
El
zarismo fue el sistema político predominante
en el Imperio Ruso desde el siglo XVI hasta
comienzos del siglo XIX. Hay que decir,
que el zarismo fue el único régimen
absolutista que se mantuvo en Europa tras
la caída del Antiguo Régimen
en el siglo XVIII.
El
término zar se utilizaba para designar
a los monarcas que regían el territorio
y que tenían gran poder. En el caso
de que el zar fuera una mujer, recibía
el nombre de zarina. El símbolo oficial
del zarismo es el águila con dos
cabezas.
Tiene
su origen en la antigua palabra para designar
a los gobernantes del Imperio Romano: “caesar”
y por supuesto guarda una relación
de significado con ella, ya que los zares
llegaron a reunir tanto poder en sus manos
como los desaparecidos emperadores romanos.
Este término ha sido utilizado desde
tiempos antiguos, y en distintas culturas
ha designado a los monarcas en general.
Durante la Edad Media, algunos reyes búlgaros
llevaban el nombre de zar.
Los
zares, al ser gobernantes absolutistas,
eran los responsables de todo el sistema
político, económico y administrativo,
es decir, controlaban todos los poderes
del Estado, reunidos en su persona.
Es
importante para descubrir el significado
del zarismo, averiguar cómo fue su
origen. Hay que decir, que en el siglo XIV,
los rusos estaban bajo el dominio de los
tártaros (que era el nombre que recibían
los mongoles en aquella época). Fue
gracias a la victoria rusa en la batalla
de 1380, cuando se empezó a vislumbrar
el fin de la dominación. Su precursor
sería Dimitri Ivanovich de Moscú.
A partir de este momento, las diversas regiones
rusas se alzarían contra los mongoles
y con el paso del tiempo se lograrían
más conquistas.
Sin
embargo, el triunfo definitivo llegaría
un siglo más tarde, en el año
1480, cuando el príncipe Iván
III proclamó oficialmente la independencia
rusa y se rebeló contra los tártaros,
dejando de pagar los impuestos.
Rusia
dejaba de estar oprimida y empezaba a tomar
contacto con sus países vecinos.
Poco a poco se estaba creando la nación
más poderosa de todo el continente
europeo. Los rusos eran conscientes de ellos
y tras la caída definitiva de Constantinopla
y con ella del Imperio Bizantino, se consideraron
como la nación más poderosa
del mundo.

El
primer zar de la historia de Rusia fue el
monarca Iván IV, quien quiso adoptar
este título para resaltar el cambio
que había experimentado la monarquía.
También se proclamó Gran Príncipe
de todas las Rusias. Estamos hablando del
año 1547. Como es propio de los regímenes
absolutistas, el monarca ruso consideraba
que su poder estaba avalado por el mismo
Dios y que ninguna otra persona podría
estar por encima de él ni podría
contradecir sus órdenes.
Hasta
nuestros días han llegado las horribles
y violentas tácticas que este zar
empleaba contra sus súbditos, sobretodo
en sus últimos años de reinado,
puesto que llegó a asesinar a su
hijo primogénito. Todos estos sucesos
le dieron el sobrenombre de El Terrible.
Iván
IV fue un monarca obsesionado con la posibilidad
de ser traicionado por sus más allegados,
algo que terminó por llevarle a la
locura y a poner en serio peligro la hegemonía
de Rusia. Después de su muerte, Rusia
no recuperaría su esplendor hasta
la llegada de la dinastía Romanov.
Los
sucesivos monarcas recibieron el nombre
de zares hasta la creación del Imperio
Ruso en el año 1721, que sustituiría
al antiguo zarato. Tras esta fecha, el título
de zar fue siendo sustituido por el de “imperator”,
aunque ambos títulos seguirían
conviviendo y el de zar se utilizaría
como término accesorio al de emperador,
puesto que designaba la soberanía
sobre un territorio en concreto. Pedro I,
conocido como el Grande, fue el primer monarca
ruso que reunió ambos títulos.
Con
la creación del Imperio Ruso, los
zares incrementaron considerablemente su
poder, ejerciéndolo sin límites
y considerándose dignos sucesores
de los antiguos gobernantes de los Imperios
Romano y Bizantino, ya que consiguieron
unificar todos los territorios rusos y tenerlos
bajo su dominio.
Los
principales apoyos con los que contaban
los zares eran la nobleza y la Iglesia al
igual que en las distintas monarquías
absolutistas europeas.
La
dinastía Romanov, que ostentó
el poder supremo sobre los territorios rusos
hasta la Revolución de Febrero de
1917, ascendió al trono en el año
1613, con la coronación de primer
Romanov, Miguel I.
La
familia comenzó a ganar influencia
tras la muerte de Iván IV El Terrible,
fallecido ese mismo año, tras lo
cual una asamblea de nobles eligió
como sucesor al sobrino nieto de éste,
con el cual se inició la dinastía.
Hubo
sucesivos conflictos tras la muerte de alguno
de los sucesores de Miguel I, de manera
que la dinastía Romanov quedó
durante algunos períodos relegada
a un segundo plano. Como es el caso, por
ejemplo, de la época de reinado de
Pedro I El Grande, uno de los zares más
relevantes de la historia de Rusia.
Pedro
I accedió al trono en el año
1584, tras imponerse sobre los demás
candidatos (sus hermanastros, nietos de
Miguel I) Su reinado se caracteriza por
el expansión territorial y la modernización
de Rusia y la fundación de San Petersburgo.
Cambió, además, la ley de
sucesión, mediante la cual, a partir
de ese momento, todo monarca sería
libre de elegir a su sucesor. Fue el primero
en adoptar el título de “Zar
de todas las Rusias”. Al morir el
zar sin haber elegido sucesor, fue ascendida
al trono su esposa, Catalina I, en 1725.
Con
la muerte de Catalina I, la soberanía
vuelve a pasar a manos de los Romanov, con
su nieto Pedro II y su sobrina Ana Ivanovna.
El
último Romanov en el trono de Rusia
fue el zar Nicolás II, un hombre
que no reunía las cualidades idóneas
para regir el reino, debido a su débil
personalidad, sobre todo. No estaba preparado
para gobernar un tan amplio estado, lleno
de cambios tras la muerte de su padre.
Nicolás
contrajo matrimonio con la princesa Von
Hesse (convertida en la zarina Alejandra),
nieta de la reina Victoria de Inglaterra,
con quien tuvo cinco hijos: las Grandes
Duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia
y el Zarevich (literalmente, Hijo del Zar,
título que se le aplicaba únicamente
al primogénito varón) Alexis.
A
pesar de todo, el reinado de Nicolás
II no comenzó todo lo bien como se
había esperado. La llegada oficial
de la futura zarina tuvo lugar durante el
funeral de Alejandro III (padre de Nicolás),
lo cual dio lugar a múltiples comentarios
entre la población (“Ella llega
detrás de un ataúd, ella traerá
mala suerte”)

Aún
así, el gobierno comenzó bastante
bien, aunque poco a poco fue degenerando.
Nueve
años después de la ascensión
al trono de Nicolás II, en enero
de 1905, tuvo lugar la sangrienta matanza
conocida como Domingo Rojo o Domingo Sangriento,
momento en el cual los soldados imperiales
masacraron por completo a una multitud de
obreros (la cifra asciende a unos ciento
veinte mil) en huelga por sus malas condiciones
de trabajo, frente al Palacio de Invierno.
Para
intentar apaciguar al pueblo, el zar introdujo
una constitución y creó un
parlamento, la Duma, donde se verían
representados los ciudadanos, pero fue una
medida bastante pobre y que además
llegó con retraso. Los rusos, no
contentos con esta nueva medida, continuaron
con disturbios y protestas. Durante el estallido
de la Primer Guerra Mundial, la situación
se agravó más. Al principio
se consideraba un honor que el soldado ruso
combatiese contra Alemania, pero paulatinamente
las opiniones fueron cambiado a medida que
el número de bajas aumentaban de
manera desmesurada.
Con
la llegada del invierno del año 1917,
los bolcheviques tenían bajo su control
Moscú y San Petersburgo, habiéndose
alzado entre los demás grupos revolucionarios;
pronto establecieron un gobierno. En un
inicio se plantearon exiliar a la familia
real rusa a Inglaterra, pero finalmente
estos fueron recluidos en el sótano
de la casa Ipatiev (irónicamente,
posee el mismo nombre que el monasterio
donde fueron coronados los primeros Romanov)
El
zar Nicolás abdicó en marzo
de ese mismo año, tras la Revolución
de Febrero.
La
mañana del 17 de julio de 1918, los
soviets que los mantenían cautivos,
temerosos de que el ejército blanco
(fiel al zar y a su familia) tratase de
liberarlos, fueron brutalmente asesinados
el zar, la zarina, y sus cinco descendientes,
junto con cuatro criados de la familia,
sin piedad alguna, y posiblemente bajo la
orden de mutilar y esconder los cadáveres
a fin de que no fuesen reconocidos, como
confirmaron las marcas y quemaduras en los
huesos hallados en una fosa en Yekaterimburgo,
en 1991, y que correspondían al zar
y a la zarina, a tres de sus hijas y a los
cuatro sirvientes.
Se
especuló con la idea de que Anastasia,
la hija mejor, y el zarevich Alexis hubiesen
sobrevivido, pero unos años más
tarde, en julio de 2007, se excavó
una nueva fosa, situada a unos escasos setenta
metros de la primera, donde se exhumaron
dos cadáveres: los de los hijos menores
de la familia Romanov. Cayó esa noche
una de las más longevas dinastías
del poder ruso.
“Ningún
miembro de la familiar sobrevivió
a la ejecución en la madrugada del
17 de julio de 1918.”
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