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  | Prehistoria | Antigua | Media | Moderna | Contemporanea | Biografias | Actividades | Ayudas | actualizado Domingo, 13 Diciembre, 2009

De la cultura celta y Branwen, hija de Llyr
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Teresa Álvarez
Estudiantes de secundaria, Colegio La Paz, Torrelavega (Cantabria)
www.eolapaz.com





Qué triste es recordar, enfermo con los años,

las incontables lanzas veloces,

los jinetes de cabellos flotantes,

y los cuencos de cebada, vino y miel,

las parejas que danzaban acompasadas,

y el cuerpo blanco que yacía junto a mí,

pero aunque el viento se lleve las palabras,

el cuento llegará a ser tan viejo como la luna errante.

(Extracto de Las aventuras de Oisin, de William Yeats, 1889)

 





Nos encontramos con las primeras menciones de los celtas como pueblo europeo en textos griegos fechados hacia el siglo V antes de Cristo, aunque las dataciones arqueológicas más antiguas son, sin embargo, del siglo VIII antes de Cristo, de la conocida como “cultura de Hallstatt”, debido a que sus asentamientos se centraban en torno al lago austríaco del mismo nombre. Fueron estos hombres los que comenzaron a expandir sus territorios por Europa gracias a la calidad de sus armas (por tener superiores conocimientos en el arte de la fundición) e incluso a comerciar con otros pueblos del área mediterránea.

Y, a pesar de todo, no podemos hablar de cultura celta en el sentido estricto de la palabra hasta la Segunda Edad de Hierro, con el “descubrimiento” de la llamada cultura de La Tène (primeros restos arqueológicos, junto al yacimiento del mismo nombre, en Suiza) Se conocen como celtas a todos los pueblos caracterizados por los mismos rasgos lingüísticos, parecida estructura social y creencias religiosas similares. La cultura de La Tène sucede en centroeuropa a la cultura del Hallstatt.

Se desconocen las razones del paso de una cultura a otra, pero no parecen advertirse cambios drásticos en el proceso, salvo el aumento de la población y el cambio del sistema político de gobierno: los grandes y enriquecidos príncipes del Hallstatt fueron sustituidos por caudillos militarmente poderosos y con ansias de aventura, quienes aumentaron pronto la superficie de sus dominios, en sucesivas oleadas de emigración y conquista.

Aunque parezca mentira, en los versos anteriores está concentrada la mayor parte de la esencia de la cultura y mitología celta.

El pueblo celta se organizaba en tribus o clanes, formadas por las familias de todos los descendientes varones de un bisabuelo común, constituyendo la unidad familiar más importante. Un dato curioso es que, por ejemplo, la propiedad de la tierra no pertenecía al individuo, sino a la familia al completo, con lo cual no podía ser vendida. Las mujeres de la sociedad celta también contaban con una buena situación, o al menos mejor que la de las mujeres de las demás culturas europeas: tenían derecho a la propiedad y a la herencia (en caso de que faltase un heredero varón), e incluso eran aceptadas como reinas; es el caso de Buodica o Cartimandua.

La tribu estaba dirigida por un rey. La realeza celta no era hereditaria, por lo que el rey era elegido de entre los miembros del clan (de la familia) Estas elecciones estaban mezcladas con ritos religiosos.

La sociedad dentro de la tribu se organizaba en estamentos, relacionados entre sí por un sistema de obligaciones y privilegios, y dominada por una poderosa nobleza guerrera. La nobleza se estructuraba a su vez en varios niveles: desde el más alto (de donde se elegían los candidatos a rey), hasta los más modestos, que se dedicaban a la explotación de sus pequeñas porciones de tierra.

Entre los privilegiados se encontraban también los druidas (aunque a un nivel inferior, lo cual, sin embargo, no les resta en absoluto importancia), representantes religiosos y omnipotentes de la tribu. Además de hacer de intermediarios entre los hombres y sus divinidades, eran considerados como los guardianes del orden natural. Eran filósofos, científicos, astrónomos y maestros, y hasta jueces y consejeros del propio rey. El aprendizaje del druida consistía en su mayor medida en la memorización de conocimientos, ya que era una sociedad que despreciaba la escritura por creerla “carente de alma”. Ésta es una de las razones por las cuales no se conocen textos celtas escritos, sino las adaptaciones cristianas de los mismos, muy posteriores (lo cual da origen a múltiples variaciones en el caso, por ejemplo, de las leyendas paganas) Los druidas recurrían al canto y a la oración como método de aprendizaje.

Los santuarios druidas solían hallarse en zonas apartadas de los asentamientos, dispuestos en relación con los elementos naturales: el agua, la tierra, el bosque o el cielo. A los dioses y fuerzas de la naturaleza se les ofrecían frecuentes sacrificios, a veces humanos. También era común el arte de la profecía.

Los druidas llegaron a tener tanta influencia entre los miembros de la tribu que en múltiples ocasiones llegaron a erigirse como señores de la misma. César los acusó de ser los instigadores de los levantamientos galos, y fueron tachados por Claudio de salvajes, caníbales y oficiantes de macabros ritos.



Los celtas respetaban mucho a sus bardos, a quienes tenían en alta estima. Eran los encargados de que la tradición oral no se perdiese ni quedase relegada a un segundo plano, aunque algunos también eran sacerdotes y maestros, e incluso druidas. Como podemos ver en los versos del inicio (de manera idealizada), los días se dedicaban a la guerra y las noches a la diversión y al canto. Eran habituales las veladas en las cuales el bardo se dedicaba a la interpretación de las más conocidas leyendas.

Rendían culto a la belleza, sobre todo en la mitología. Se caracterizan la mayor parte de las leyendas mitológicas por la aparición de un héroe o heroína de belleza excepcional (el/la más bella del mundo, literalmente) Los celtas eran pueblo de gran estatura, musculoso, de largas cabelleras rubias o pelirrojas y piel blanca, combinados con ojos claros. Solían aclararse el cabello con jabón elaborado a base de lejía de ceniza de haya y grasa de cabra. Se peinaban el pelo hacia atrás en recogidos formados por varias coletas, y solían afeitarse el vello de todo el cuerpo, a excepción del bigote. Algunos pueblos tatuaban su piel con símbolos abstractos y de carácter divino; un ejemplo de ellos son los pictos. Se adornaban el cuello y la cintura con adornos de hierro (los collares típicos celtas son conocidos como “torques”)

Las leyendas celtas son un llamamiento a la más pura fantasía, un canto a la belleza y a la magia mística, a la naturaleza y a todas las divinidades. Cuentan con protagonistas militares y astutos como Cu-Chulainn, hermosas pero desgraciadas doncellas como Deirdre o la misma Branwen y hasta con niños convertidos en animales por su malvada madrastra (como es el caso de los hijos de Lir)


De Branwen, hija de Llyr

 





Un día, sentados sobre unas rocas, Bendigeidfran (conocido como Bran), rey de la isla de Gran Bretaña (Gales) y Manawydan, ambos hijos de Llyr, vieron trece barcos que navegaban hacia ellos desde el sur de Irlanda.

Una vez desembarcados los irlandeses en la playa, se entrevistaron con el rey Bran, de quien se dice que era un gigante invencible. Matholwch, rey de Irlanda, quería una alianza con Gales. Pidió la mano de Branwen (literalmente, Cuervo Blanco, en galés), la hermana de Bran, a la cual llevaría a Irlanda y haría su reina, y herederos a sus hijos. El rey aceptó, y Matholwch volvió a su hogar mientras en Gales se preparaban las nupcias.

El día de la gran boda (ya que Branwen era una de las Tres Matriarcas de la isla y era un enlace importante, que podía consolidar dos grandes potencias), sin embargo, algo salió mal. Uno de los hermanos de Bran cometió una terrible injuria contra los irlandeses: mutiló de tal manera sus caballos que hubieron de ser sacrificados todos.

Bran, viendo que la ira del rey irlandés iba a ser mayúscula, trató de aplacarla regalándole un caldero mágico mediante el cual podría resucitar a los muertos, aunque estos volverían sin el don de la palabra. Matholwch aceptó las disculpas, pero para nada olvidaría la ofensa.



Branwen fue llevada a Irlanda, y se convirtió en reina. Vivieron felices durante algún tiempo, hasta que el rencor del rey, alimentado probablemente por sus consejeros, prevaleció sobre el amor. La confinó a las cocinas del castillo, apartada de todo, donde a diario era objeto de malos tratos por parte de los sirvientes, y tomó medidas para asegurarse de que su hermano Bran no la encontrase. Branwen, humillada y triste, amaestró un cuervo (o un estornino, dependiendo de la versión) para que contase en Gales lo que sufría en su nuevo reino, y lo envió a casa.

Su hermano respondió invadiendo Irlanda. Como era de tamaño colosal, atravesó el Mar de Irlanda llevando a la flota sobre sus espaldas. Los irlandeses en un principio retrocedieron, atemorizados, y Matholwch le ofreció su propia corona al hijo de Branwen, pero Bran no cedió. La lucha se reanudó, y al principio parecía que los irlandeses llevaban todas las de ganar, ya que aún mantenían en su poder el caldero que les permitía resucitar a sus muertos. El hermano de Bran (quien había provocado todo el entuerto mutilando a los caballos) se sacrificó para poder destruir el caldero mágico, pudiendo finalmente vencer los galeses. Bran fue herido de gravedad a causa de un dardo mágico; ordenó que llevasen su cabeza (los celtas creían que el alma residía en esta parte del cuerpo) de vuelta a Gales y que la enterrasen en el monte Blanco de Londres, mirando al este a fin de defender su reino de los invasores. El símbolo de Bran es un cuervo.

La desgraciada doncella Brawen murió de tristeza, con el corazón destrozado, lamentándose por la guerra que había causado.





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Para saber más

"Los celtas. Cultura y Mitología", de David Bellingham.

"Los celtas. Reyes, guerreros y Druidas", de Antonio Aguilera (artículo extraído de la revista "National Geographic Historia", número 64)

 

 

 

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