Hiroshima
y Nagasaki
Alfonso
Ruiz, Jaime Subirachs y sepeinsa.org

El
año 1945, en el final de la gran
guerra mundial estuvo marcado por tres grandes
acontecimientos. De un lado la sangrienta
batalla de Iwo Jima, había descubierto
a las tropas norteamericanas la inviabilidad
de una clara victoria militar en un espacio
breve de tiempo, ante la fiereza japonesa.
Eso, en un marco de cansancio nacional ante
la guerra, y de penurias económicas
y demográficas, hacia necesaria una
forma mas expeditiva de concluir con el
conflicto.
En segundo lugar, Estados Unidos, se había
convencido, que tras la derrota de las dictaduras
nipona y nazi, el gran enemigo para el nuevo
orden mundial era Rusia, la URSS comunista,
que tras la gran prueba de la guerra, salía
fortalecida, con el encomiable apoyo militar
y económico de los aliados occidentales.
Stalin se disponía a retar (ya lo
hacia en Europa) a los aliados, y de intervenir
en Asia de forma decisiva, apoyando a los
comunistas de Mao en China y moviendo piezas
en Indochina y Corea.
Ante tal situación, Oppenheimer y
otros científicos evadidos de la
Alemania nazi, pondrían en manos
de Estados Unidos un arma definitiva y feroz,
capaz de derrotar sin más vidas americanas
a los fanáticos japoneses, y frenar,
amenazante a los ambiciosos soviéticos.
El
plan era fruto de las investigaciones sobre
la energía nuclear, comenzada s en
Europa una década antes, y que en
Estados Unidos se desarrollaban en secreto
en le desierto de Nevada, bajo el nombre
secreto de “proyecto Maniatan”,
desde 1939, cuando el presidente Roosvelt
recibió una carta de Albert Einstein,
en la que le informaba que la división
(fisión) del núcleo del átomo
de uranio parecía posible, lo cual
liberaría una cantidad enorme de
energía. En 1940 el gobierno norteamericano
echó a andar el ultra secreto proyecto
Manhattan, para intentar ganarle a los alemanes
la carrera en la creación de una
bomba atómica. Después de
invertir 2 mil millones de dólares
en este proyecto, la primera prueba de la
bomba tuvo lugar con éxito el 16
de julio de 1945 en el desierto cercano
a Alamo Gordo, en Nuevo México. En
esa fecha empezó la era nuclear.

La
tarea de construir la bomba atómica
fue tan complicada y requirió tanto
tiempo y dinero, que las dos bombas utilizadas
contra Japón eran las dos únicas
que había en el mundo en esa época.
Pero el día que estalló la
bomba en Hiroshima se inició formalmente
la competencia en la carrera armamentista.
Rápidamente se desarrolló
la tecnología bélica nuclear
en otras partes del mundo, lo cual dio lugar
-a nivel de política internacional-
a la llamada “diplomacia atómica”.
La primera potencia en demostrar que ya
contaba con un arma nuclear fue la Unión
Soviética, en 1949. Durante las siguientes
décadas, la idea de que una conflagración
mundial podía llevar al inminente
exterminio de la humanidad -si se producía
un enfrentamiento nuclear- determinó
el equilibrio de fuerzas en el mundo
El
responsable de usar las bombas, muerto el
presidente Roosvealt, Harry Truman, asesorado
por los dirigentes militares y del gobierno.
Junto al argumento de salvar miles de vida
en una sangriento asalto al Japón,
se decía que los alemanes estaban
desarrollando una bomba atómica que
hubiera sido usada contra los aliados, si
éstos no se hubieran adelantado a
usarla en contra de Japón. El plan
expresaba el compromiso de que las bombas
atacarían exclusivamente blancos
militares. Nagasaki era uno, pues era una
ciudad industrial donde había una
aceria y una fábrica de torpedos.
El pueblo americano, aun marcado por el
traidor ataque a Pearl Harbor, acepto sin
reparo moral el plan, no sabiendo el poder
devastados de la bomba sirvió de
justificación.
El 6 y 9 de agosto de 1945, en cumplida
venganza, los norteamericanos destruyeron
las ciudades de Hiroshima y Nagasaki con
dos bombas nucleares. El saldo de muerte
entre los japoneses fue de 240 mil personas,
100 veces el daño causado en Pearl
Harbor.
El
uso de la bomba fue una demostración
de poder. El nombre en clave de la bomba
nuclear que hizo explosión a unos
500 m de altura sobre Nagasaki, era “Hombre
Gordo” (Fat man), y fue lanzada por
un bombardero B-29 . Era la segunda bomba
lanzada, de una serie de tres que estaban
previstas para ser utilizadas en acción
de guerra contra Japón (derrotada
ya Alemania), tras la que había arrasado
Hiroshima tres días antes. Estaba
destinada a destruir la ciudad de Kokura
(que ahora es un barrio de Kitakyushu).
La suerte tuvo mucho que ver con lo ocurrido.
El B-29 portador de la bomba voló
esa mañana sobre Kokura durante largos
minutos, sin que sus tripulantes lograran
ver el objetivo sobre el que debían
descargar el arma, a causa del mal tiempo.
En vista de eso, el comandante decidió
dirigirse al objetivo alternativo que tenía
asignado: Nagasaki. Con una explosión
de potencia equivalente a unas 21.000 toneladas
de trilita, a la que hay que añadir
los letales efectos térmicos y radiactivos,
la mitad de la ciudad quedó arrasada
en unos instantes.
No hay cifras exactas de las víctimas
de esta última carnicería
de la Segunda Guerra Mundial, debido a la
destrucción de los archivos y a la
imposibilidad de recuperar todos los cuerpos.
Se cree que murieron en el acto unas 40.000
personas, cifra que se duplicó en
unos pocos meses a causa de los efectos
de la radiación, las heridas incurables
y las nuevas enfermedades. En los años
inmediatamente posteriores se produjeron
en Nagasaki 50.000 muertes más. Todavía
hoy quedan en Japón unos 400.000
hibakusha, personas que padecen los efectos
de aquellos dos fatídicos días
en los que la ciencia moderna probó
sus inventos en los ciudadanos de ese país.
La destrucción nuclear de Nagasaki
no ha trascendido a los medios tanto como
la de Hiroshima, que al ser la primera ciudad
mártir, siempre ha acarreado la fama
de este genocidio.
Lo más grave del bombardeo de Nagasaki
es la reiteración en la destrucción
de vidas humanas inocentes, después
de haber contemplado, con horror, lo ocurrido
tres días antes en Hiroshima. Ya
no podía justificarse el empleo de
un arma de tales características,
habiendo comprobado por vez primera la realidad
de sus efectos.
Se ha defendido el uso de las dos armas
basándose en que Japón se
rindió cinco días después.
Para sustentar la decisión se adujeron
cifras de probables bajas de combatientes
de EEUU en caso de tener que asaltar el
archipiélago nipón para alcanzar
la victoria final. Pero se suele olvidar
que, justo el día anterior a la destrucción
de Nagasaki, la URSS había declarado
la guerra a Japón y había
iniciado la invasión de Manchuria.
El enorme potencial militar soviético,
que había arrancado gran parte de
Europa del dominio nazi a costa de ingentes
sacrificios humanos y materiales, se volcaba
ahora sobre el este. Japón estaba
aislado; sin aliados, desabastecido, bloqueado
y cortado del exterior, bombardeado a diario,
toda resistencia militar era inútil.
Ni el fanatismo de los kamikazes, ni la
furia defensiva japonesa mostrada ese mismo
año en algunas islas del Pacífico
engañaban ya al mando estadounidense
sobre el inminente fin de la lucha.
Incluso si el mando militar japonés
podía albergar todavía alguna
esperanza en su capacidad de resistencia,
ésta desapareció sin duda
tras la bomba lanzada contra Hiroshima.
La de Nagasaki fue, por tanto, innecesaria.
Violó todas las reglas de la guerra:
se asesinó a una población
civil que ya poco o nada tenía que
ver con el curso posterior de las operaciones.
Fue, por tanto, un evidente crimen contra
la Humanidad, una vulneración de
las más básicas leyes de la
guerra. Esto es lo que reveló con
toda claridad la bomba de Nagasaki.
Entonces se inició la "era nuclear
inactiva". Nunca se ha vuelto a utilizar
un arma nuclear contra un enemigo, ni en
los momentos más críticos
de la Guerra de Corea. La Humanidad fue
consciente de que, por vez primera en su
historia, se había dotado de un instrumento
capaz de destruir la especie humana en su
totalidad. Según afamados científicos,
solo bacterias y artrópodos nos sobrevivirían
y mantendrían la vida en la Tierra,
constituyendo la base para una nueva evolución
biogenética.
Cuando hoy en EEUU y en algunos países
se sigue considerando viable la estrategia
militar nuclearizada y se desarrollan nuevos
modelos de esas armas, conviene tenerlo
presente. Especialmente ahora, en que algunas
guerras, como las de Irak, demuestran la
irresponsabilidad de algunos dirigentes,
con capacidad de decisión nuclear.

Pero volvamos a nuestra historia. Era el
6 de agosto de 1945, la ciudad japonesa
de Hiroshima, situada en Honshu, la isla
principal del Japón, sufrió
la devastación, hasta entonces desconocida,
de un ataque nuclear. Ese día, cerca
de las siete de la mañana, los japoneses
detectaron la presencia de aeronaves estadounidenses
dirigiéndose al sur del archipiélago;
una hora más tarde, los radares de
Hiroshima revelaron la cercanía de
tres aviones enemigos. Las autoridades militares
se tranquilizaron: tan pocos aviones no
podrían llevar a cabo un ataque aéreo
masivo. Como medida precautoria, las alarmas
y radios de Hiroshima emitieron una señal
de alerta para que la población se
dirigiera a los refugios antiaéreos.
A las 8:15, el bombardero B-29, “Enola
Gay”, al mando del piloto Paul W.
Tibblets, lanzó sobre Hiroshima a
“little boy”, nombre en clave
de la bomba de uranio. Un ruido ensordecedor
marcó el instante de la explosión,
seguido de un resplandor que iluminó
el cielo. En minutos, una columna de humo
color gris-morado con un corazón
de fuego (a una temperatura aproximada de
4000º C) se convirtió en un
gigantesco “hongo atómico”
de poco más de un kilómetro
de altura. Uno de los tripulantes de “Enola
Gay” describió la visión
que tuvo de ese momento, acerca del lugar
que acaban de bombardear: “parecía
como si la lava cubriera toda la ciudad”.
Tokio, localizado a 700 kilómetros
de distancia, perdió todo contacto
con Hiroshima: hubo un silencio absoluto.
El alto mando japonés envió
una misión de reconocimiento para
informar sobre lo acontecido. Después
de tres horas de vuelo, los enviados no
podían creer lo que veían:
de Hiroshima sólo quedaba una enorme
cicatriz en la tierra, rodeada de fuego
y humo
Después de la explosión sobre
Hiroshima, los norteamericanos esperaban
la rendición inmediata de Japón.
Pero esto no sucedió. El alto mando
japonés dio por hecho que los Estados
Unidos sólo tenían una bomba
atómica y, ya que el daño
estaba hecho, se mantuvieron en armas. Sin
embargo, esta actitud de los japoneses fue
prevista por los estadounidenses y, para
demostrar que tenían más bombas
y de mayor fuerza destructiva, arrojaron
una segunda bomba.
El 9 de agosto, a las 11:02 de la mañana,
el espectáculo de la aniquilación
nuclear se repitió en Nagasaki, situada
en una de las islas menores de Japón
llamada Kyushu. El bombardero B-29, “Bock’s
Car”, lanzó sobre esa ciudad
industrial a “fat boy”, una
bomba de plutonio, con la capacidad de liberar
el doble de energía que la bomba
de uranio.

Cinco
días después, los japoneses
se rindieron incondicionalmente ante las
fuerzas aliadas. Con ello, la Segunda Guerra
Mundial, que empezó en 1939, se dio
por terminada
Las bombas nucleares devastaron Hiroshima
y Nagasaki. Sin embargo, los efectos del
bombardeo sobre cada ciudad no fueron iguales:
la situación geográfica de
cada lugar influyó sobre el grado
de destrucción. En Hiroshima, emplazada
sobre un valle, las olas de fuego y radiación
se expandieron más rápidamente
y a mayor distancia que en Nagasaki, cuya
orografía montañosa contuvo
la expansión de la destrucción.
Dos
kilómetros a la redonda de donde
explotaron las bombas, la catástrofe
fue absoluta: el fuego y el calor mataron
instantáneamente a todos los seres
humanos, plantas y animales. En esta zona
no permaneció en pie ni una sola
edificación y se quemaron además
las estructuras de acero de los edificios
de concreto. Las ondas expansivas de la
explosión hicieron estallar ventanas
situadas incluso a 8 kilómetros del
lugar de la explosión. Los árboles
fueron arrancados desde la raíz y
quemados por el calor. En algunas superficies,
como los muros de algunos edificios, quedaron
plasmadas las “sombras” de carbón
de las personas que fueron desintegradas
repentinamente por la explosión
El
fuego se apoderó de las ciudades,
especialmente de Hiroshima, donde se formó
una “tormenta de fuego” con
vientos de hasta 60 kilómetros por
hora que creo miles de incendios. Miles
de personas y animales murieron quemados,
o bien sufrieron graves quemaduras e incluso
heridas por los fragmentos de vidrio y otros
materiales que salieron disparados por la
explosión. Las tejas de barro de
las casas se derritieron y la gran mayoría
de las residencias de madera ardieron en
llamas. Los sistemas telefónicos
y eléctricos quedaron prácticamente
arruinados. Se calcula que en Hiroshima
desaparecieron cerca de 20 mil edificios
y casas, y en Nagasaki quedó destruida
el 40% de la ciudad.
Hiroshima, con una población de 350
mil habitantes, perdió instantáneamente
a 70 mil y en los siguientes cinco años
murieron 70 mil más a causa de la
radiación. En Nagasaki, donde había
270 mil habitantes, murieron más
de 70 mil antes de que terminara el año
y miles más durante los siguientes
años. Se calcula que en total murieron
cerca de 250 mil personas
Según
los testimonios de quienes presenciaron
la devastación, los sobrevivientes
de la explosión parecían fantasmas
que deambulaban entre cenizas y humo. Fantasmas
sin pelo, pues se les quemó en la
explosión, o fantasmas ciegos, que
lo último que vieron fue el resplandor
nuclear. Como la mayoría de los médicos
y enfermeras estaban muertos o heridos,
mucha gente herida no tenía a dónde
ir, así que permanecían frente
al lugar donde estuvo su casa, desolados.
La gran mayoría de los habitantes
de Hiroshima y Nagasaki estuvieron expuestos
a la lluvia radioactiva y las consecuencias
de esta exposición sobre sus cuerpos
no fueron perceptibles de inmediato, en
muchos casos pasaron días, meses
y hasta años antes de que es manifestaran
los síntomas del daño
El efecto psicológico inmediato a
la destrucción fue la parálisis.
La población entró en una
especie de inacción. La limpieza
de las ciudades y el rescate de cuerpos
no se organizó en algunos sectores
hasta algunas semanas después de
la explosión, creando entre los equipos
de rescate una nueva retahíla de
muertos y afectados psicológicamente
por el terror.. Otro de los efectos que
causó la explosión fue la
sensación de terror constante. La
incursión de un solo avión
en el cielo provocaba el pánico colectivo.
En la conciencia histórica de Japón,
la explosión de las bombas atómicas
en Hiroshima y Nagasaki dejó una
cicatriz imborrable.

Terminada la Guerra Mundial, se iniciaría
la llamada Guerra Fría, un estado
de tensión y rivalidad entre las
dos superpotencias, la Unión Soviética
y Estados Unidos, y de manera indirecta
entre sus aliados, ya que puso en muchas
ocasiones al mundo al borde de un enfrentamiento
nuclear. En el momento álgido de
la Guerra Fría, durante la década
de los sesentas, Estados Unidos tenía
70 mil cabezas y bombas nucleares, más
de 6 mil armas y 5 mil bombarderos estratégicos.
A pesar de que no se ha vuelto a usar una
bomba atómica contra otro país,
no se ha disipado el temor de que alguna
potencia nuclear use su armamento, o que
la falta de garantías en su custodia
o su tecnología, permita a grupos
terroristas o estados irresponsables, su
utilización. La desolación
causada por las dos bombas detonadas en
Japón, es menor si se compara con
el poder destructor de las tecnologías
bélicas actuales, además de
que ahora hay suficientes bombas para hacer
desaparecer al planeta. En la conmemoración
del 56 aniversario de las explosiones nucleares
en Japón, el primer ministro de este
país, Junichiro Koizumi, dijo:
“Como el único país
que ha sufrido un ataque nuclear, pedimos
a la comunidad mundial que erradique las
armas nucleares para construir una paz duradera,
para que la devastación de un ataque
nuclear no vuelva a repetirse jamás
Desde 1945 ha habido varios intentos para
conseguir la erradicación de armas
nucleares pero hasta la fecha no hay un
acuerdo de desarme que haya sido suscrito
por todas las potencias nucleares. En 1996
se elaboró un Tratado que prohibía
las pruebas nucleares, fue firmado por casi
todas las naciones, excepto por India y
Pakistán, en permanente estado de
pre guerra y, por lo tanto, se teme que
puedan usar sus bombas nucleares para atacarse
mutuamente. Hay quienes piensan que un desarme
nuclear generalizado es imposible, por razones
de “seguridad nacional” y estrategia
política de cada país. Sin
embargo, se cree que si las naciones con
armamento nuclear ponen sus arsenales bajo
estricta vigilancia internacional, en sitios
dispersos, estas medidas pueden salvaguardar
al mundo de una catástrofe bélica
nuclear. La conmemoración de los
terribles sucesos ocurridos en Hiroshima
y Nagasaki en 1945 nos recuerda los extremos
de destrucción a los que puede llegar
el ser humano si la comunidad internacional
no pone un límite al uso militar
de la energía nuclear.