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Los validos,
y el conde- duque de Olivares

eolapaz.es

Creative Commons License David Pereda
Estudiante de secundaria, Colegio La Paz, Torrelavega (Cantabria)


Olivares a caballo, por Velazquez

 

Si analizamos la monarquía española durante la etapa del Antiguo Régimen (siglos XVI-XVIII), observamos claramente la figura de los validos. Sin ninguna duda, al hablar de los validos, tenemos que hacer mención al despotismo, a la corrupción y a los excesos llevados a cabo por las altas figuras del gobierno durante este período. Pero antes de eso, aclaremos en qué consiste la ocupación del valido.

Un valido, es una persona en la que el monarca pone su absoluta confianza, y precisamente por eso, podemos hablar de los validos como auténticos sustitutos de los reyes en muchos casos.
El valido siempre está detrás de la toma de cualquier decisión por parte del rey e incluso puede ser él mismo quien ocupe verdaderamente el poder.
Para profundizar en la figura de los validos, es importante descubrir el porqué de su origen.
Ya desde los últimos años de reinado de Felipe II, la monarquía española comenzó a resentirse, puesto que iba perdiendo poder progresivamente. Este período (últimos años del siglo XVI), estuvo marcado por los constantes enfrentamientos de España contra Francia además de otras muchas sublevaciones internas.

Tras la muerte de Felipe II en 1598 (considerado el último de los Austrias Mayores), llegó al trono su hijo Felipe III, el rey que para muchos traería consigo el declive imparable de la monarquía en España.

Las responsabilidades del rey y los asuntos que se debían solucionar por parte de la monarquía eran cada vez mayores, y muchas veces el monarca mostraba cierta incapacidad para atender a todas sus obligaciones. Todos estos factores impulsaron la creación de un nuevo “cargo”, cuya elección dependía exclusivamente del rey.
Esta ocupación sería ostentada por una persona que contara con la plena confianza del monarca (muchas veces incluso sería un amigo anterior del rey) y se encargaría de dirigir todos los asuntos que el monarca no pudiera (o no quisiera) atender. Este cargo se denominó “privanza” o “valimiento”, y era ostentado por el valido o privado del rey. El primer valido del rey Felipe III, sería el Duque de Lerma, considerado uno de los hombres más poderosos (si no el que más), durante este reinado, ya que llegó a expulsar de la corte a anteriores consejeros del rey.
De esta forma, surgía una privatización de la monarquía. El rey ya no era el responsable último de todas las decisiones que se tomaban, ni tampoco se podía decir que fuera la cabeza del poder ejecutivo.

Ningún miembro de la corte, ni siquiera el secretario personal del rey, podía denegar o quitar autoridad al valido, puesto que él siempre actuaba en nombre del monarca, quien le ofrecía toda su protección al valido. Sólo el rey estaba por encima del privado, aunque está claro que ninguna de las decisiones tomadas por los sucesivos validos eran invalidadas por el rey.
Con el paso de los años, Felipe III fue dejando en manos de su valido más y más asuntos del Gobierno, de tal forma que el Duque de Lerma llegó a manejar el poder político a su antojo, lo que fue perjudicando la imagen del rey y de la monarquía en general ante el conjunto de la población.

A medida que avanzaba el poder del valido, está claro que disminuía la autoridad del monarca, puesto que era habitual encontrar en esa época que el rey ocupara su tiempo en acudir a cacerías o en organizar fiestas particulares y lujosas, desocupando sus funciones oficiales.
Finalmente, la población se vio completamente en manos del valido del rey, quien llevaba completamente las riendas del gobierno.

Como era de esperar, la corrupción fue dominando las altas esferas del Gobierno, mientras que dentro de la corte y de la sociedad, se produjo un rechazo ante el enorme poder que poseía el Duque de Lerma, originando diversas sublevaciones contra su persona. Ante esta situación, el Duque no tuvo más remedio que renunciar a su cargo, consiguiendo el capelo cardenalicio por parte del Papa y asegurándose su salvación.


El conde duque de Olivares

 

En los últimos años de reinado de Felipe III (hasta 1621), su segundo valido sería el Duque de Uceda, hijo del Duque de Lerma, quien llevó una política mucho más moderada.

Hay que aclarar que antes de la llegada de Felipe III al trono español, existieron otras personas de confianza para los reyes anteriores, aunque en ningún caso llegaron a ostentar todo el poder que concentraron los validos durante el siglo XVII.
Sin embargo, el poder ostentado por los anteriores privados, consejeros o secretarios de los reyes, no sería nada comparado con el poder que llegó a ejercer el Conde Duque de Olivares durante el debilitado reinado de Felipe IV.
La principal diferencia no obstante que podemos encontrar entre el duque de Lerma y el Conde Duque de Olivares, es que éste supo actuar con mayor astucia, mientras que el primero, debido a su codicia, se ganó la antipatía de la inmensa mayoría de la población desde el primer momento, lo que acabó provocando su caída. A pesar de todo, hay que decir que el excesivo autoritarismo llevado a cabo por ambos validos, les deparó un final semejante.

Si el reinado de Felipe III supuso un gran declive de España ante el conjunto europeo, la llegada de su hijo Felipe IV al poder, traería el fin definitivo de la hegemonía española. El contexto histórico en el que se situó Felipe IV fue muy complicado para España, ya que se vio marcado por el desarrollo de la Guerra de los 30 años (1618-1648) en la que España tuvo que hacer frente a una serie de potencias aliadas (Francia, Inglaterra y Holanda) para intentar mantener su poder en Europa.
Pero a pesar de la debilidad de la monarquía española, y por extensión, de sus reyes, el poder de los validos no hizo más que aumentar, imponiéndose completamente al poder de los últimos Austrias, debilitados y holgazanes.
El Conde Duque de Olivares llegaría a ostentar el título de valido tras la muerte de su tío, amigo y confidente del rey, quien había encabezado una fuerte oposición contra los anteriores validos de Felipe III.
Con su llegada al poder, Olivares se propuso llevar a cabo en España una serie de reformas para intentar sacarla de la profunda crisis en que estaba sumergida. Su principal objetivo, era lograr una España unida y fuerte, como lo era antes de la llegada de los llamados “Austrias Menores”. Él desde luego contaba con toda la autoridad necesaria para gobernar, pues disponía de la plena confianza del rey.
Sin embargo, durante su gobierno, Olivares encontró fuertes adversarios en la corte real. Numerosos miembros de la nobleza, se oponían a las decisiones del valido, puesto que veían peligrar sus privilegios.
La respuesta de Olivares fue contundente. Decidió acabar con la falta de contribución de las clases altas y les obligó a pagar impuestos, encubiertos bajo el nombre de “donativos”, que por supuesto eran obligados.


El duque de Lerma


Pero a pesar de los conflictos internos, Olivares tuvo que hacer frente a los problemas externos, de mucho mayor calibre. El principal fue la Guerra de los 30 años, donde España tuvo que aliarse con las tropas imperiales y hacer frente a los enemigos políticos y religiosos: Inglaterra, Francia, Holanda, Dinamarca, Saboya, Suecia y Venecia.
Para asumir todos los gastos que conllevaba la Guerra, Olivares se vio previsto de los diversos donativos nacionales y tributos recogidos en las Cortes.

Aunque la primera fase del conflicto se saldó con victorias iniciales por parte de las tropas españolas, el enfrentamiento contra Francia sería culminante para acabar con el poderío de España. En este punto se enfrentarían el Conde Duque de Olivares, obsesionado con vencer en el campo de batalla, y su principal oponente en la corte francesa, el Cardenal Richelieu, quien desempeñaba funciones similares en Francia a las ejercidas por Olivares en España.
Por si fuera poco, a partir del año 1640, surgirían una serie de sublevaciones internas en España, provocadas por diversos factores: el hambre, la miseria, el deseo de independencia o el anhelo de que Felipe IV tomara el poder. Todos estos acontecimientos fueron quitando prestigio al Conde-Duque, que se vio incapaz de hacer frente a tan numerosos contratiempos y acabó siendo destituido y desterrado por el rey en 1643, a tan sólo 5 años del fin de la guerra. Desde este momento, las derrotas españolas se sucederían y la fuerza del Imperio español se desintegraría. La figura del Conde-Duque y el enorme poder que había ostentado, quedarían fuertemente grabados en la memoria de los ciudadanos.
Por su parte, Felipe IV, vivió unos años en los que llevó él mismo el gobierno de España, aunque no tardó mucho en nombrar a un nuevo valido en el que recaerían diversas funciones. Éste sería Luis de Haro, sobrino y sucesor del Conde Duque de Olivares en la privanza, que no llegaría a tener ni la mitad del poder que logró alcanzar su tío.
Con la llegada del próximo rey (Carlos II) al trono, se sucederían diversos validos que obtuvieron una gran concentración de poder, en este caso, debido a la gran incapacidad que tenía el monarca para reinar.
El fin de la institución de los validos llegaría definitivamente en el siglo XVIII, cuando el primer rey de la dinastía Borbón, Felipe V, llega al trono español. A pesar de esto, seguirían existiendo personas de confianza de los sucesivos reyes, quienes en muchos casos ostentarían diversas funciones con el permiso del monarca. Éste sería el caso de los ministros de Carlos III, como Grimaldi, Campomanes, Jovellanos o Floridablanca, quienes trajeron a España diversas medidas de cambio o modernización.

Lo que está claro es que a pesar de la abolición del cargo de valido, siempre ha habido y habrá personas que manejen verdaderamente el poder, lo sepa o no la población.



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