
El
sábado el mundo ha sabido que la
birmana Aung San Suu Kyi, la líder
de la resistencia pacífica del pueblo
de Myanmar contra la opresión y la
dictadura ha cumplido la absurda e injusta
condena impuesta por su opresor gobierno
y puede volver a ser libre, dentro de esa
inmensa y paupérrima cárcel
en que se ha convertido Birmania.
Una noticia agradable, para un mundo como
el nuestro al que le gusta oír buenas
noticias para dejar así en paz su
conciencia. Una gran noticia para un pueblo
que vive pendiente de la suerte de esta
delicada y recia mujer, en cuyo destino
han depositado el suyo.
Nacida
en Rangún, en 1945, Aung era en su
infancia una dulce niña que inundaba
las calles de Rangún con las melodías
de su piano, hija del héroe nacional
Aung San, quien lucho contra los japoneses
y logro la independencia del Reino Unido
en 1947, tras lo cual sería asesinado.
Tras estudiar en Oxford y trabajar en Naciones
Unidas, Aung regreso a su patria en 1988,
para luchar por la segunda independencia,
aquella que liberaría a su país
de la opresión de los militares y
la oligarquía. Aung lideró,
desde su regreso un movimiento inspirado
en las enseñanzas de Gandhi y sostenido
en el carácter del pueblo birmano
y su milenaria cultura budista. La base
de su acción sería en los
meses siguientes a su llegada estructurar
un movimiento patriótico que levara
a cabo una revolución política
y espiritual, basado en el dialogo, la solidaridad
con los más débiles y la reconciliación
entre todas las étnias del país,
en el marco de un nuevo estado democrático
y defensor de las libertades.
Antes de que pasara un año, la junta
militar que oprime Birmania la sometió
a arresto domiciliario, para acallar su
voz. Así y todo, en 1990, su partido,
la Liga Nacional para la Democracia, ganaba
las elecciones de manera abrumadora. La
respuesta militar no se hizo esperar, las
garantías políticas fueron
suprimidas, La Liga no pudo formar gobierno
y Aung fue invitada a colaborar con los
militares o irse. La elección fue
quedarse junto a su pueblo y sostener una
lucha pacífica por las libertades.

En los años siguientes, la represión
no pudo acallar las denuncias de Aung, y
su constancia comenzó a recabar los
primeros apoyos a la causa Birmana. Los
premios Thorolf Rafto de defensa de los
derechos humanos y el Premio Sájarov
de libertad de pensamiento, eran prueba
de ello. En 1991, Amnistía Internacional
hacia suya su causa, concediéndosele,
ese mismo año, el Premio Nobel de
la Paz, y un año después el
Premio Simón Bolívar.
Su lucha comenzaba a surtir efecto en otros
lugares de Asia, convirtiéndose la
Liga en un ejemplo a seguir, de pacifismo
y defensa de los derechos humanos.
En 1995 Estados Unidos se implicaba en el
drama birmano y conseguía la liberación
de Aung, presa en su domicilio desde 1991,
por lo que no pudo siquiera recoger el Nobel.
Pero tras su liberación, Aung no
cejo en su activismo, congregando muchedumbres
por todo el país que clamaban pacíficamente
por su libertad y el fin de la corrupción.
Una oleada de manifestaciones estudiantiles
provocaran la represión, la detención
de los líderes opositores y un nuevo
arresto domiciliario, pese a lo que pudo
mantener, clandestinamente, el contacto
con el exterior y la denuncia de los abusos
que sufría su pueblo.
Durante estos años, Aung se ha mantenido
firme, pese al alejamiento de su familia,
junto a la que no ha podido estar, ni tan
siquiera durante la enfermedad de su marido,
Michael Aris, al que un cáncer le
provocó la muerte en 1999.

Tras la revolución azafrán,
que llevo a las calles de Birmania a miles
de estudiantes, campesinos y monjes budistas,
y cuya represión dejo tras de si
a cientos de muertos, Aung se reunió
en octubre de 2009 con la junta militar
para mantener un dialogo que permitiera
la normalización del país,
lo que no condujo a ninguna solución
y si a mantener su arresto domiciliario.
Hoy su liberación abre la puerta
a un incierto desarrollo político
de Birmania, mientras alivia levemente el
sufrimiento de esta luchadora, como el de
otras mujeres que heroicamente siguen peleando
por l libertad en cada esquina del mundo.
Mujeres como Shirín Ebadí,
Nobel de la paz 2003, primera mujer juez
en Irán, detenida desde 2003 por
defender los derechos de los represaliados
por los crímenes de estado contra
los disidentes.
O como Ludmila Alexéyeva, Premio
Sajarov 2009, líder del Grupo Helsinki,
que lleva una década denunciando
la represión y las torturas en Rusia.
O como Lubna Ahmed al Husein, periodista
sudanesa y funcionaria de la ONU, que lucha
en Sudan por los derechos humanos y la libertad
de las mujeres, condenada a cuarenta latigazos
en 2009 por llevar pantalones.
No olvidemos a Aung, no olvidemos a ninguna
de ellas
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