha inspirado su mejor poema, una de las dos o tres elegías más impresionantes de la lírica española y, sin duda, el mayor poema de la amistad que se ha escrito entre nosotros. Sus tercetos encadenados se hallan en la memoria de todo amante de poesía.
De la plenitud a la muerte En su momento de plenitud. Escribe otros poemas en los que sigue expresando su sentido trágico, sus presagios de muerte: “Mí sangre es un camino, Sino sangriento, Vecino de muerte…”. En dos hermosas elegías a Vicente Alexandre y Pablo Neruda, se aprecia el impacto del Surrealismo, a través del influjo de ambos poetas. En otros, como una Elegía a Garcilaso, la inspiración es más clásica.
Durante la guerra, el poeta somete su fuerza creadora a los fines más inmediatos, Así aparece “Viento del pueblo” (1937). “Los poetas -dice- somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas”. Hay en este libro cantos épicos, arengas, poesía de combate, como el romance inicial que da título a la obra. Destacan poemas de limpia preocupación social como el “aceituneros de Jaén” , El sudor”, “Las manos” y, sobre todo, “El niño yuntero”.

Su libro siguiente, “El hombre acecha” (1939) sigue en esa linea pero con un doloroso acento por la tragedia de la guerra. A el pertenece un poema conmovedor, la carta dirigida a su mujer, “Cuando te voy a escribir se emocionan los tinteros..”. En ambos libros el lenguaje es más claro, más directo. La preocupación estética es menor, porque así lo exigía la intención que ahora lo animaba.
Finalmente, en la cárcel compone la mayor parte del “Cancionero y Romancero de ausencias” (1938-1941).

Miguel Hernández depura de nuevo su expresión, inspirándose en las formas más sobrias de la lírica popular. Así alcanza sus momentos de máxima desnudez, que hace más conmovedor aquello de lo que nos habla. Nos habla otra vez del amor: ahora, del amor a la esposa y al hijo (amor frustrado en este caso por la separación). En este tema, tan poco usual en la lírica, alcanza el poeta su segunda cima. Otros temas del libro son su situación de prisionero y las consecuencias de la guerra.
De esta misma época son otros poemas. Entre ellos figuran las “Nanas de la cebolla”, que no pueden leerse sin estremecimiento. En éste, como en algún otro poema, Miguel Hernández, con gesto viril, aún encuentra fuerzas para pedir la sonrisa.

El Teatro

El teatro Miguel Hernández es autor de varias obras dramáticas. A su primera época pertenece un hermoso auto sacramental. “Quien te ha visto y quien te ve”, calderoniano y a la vez moderno. A la manera de Lope escribirá más tarde “El labrador de más aire” (1937), drama de intención social y ambiente rural, con ecos de Peribáñez o de Fuenteovejuna. Compuso asimismo, durante la contienda, varias piezas recogidas con el título de “Teatro en la guerra”, como todo él, valiente y poético.

En definitiva, Hernández representa, mejor que cualquier otro, el giro profundo que daban los poetas del momento, alejándose definitivamente del arte deshumanizado. Nadie le superó en fuerza humana, en arrebato emocional. Por ello, y por su acento social, abrió el camino de la poesía de posguerra. Entonces, su presencia será aún más decisiva que la de Aleixandre o Dámaso Alonso; sólo Antonio Machado le iguala en estimación, hsta el punto de haberse convertido en un clásico de la musicalización poética española, conquistando, aun hoy, el alma de los jóvenes.

 


Sonetos

He aquí dos sonetos de los tantos magistrales que Hernández creo. Traemos aquí los números 19 y 20 de El rayo que no cesa. Aquí está la madurez de su arte, el pleno dominio de las formas y de la palabra. Aquí está su amor, su pena, su rebeldía.



Soneto 19

Yo sé que ver y oír a un triste enfada
cuando se viene y va de la alegría
como un mar meridiano a una bahía,
a una región esquiva y desolada.

Lo que he sufrido y nada todo es nada
para lo que me queda todavía
que sufrir el rigor de esta agonía
de andar de este cuchillo a aquella espada.

Me callaré, me apartaré si puedo
con mi constante pena instante, plena,
a donde ni has de oírme ni he de verte.

Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena:
adiós, amor, adiós hasta la muerte.

 



Soneto 20


No me conformo, no: me desespero
como si fuera un huracán de lava
en el presidio de una almendra esclava
o en el penal colgante de un jilguero.

Besarte fue besar un avispero
que me clava al tormento y me desclava
y cava un hoyo fúnebre y lo cava
dentro del corazón donde me muero.

No me conformo, no; ya es tanto y tanto
idolatrar la imagen de tu beso
y perseguir el curso de tu aroma.

Un enterrado vivo por el llanto,
una revolución dentro de un hueso,
un rayo soy sujeto a una redoma

 


La elegía a Ramón Sijé

El día de Navidad de 1935 muere Ramón Sijé, estimable escritor y, sobre todo, animador del ambiente literario de Orihuela. Allí había fundado una interesante revista, «El Gallo crisis», de orientación católica avanzada, en la que Miguel Hernández había publicado poemas. La muerte de Sijé es un golpe terrible para el poeta. La Elegía que le dedica es, como hemos dicho, su obra maestra. El dolor va aumentando de volumen hasta adquirir una intensidad rabiosa en los versos 25-33. Luego, en transición brusca, pasa a un tono suave, entrañado, con la evocación de un imposible retorno del amigo. Son versos inolvidables. Al frente del poema figuran estas palabras: «En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto queria».

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un achazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
Y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos 3 de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada
no perdono a la vIda desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera;
por los altos andamios de las flores
pajareará s tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.


Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

El niño Yuntero

Del “Viento del pueblo” es inevitable elegir este poema, del que transcribimos algunas estrofas. Trae ante el lector la figura de un niño que -como el mismo Miguel Hernández- se ve obligado a trabajar desde muy temprano. Estalla el dolor y la indignación del poeta, que lanza una urgente pregunta, seguida de su respuesta, sobre el remedio de tal situación. Poema en cuartetas, con un lenguaje directo que, sin embargo, no ha renunciado a la metáfora y otros recursos típicos del autor.

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello […]


Entre estiércol puro y vivo
de vacas trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra […]

Trabaja y, mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio [...].

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina,

Lo veo arar los rastrojos,
Y devorar un mendrugo,
'y declarar con los ojos,
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta,

¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros

 

Cancionero y Romancero de ausencias

Estas son dos breves muestras de su último libro. Es poesia concentrada, con la mayor economía de medios. Es evidente la base popular de la métrica: versos cortos, asonancia, paralelismo (en este aspecto, nos recuerda la poesía inicial de Alberti. por ejemplo). La primera cancioncilla es una certera síntesis de su temática, esa «triple herida». La segunda encierra una hermosa condena de lo inhumano de la guerra.

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.

Las nanas de la cebolla

Las “nanas de la cebolla” es uno de sus últimos poemas. Son los años de escasez de la posguerra. El poeta, en la cárcel, recibe una carta de su mujer en la que le decía que muchos días no se encontraban más que cebolIas para comer. A su hijo, amamantado «con sangre de cebolIa», le escribe estas escalofriantes «nanas». En elIas quisiera proteger la alegría del niño. Por eso, escoge la versificación más graciosa y alegre que cabe: la seguidilla. Y sin embargo...

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan lato,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ries
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco Jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.




 

 

Literatura

 


eolapaz wiki
Añade o mejora este contenido

 

 

Relacionado
Ismail Kadare
Jose Emilio Pacheco
Levi Strauss
Miguel Delibes

 

Dinos si te ha sido útil
este artículo

 

 

Comparte este artículo en las redes

facebook delicious technorati meneame wikio fresqui
digg twitter live spaces google bookmarks blinklist msn report
recibir rss Publicar en MySpace seguir blog
Linkedin
Corrige este artículo

 


eolapaz tambien es


eolapaz Blog
Eolapaz libros
Eolapaz Tv
La Septima
Multimedia canal 2
Multimedia canal 3
Blogs amigos
Eolapaz Wiki
Eolapaz Foros
Eolapaz Chat
eolapaz.com

 

 

 

 



Encuentra aqui lo que buscas en eolapaz.com

 


Estudiantes
Formación profesional, universidad, tutoria, secretaria, residencias ...

Economía

Textos, problemas, apuntes, diccionarios ...

de España

Temás, apuntes, textos comentados ...

Eolapaz. com

Revista estudiantil de recursos actualidad y opinión
eolapaz.es © 2009

¿Quienes somos? | Tutoria y ayuda | Privacidad | Publicidad |
Optimizado para: 1028 x 760 pixels - Internet Explorer 5.1 y superiores