
Qué triste es recordar, enfermo
con los años,
las incontables lanzas veloces,
los jinetes de cabellos flotantes,
y los cuencos de cebada, vino y miel,
las parejas que danzaban acompasadas,
y el cuerpo blanco que yacía junto
a mí,
pero aunque el viento se lleve las palabras,
el cuento llegará a ser tan viejo
como la luna errante.
(Extracto de Las aventuras
de Oisin, de William Yeats, 1889)

Nos encontramos con las primeras menciones
de los celtas como pueblo europeo en textos
griegos fechados hacia el siglo V antes
de Cristo, aunque las dataciones arqueológicas
más antiguas son, sin embargo, del
siglo VIII antes de Cristo, de la conocida
como “cultura de Hallstatt”,
debido a que sus asentamientos se centraban
en torno al lago austríaco del mismo
nombre. Fueron estos hombres los que comenzaron
a expandir sus territorios por Europa gracias
a la calidad de sus armas (por tener superiores
conocimientos en el arte de la fundición)
e incluso a comerciar con otros pueblos
del área mediterránea.
Y, a pesar de todo, no podemos hablar de
cultura celta en el sentido estricto de
la palabra hasta la Segunda Edad de Hierro,
con el “descubrimiento” de la
llamada cultura de La Tène (primeros
restos arqueológicos, junto al yacimiento
del mismo nombre, en Suiza) Se conocen como
celtas a todos los pueblos caracterizados
por los mismos rasgos lingüísticos,
parecida estructura social y creencias religiosas
similares. La cultura de La Tène
sucede en centroeuropa a la cultura del
Hallstatt.
Se desconocen las razones del paso de una
cultura a otra, pero no parecen advertirse
cambios drásticos en el proceso,
salvo el aumento de la población
y el cambio del sistema político
de gobierno: los grandes y enriquecidos
príncipes del Hallstatt fueron sustituidos
por caudillos militarmente poderosos y con
ansias de aventura, quienes aumentaron pronto
la superficie de sus dominios, en sucesivas
oleadas de emigración y conquista.
Aunque parezca mentira, en los versos anteriores
está concentrada la mayor parte de
la esencia de la cultura y mitología
celta.
El pueblo celta se organizaba en tribus
o clanes, formadas por las familias de todos
los descendientes varones de un bisabuelo
común, constituyendo la unidad familiar
más importante. Un dato curioso es
que, por ejemplo, la propiedad de la tierra
no pertenecía al individuo, sino
a la familia al completo, con lo cual no
podía ser vendida. Las mujeres de
la sociedad celta también contaban
con una buena situación, o al menos
mejor que la de las mujeres de las demás
culturas europeas: tenían derecho
a la propiedad y a la herencia (en caso
de que faltase un heredero varón),
e incluso eran aceptadas como reinas; es
el caso de Buodica o Cartimandua.
La tribu estaba dirigida por un rey. La
realeza celta no era hereditaria, por lo
que el rey era elegido de entre los miembros
del clan (de la familia) Estas elecciones
estaban mezcladas con ritos religiosos.
La sociedad dentro de la tribu se organizaba
en estamentos, relacionados entre sí
por un sistema de obligaciones y privilegios,
y dominada por una poderosa nobleza guerrera.
La nobleza se estructuraba a su vez en varios
niveles: desde el más alto (de donde
se elegían los candidatos a rey),
hasta los más modestos, que se dedicaban
a la explotación de sus pequeñas
porciones de tierra.
Entre los privilegiados se encontraban también
los druidas (aunque a un nivel inferior,
lo cual, sin embargo, no les resta en absoluto
importancia), representantes religiosos
y omnipotentes de la tribu. Además
de hacer de intermediarios entre los hombres
y sus divinidades, eran considerados como
los guardianes del orden natural. Eran filósofos,
científicos, astrónomos y
maestros, y hasta jueces y consejeros del
propio rey. El aprendizaje del druida consistía
en su mayor medida en la memorización
de conocimientos, ya que era una sociedad
que despreciaba la escritura por creerla
“carente de alma”. Ésta
es una de las razones por las cuales no
se conocen textos celtas escritos, sino
las adaptaciones cristianas de los mismos,
muy posteriores (lo cual da origen a múltiples
variaciones en el caso, por ejemplo, de
las leyendas paganas) Los druidas recurrían
al canto y a la oración como método
de aprendizaje.
Los santuarios druidas solían hallarse
en zonas apartadas de los asentamientos,
dispuestos en relación con los elementos
naturales: el agua, la tierra, el bosque
o el cielo. A los dioses y fuerzas de la
naturaleza se les ofrecían frecuentes
sacrificios, a veces humanos. También
era común el arte de la profecía.
Los druidas llegaron a tener tanta influencia
entre los miembros de la tribu que en múltiples
ocasiones llegaron a erigirse como señores
de la misma. César los acusó
de ser los instigadores de los levantamientos
galos, y fueron tachados por Claudio de
salvajes, caníbales y oficiantes
de macabros ritos.

Los celtas respetaban mucho a sus bardos,
a quienes tenían en alta estima.
Eran los encargados de que la tradición
oral no se perdiese ni quedase relegada
a un segundo plano, aunque algunos también
eran sacerdotes y maestros, e incluso druidas.
Como podemos ver en los versos del inicio
(de manera idealizada), los días
se dedicaban a la guerra y las noches a
la diversión y al canto. Eran habituales
las veladas en las cuales el bardo se dedicaba
a la interpretación de las más
conocidas leyendas.
Rendían culto a la belleza, sobre
todo en la mitología. Se caracterizan
la mayor parte de las leyendas mitológicas
por la aparición de un héroe
o heroína de belleza excepcional
(el/la más bella del mundo, literalmente)
Los celtas eran pueblo de gran estatura,
musculoso, de largas cabelleras rubias o
pelirrojas y piel blanca, combinados con
ojos claros. Solían aclararse el
cabello con jabón elaborado a base
de lejía de ceniza de haya y grasa
de cabra. Se peinaban el pelo hacia atrás
en recogidos formados por varias coletas,
y solían afeitarse el vello de todo
el cuerpo, a excepción del bigote.
Algunos pueblos tatuaban su piel con símbolos
abstractos y de carácter divino;
un ejemplo de ellos son los pictos. Se adornaban
el cuello y la cintura con adornos de hierro
(los collares típicos celtas son
conocidos como “torques”)
Las leyendas celtas son un llamamiento a
la más pura fantasía, un canto
a la belleza y a la magia mística,
a la naturaleza y a todas las divinidades.
Cuentan con protagonistas militares y astutos
como Cu-Chulainn, hermosas pero desgraciadas
doncellas como Deirdre o la misma Branwen
y hasta con niños convertidos en
animales por su malvada madrastra (como
es el caso de los hijos de Lir)
De Branwen, hija de Llyr

Un día, sentados sobre unas rocas,
Bendigeidfran (conocido como Bran), rey
de la isla de Gran Bretaña (Gales)
y Manawydan, ambos hijos de Llyr, vieron
trece barcos que navegaban hacia ellos desde
el sur de Irlanda.
Una vez desembarcados los irlandeses en
la playa, se entrevistaron con el rey Bran,
de quien se dice que era un gigante invencible.
Matholwch, rey de Irlanda, quería
una alianza con Gales. Pidió la mano
de Branwen (literalmente, Cuervo Blanco,
en galés), la hermana de Bran, a
la cual llevaría a Irlanda y haría
su reina, y herederos a sus hijos. El rey
aceptó, y Matholwch volvió
a su hogar mientras en Gales se preparaban
las nupcias.
El día de la gran boda (ya que Branwen
era una de las Tres Matriarcas de la isla
y era un enlace importante, que podía
consolidar dos grandes potencias), sin embargo,
algo salió mal. Uno de los hermanos
de Bran cometió una terrible injuria
contra los irlandeses: mutiló de
tal manera sus caballos que hubieron de
ser sacrificados todos.
Bran, viendo que la ira del rey irlandés
iba a ser mayúscula, trató
de aplacarla regalándole un caldero
mágico mediante el cual podría
resucitar a los muertos, aunque estos volverían
sin el don de la palabra. Matholwch aceptó
las disculpas, pero para nada olvidaría
la ofensa.

Branwen fue llevada a Irlanda, y se convirtió
en reina. Vivieron felices durante algún
tiempo, hasta que el rencor del rey, alimentado
probablemente por sus consejeros, prevaleció
sobre el amor. La confinó a las cocinas
del castillo, apartada de todo, donde a
diario era objeto de malos tratos por parte
de los sirvientes, y tomó medidas
para asegurarse de que su hermano Bran no
la encontrase. Branwen, humillada y triste,
amaestró un cuervo (o un estornino,
dependiendo de la versión) para que
contase en Gales lo que sufría en
su nuevo reino, y lo envió a casa.
Su hermano respondió invadiendo Irlanda.
Como era de tamaño colosal, atravesó
el Mar de Irlanda llevando a la flota sobre
sus espaldas. Los irlandeses en un principio
retrocedieron, atemorizados, y Matholwch
le ofreció su propia corona al hijo
de Branwen, pero Bran no cedió. La
lucha se reanudó, y al principio
parecía que los irlandeses llevaban
todas las de ganar, ya que aún mantenían
en su poder el caldero que les permitía
resucitar a sus muertos. El hermano de Bran
(quien había provocado todo el entuerto
mutilando a los caballos) se sacrificó
para poder destruir el caldero mágico,
pudiendo finalmente vencer los galeses.
Bran fue herido de gravedad a causa de un
dardo mágico; ordenó que llevasen
su cabeza (los celtas creían que
el alma residía en esta parte del
cuerpo) de vuelta a Gales y que la enterrasen
en el monte Blanco de Londres, mirando al
este a fin de defender su reino de los invasores.
El símbolo de Bran es un cuervo.
La desgraciada doncella Brawen murió
de tristeza, con el corazón destrozado,
lamentándose por la guerra que había
causado.
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