En
la Edad Media, una sociedad dominada (y,
en ocasiones, subyugada) por la Iglesia,
una sociedad en la que la mujer era tenida
como un ser inferior o, en opinión
de filósofos tan renombrados como
el propio Aristóteles, “un
varón incompleto”, rodeada
de mitos supersticiones en ocasiones nada
cristianos, las mujeres no eran consideradas
aptas para reinar, al menos no sin la compañía
de un hombre o de un regente varón
que velara por la seguridad del territorio.
Pero las crónicas, la memoria popular
e incluso la misma Historia (o, acercándonos
un poco más a nuestro tiempo: la
experiencia probada en numerosas ocasiones)
nos demuestran que la mujer es tan capaz
de dirigir un reino como de liderar un ejército
a la batalla (como nos demuestra, por otra
parte, la historia de la conocidísima
Juana de Arco), o, mismamente, de organizar
la defensa de una ciudad tan santa y tan
importante para la Cristiandad entera como
lo fue Jerusalén, y más durante
este choque de fes que conocemos como Las
Cruzadas.
El fracaso de la Segunda Cruzada, lanzada
en 1147 y dada por concluida dos años
después, tras el fallido intento
de asedio a Damasco, dejó el poder
y la nobleza europea asentados en Tierra
Santa bastante mermados. Se estableció
una débil y enfermiza tregua entre
Saladino, sultán de Siria y Egipto,
quien en aquel momento estaba al mando de
las fuerzas musulmanas, que no tardaría
mucho en quebrarse.
En su afán por conquistar, y sobre
todo incentivado por la ruptura de la tregua
por parte de un impaciente caballero cristiano,
Saladino lanzó una campaña
a lo largo y ancho de toda la Tierra Santa,
que culminaría con la toma de Jerusalén,
una de las ciudades más santas del
Islam.
Uno de los pilares de la cristiandad, el
de el mantenimiento de la Ciudad Santa como
ciudad cristiana, estaba peligrosamente
amenazado. Y fue sobre los hombros de la
joven reina Sibila y su corte jerosolimitana
sobre quien recayó esta tarea.

No sabe exactamente en qué año
nació Sibila, pero históricamente
se la fecha hacia 1160, siendo la primogénita
de Amalarico I, rey de Jerusalén,
e Inés de Courtenay, siendo hermana
de Balduino IV, apodado “El Leproso”
debido a la enfermedad que padecía.
Inés, madre de los hermanos, fue
repudiada por su esposo en 1162 al ser obligado
éste por las altas cortes de Tierra
Santa a divorciarse de ella a menos que
rechazase también el trono de Jerusalén.
Amalarico aceptó, pero mantuvo la
legitimidad de sus dos hijos y el derecho
sucesorio que les correspondía. Sin
embargo, Inés fue apartada de sus
hijos y no se le permitió criarlos.
Un año después se prometía
en matrimonio con Hugo de Ibelin, procedente
de una poderosa rama de nobles (antaño
humildes) asentados en Tierra Santa.
Amalarico no perdió tampoco el tiempo
y se apresuró a estrechar lazos con
Bizancio, algo que resultaría sin
duda provechoso en un futuro, prometiéndose
con la joven María Comnena, sobrina
del emperador Manuel I.
Sibila, a la partida de su madre, fue enviada
a Betania, donde fue instruida por su tía
abuela Ioveta en el convento de San Lázaro
(fundado anteriormente por la hermana de
esta última, la antigua reina Melisenda
de Jerusalén) ya que, en un inicio,
aun a pesar de ser la primogénita,
no estaba destinada a reinar (para eso ya
estaba su hermano, pues en fue coronado
sin que se supiese nada de su enfermedad)
Sibila, como mujer que era en medio de una
sociedad machista, tenía por delante
largos años de meditación
y oración en el convento donde la
habían recluido.
Tras la muerte de Amalarico, en 1174, las
Cortes Supremas acordaron la ascensión
al tono del heredero varón del mismo,
bajo el nombre de Balduino IV, ya que su
hermana mayor permanecía enclaustrada
en el convento y su pequeña hermanastra,
Isabel, fruto de la relación de Amalarico
con su segunda esposa, María, apenas
alcanzaba los dos años de edad. Como
regente se escogió primero a Miles
de Plancy, y, tras el asesinato de éste,
al conde Raimundo III de Trípoli,
hasta los quince años de edad del
joven, que era la mayoría de edad
establecida en el reino de Jerusalén.

Pero hete aquí que las cosas se torcieron
y la enfermedad del rey Balduino comenzó
a mostrar sus primeros síntomas (lo
cual significaba que no iba a durar mucho),
con lo cual surgió la urgencia de
casar y posicionar bien a la jovencita Sibila
(respaldada la elección por su madre
biológica, Inés), la legítima
heredera del reino, ya que María
Comnena, la madre de Isabel, pugnaba por
la ascensión al trono de su propia
hija.
Finalmente, y dos años después
de la coronación de su hermano, Sibila
contrae matrimonio (tras el acobardamiento
del primer pretendiente, el noble Estefano
de Sancerre) con Guillermo de Montferrato,
primo de Luis VII de Francia y Federico
Barbarroja, de quien hereda los títulos
de condesa de Jaffa y Ascalón. La
mala fortuna hizo que Guillermo falleciese
tan sólo unos meses después
del enlace, dejando a Sibila embarazada
de quien sería en un futuro Balduino
V de Jerusalén.
Una reina viuda, y más siendo reina
de una ciudad tan política y religiosamente
importante era una escandalosa tentación
para los ambiciosos caballeros cristianos.
Ante esta amenaza, su madre biológica,
Inés de Courtenay, decidió
casarla con un caballero franco recién
llegado a Tierra Santa: Guido de Lusiñán.
Inés de Courtenay fallece en 1184;
el 16 de mayo de 1185 muere su hermano Balduino,
incapaz de sobrevivir a la progresiva degradación
de su cuerpo a la que le había sometido
la lepra.
La muerte del joven heredero de Jerusalén,
Balduino V pocos meses después (era
leproso, al igual que su tío), llevó
al reino al borde de una desastrosa guerra
civil, que en aquellos momentos hubiese
resultado devastadora. Pese a las muchas
objeciones, Sibila fue coronada reina de
la Ciudad Santa bajo el nombre de Sibila
I, aunque no mostraron mucho entusiasmo
frente a la idea de que Guido fuese a ser
coronado asimismo rey. Viéndose en
un apuro que podía costarle el reino,
Sibila prometió, antes de ser coronada,
divorciarse del caballero, a menos que aceptasen
sus condiciones: que sus dos hijas (Alicia
y María, fruto de su relación
con Guido) fuesen declaradas legítimas,
que a su marido se le permitiese seguir
llevando el título de conde de Jaffa
y Ascalón y que le permitiesen elegir
un nuevo esposo con total libertad y sin
objeciones.
Y, sin embargo, una vez coronada y aceptadas
las condiciones propuestas, divorciada,
pudo elegir marido con total libertad. Y
volvió a prometerse con Guido de
Lusiñán, a lo cual nadie pudo
oponerse, pues habían dado su palabra.
Las tropas cruzadas fueron vencidas de manera
estrepitosa, casi suicida, el la conocida
como la “Batalla de los Cuernos de
Hattin”, durante la cual Guido fue
tomado como prisionero por Saladino y sus
hombres.
En 1187, Saladino tenía sitiada la
ciudad de Jerusalén, donde Sibila
resistió junto con el pueblo y con
la ayuda del patriarca Heraclio y de Balian
de Ibelin, uno de los pocos supervivientes
de la batalla de Hattin, hasta que finalmente
la ciudad capituló el 2 de octubre
de ese mismo año.
La reina obtuvo un salvoconducto a Trípoli
para ella y sus dos hijas; Guido fue liberado
un año después a petición
de la misma Sibila en una carta dirigida
a Saladino, y huyeron juntos hacia la última
ciudad libre del reino, Tiro.
Pocos meses después, muere con sus
hijas durante una epidemia, quedando Guido
prácticamente desposeído.
Le sucedió Isabel, su hermanastra,
hija de María Comnena y Amalarico
I.