
Olivares
a caballo, por Velazquez
Si
analizamos la monarquía española
durante la etapa del Antiguo Régimen
(siglos XVI-XVIII), observamos claramente
la figura de los validos. Sin ninguna duda,
al hablar de los validos, tenemos que hacer
mención al despotismo, a la corrupción
y a los excesos llevados a cabo por las
altas figuras del gobierno durante este
período. Pero antes de eso, aclaremos
en qué consiste la ocupación
del valido.
Un
valido, es una persona en la que el monarca
pone su absoluta confianza, y precisamente
por eso, podemos hablar de los validos como
auténticos sustitutos de los reyes
en muchos casos.
El
valido siempre está detrás
de la toma de cualquier decisión
por parte del rey e incluso puede ser él
mismo quien ocupe verdaderamente el poder.
Para
profundizar en la figura de los validos,
es importante descubrir el porqué
de su origen.
Ya
desde los últimos años de
reinado de Felipe II, la monarquía
española comenzó a resentirse,
puesto que iba perdiendo poder progresivamente.
Este período (últimos años
del siglo XVI), estuvo marcado por los constantes
enfrentamientos de España contra
Francia además de otras muchas sublevaciones
internas.
Tras
la muerte de Felipe II en 1598 (considerado
el último de los Austrias Mayores),
llegó al trono su hijo Felipe III,
el rey que para muchos traería consigo
el declive imparable de la monarquía
en España.
Las
responsabilidades del rey y los asuntos
que se debían solucionar por parte
de la monarquía eran cada vez mayores,
y muchas veces el monarca mostraba cierta
incapacidad para atender a todas sus obligaciones.
Todos estos factores impulsaron la creación
de un nuevo “cargo”, cuya elección
dependía exclusivamente del rey.
Esta
ocupación sería ostentada
por una persona que contara con la plena
confianza del monarca (muchas veces incluso
sería un amigo anterior del rey)
y se encargaría de dirigir todos
los asuntos que el monarca no pudiera (o
no quisiera) atender. Este cargo se denominó
“privanza” o “valimiento”,
y era ostentado por el valido o privado
del rey. El primer valido del rey Felipe
III, sería el Duque de Lerma, considerado
uno de los hombres más poderosos
(si no el que más), durante este
reinado, ya que llegó a expulsar
de la corte a anteriores consejeros del
rey.
De
esta forma, surgía una privatización
de la monarquía. El rey ya no era
el responsable último de todas las
decisiones que se tomaban, ni tampoco se
podía decir que fuera la cabeza del
poder ejecutivo.
Ningún
miembro de la corte, ni siquiera el secretario
personal del rey, podía denegar o
quitar autoridad al valido, puesto que él
siempre actuaba en nombre del monarca, quien
le ofrecía toda su protección
al valido. Sólo el rey estaba por
encima del privado, aunque está claro
que ninguna de las decisiones tomadas por
los sucesivos validos eran invalidadas por
el rey.
Con
el paso de los años, Felipe III fue
dejando en manos de su valido más
y más asuntos del Gobierno, de tal
forma que el Duque de Lerma llegó
a manejar el poder político a su
antojo, lo que fue perjudicando la imagen
del rey y de la monarquía en general
ante el conjunto de la población.
A
medida que avanzaba el poder del valido,
está claro que disminuía la
autoridad del monarca, puesto que era habitual
encontrar en esa época que el rey
ocupara su tiempo en acudir a cacerías
o en organizar fiestas particulares y lujosas,
desocupando sus funciones oficiales.
Finalmente,
la población se vio completamente
en manos del valido del rey, quien llevaba
completamente las riendas del gobierno.
Como
era de esperar, la corrupción fue
dominando las altas esferas del Gobierno,
mientras que dentro de la corte y de la
sociedad, se produjo un rechazo ante el
enorme poder que poseía el Duque
de Lerma, originando diversas sublevaciones
contra su persona. Ante esta situación,
el Duque no tuvo más remedio que
renunciar a su cargo, consiguiendo el capelo
cardenalicio por parte del Papa y asegurándose
su salvación.

El
conde duque de Olivares
En
los últimos años de reinado
de Felipe III (hasta 1621), su segundo valido
sería el Duque de Uceda, hijo del
Duque de Lerma, quien llevó una política
mucho más moderada.
Hay
que aclarar que antes de la llegada de Felipe
III al trono español, existieron
otras personas de confianza para los reyes
anteriores, aunque en ningún caso
llegaron a ostentar todo el poder que concentraron
los validos durante el siglo XVII.
Sin
embargo, el poder ostentado por los anteriores
privados, consejeros o secretarios de los
reyes, no sería nada comparado con
el poder que llegó a ejercer el Conde
Duque de Olivares durante el debilitado
reinado de Felipe IV.
La
principal diferencia no obstante que podemos
encontrar entre el duque de Lerma y el Conde
Duque de Olivares, es que éste supo
actuar con mayor astucia, mientras que el
primero, debido a su codicia, se ganó
la antipatía de la inmensa mayoría
de la población desde el primer momento,
lo que acabó provocando su caída.
A pesar de todo, hay que decir que el excesivo
autoritarismo llevado a cabo por ambos validos,
les deparó un final semejante.
Si
el reinado de Felipe III supuso un gran
declive de España ante el conjunto
europeo, la llegada de su hijo Felipe IV
al poder, traería el fin definitivo
de la hegemonía española.
El contexto histórico en el que se
situó Felipe IV fue muy complicado
para España, ya que se vio marcado
por el desarrollo de la Guerra de los 30
años (1618-1648) en la que España
tuvo que hacer frente a una serie de potencias
aliadas (Francia, Inglaterra y Holanda)
para intentar mantener su poder en Europa.
Pero
a pesar de la debilidad de la monarquía
española, y por extensión,
de sus reyes, el poder de los validos no
hizo más que aumentar, imponiéndose
completamente al poder de los últimos
Austrias, debilitados y holgazanes.
El
Conde Duque de Olivares llegaría
a ostentar el título de valido tras
la muerte de su tío, amigo y confidente
del rey, quien había encabezado una
fuerte oposición contra los anteriores
validos de Felipe III.
Con
su llegada al poder, Olivares se propuso
llevar a cabo en España una serie
de reformas para intentar sacarla de la
profunda crisis en que estaba sumergida.
Su principal objetivo, era lograr una España
unida y fuerte, como lo era antes de la
llegada de los llamados “Austrias
Menores”. Él desde luego contaba
con toda la autoridad necesaria para gobernar,
pues disponía de la plena confianza
del rey.
Sin embargo, durante su gobierno, Olivares
encontró fuertes adversarios en la
corte real. Numerosos miembros de la nobleza,
se oponían a las decisiones del valido,
puesto que veían peligrar sus privilegios.
La
respuesta de Olivares fue contundente. Decidió
acabar con la falta de contribución
de las clases altas y les obligó
a pagar impuestos, encubiertos bajo el nombre
de “donativos”, que por supuesto
eran obligados.

El
duque de Lerma
Pero
a pesar de los conflictos internos, Olivares
tuvo que hacer frente a los problemas externos,
de mucho mayor calibre. El principal fue
la Guerra de los 30 años, donde España
tuvo que aliarse con las tropas imperiales
y hacer frente a los enemigos políticos
y religiosos: Inglaterra, Francia, Holanda,
Dinamarca, Saboya, Suecia y Venecia.
Para
asumir todos los gastos que conllevaba la
Guerra, Olivares se vio previsto de los
diversos donativos nacionales y tributos
recogidos en las Cortes.
Aunque
la primera fase del conflicto se saldó
con victorias iniciales por parte de las
tropas españolas, el enfrentamiento
contra Francia sería culminante para
acabar con el poderío de España.
En este punto se enfrentarían el
Conde Duque de Olivares, obsesionado con
vencer en el campo de batalla, y su principal
oponente en la corte francesa, el Cardenal
Richelieu, quien desempeñaba funciones
similares en Francia a las ejercidas por
Olivares en España.
Por
si fuera poco, a partir del año 1640,
surgirían una serie de sublevaciones
internas en España, provocadas por
diversos factores: el hambre, la miseria,
el deseo de independencia o el anhelo de
que Felipe IV tomara el poder. Todos estos
acontecimientos fueron quitando prestigio
al Conde-Duque, que se vio incapaz de hacer
frente a tan numerosos contratiempos y acabó
siendo destituido y desterrado por el rey
en 1643, a tan sólo 5 años
del fin de la guerra. Desde este momento,
las derrotas españolas se sucederían
y la fuerza del Imperio español se
desintegraría. La figura del Conde-Duque
y el enorme poder que había ostentado,
quedarían fuertemente grabados en
la memoria de los ciudadanos.
Por
su parte, Felipe IV, vivió unos años
en los que llevó él mismo
el gobierno de España, aunque no
tardó mucho en nombrar a un nuevo
valido en el que recaerían diversas
funciones. Éste sería Luis
de Haro, sobrino y sucesor del Conde Duque
de Olivares en la privanza, que no llegaría
a tener ni la mitad del poder que logró
alcanzar su tío.
Con
la llegada del próximo rey (Carlos
II) al trono, se sucederían diversos
validos que obtuvieron una gran concentración
de poder, en este caso, debido a la gran
incapacidad que tenía el monarca
para reinar.
El
fin de la institución de los validos
llegaría definitivamente en el siglo
XVIII, cuando el primer rey de la dinastía
Borbón, Felipe V, llega al trono
español. A pesar de esto, seguirían
existiendo personas de confianza de los
sucesivos reyes, quienes en muchos casos
ostentarían diversas funciones con
el permiso del monarca. Éste sería
el caso de los ministros de Carlos III,
como Grimaldi, Campomanes, Jovellanos o
Floridablanca, quienes trajeron a España
diversas medidas de cambio o modernización.
Lo
que está claro es que a pesar de
la abolición del cargo de valido,
siempre ha habido y habrá personas
que manejen verdaderamente el poder, lo
sepa o no la población.
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