| Del
amor en la Edad Media
eolapaz.com
Juan
Garcia , Teresa Álvarez
Estudiantes
de secundaria, Colegio La Paz, Torrelavega (Cantabria)
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Aunque vemos la Edad Media como una época
de oscurantismo y de ignorancia tanto por
parte del pueblo como de la nobleza y los
altos cargos, ya que las únicas personas
instruidas eran los religiosos (y no todos
en la misma medida), se ha confirmado que
el tópico de la superstición
y el retroceso cultural no es del todo cierto.
Es en la Baja Edad Media (aproximadamente
hacia el siglo XII) cuando nace (o más
bien se reinventa) la definición
del amor, gracias en parte al buen recibimiento
de la poesía provenzal o de amor
cortés por parte del pueblo; a partir
de entonces, la mujer es idolizada y venerada
como uns diosa, un ser divino al que había
que complacer y adorar, tanto física
(porque los hombres, en la Edad Media como
en cualquier época, amaban la belleza
exterior de la mujer; belleza, que, por
otra parte, estaba basada en los cánones
propios del Medievo) como intelectualmente,
lo cual supuso un gran avance y una gran
mejoría en la vida de las mujeres,
al menos en lo que a su vida sexual se refiere,
una mayor libertad. Mujeres de noble cuna,
tales como la reina Leonor de Aquitania,
gran aficionada a los poemas de los trovadores,
revolucionaron el panorama sexual, al divorciarse
ésta de su marido, Luis VII de Francia,
para casarse con Enrique de Anjou (quien
posteriormente sería rey de Inglaterra)
Es durante este período cuando nacen
las primeras historias de amores imposibles
y relaciones en secreto, de amor cortés,
inconcebibles apenas unos años antes;
como ejemplo la sociedad medieval nos ha
legado la leyenda de Tristán e Isolda.
Sin embargo, antes de este nuevo resurgimiento
del amor y, sobre todo, de la sexualidad
sin pudor, y debido a que la sociedad medieval
era una sociedad regida por los ideales
tanto políticos como religiosos de
la Iglesia, el clero (quienes, por otra
parte, eran los menos adecuados para inmiscuirse
en dichos temas, pues la doctrina católica,
al igual que en la actualidad, imponía
voto de castidad a los religiosos) tuvo
que poner el grito en el cielo debido a
las libertades que se tomaba el pueblo llano
con respecto a el tema de la sexualidad:
el coito pasó a ser una actividad
sucia, pecaminosa y prácticamente
anticristiana, despreciable, y les fue impuesto
un régimen meramente funcional: el
de la reproducción. Se prohibió
la práctica del sexo “no convencional”,
que incluía prácticas tales
como el coito durante el período
menstrual de la mujer, la utilización
de métodos anticonceptivos, el sexo
oral o incluso la masturbación. Tal
era el afán de la Iglesia por controlar
las prácticas que se llegó
a dictaminar pecado que los esposos lo practicasen
durante fechas como la Navidad, Cuaresma,
Pentecostés, las fiestas dedicadas
a la Virgen o incluso los sábados
o los domingos.
Y, sobre todo, era de obligado cumplimiento
el recato en público: cualquier manifestación
sexual pública estaba prohibida y
podía ser juzgada. Llegaron a ser
delitos el incesto, la masturbación,
el bestialismo, el adulterio y la homosexualidad
(que podían conllevar la prisión:
tres años para la pareja homosexual
o incluso hasta quince para el practicante
del bestialismo).
Como uno de los pecados sexuales más
usuales durante el Medievo encontramos el
de la prostitución, que, aunque técnicamente
estaba prohibido, era permitido dentro de
la sociedad, e incluso incentivado. Los
burdeles proliferaban en las ciudades, casas
de citas de todo tipo: grandes, pequeñas,
de una única casa u ocupando una
calle entera, con mujeres más guapas
o menos, en ocasiones limpios e impecables
y a veces no tanto, pero siempre ahí.
La única excusa históricamente
documentada que puede justificar la vista
gorda hecha por la Iglesia es el enorme
lucro que producía: en el siglo XV,
más de el 5% de los ingresos de los
concejos procedía del arriendo de
burdeles, que solían ser propiedad
del municipio. Hay incluso testimonio de
concurridos burdeles a nombre de la Iglesia,
como en el caso del prostíbulo de
Southwark, en Londres, a cargo del obispo
de la ciudad, o el de Tarazona, en Aragón,
alquilado por su obispado.
En cuanto al conocimiento técnico
del propio cuerpo humano, era escaso, debido
en parte a que los avances médicos
medievales eran prácticamente nulos,
y mucho menos en el campo de la investigación.
Cosas que hoy nos resultan tan obvias como
la concepción o el parto, o incluso
las funciones de los propios órganos
reproductores, eran meramente supersticiones.
La Iglesia no permitía la disección
de cuerpos humanos, por lo que no tenían
una base sólida donde apoyarse; las
grandes universidades especializadas en
Medicina se conformaban con diseccionar
animales, preferiblemente cerdos o monos.
Una de las mayores incógnitas de
la sexualidad masculina era el pene. Ya
Aristóteles creía que, al
igual que en el caso de los monos, que el
pene del hombre constaba de un hueso y unos
tendones y cartílagos que le permitíann
contraerse o dilatarse. También Thomas
de Cantimpé ideó una teoría
que decía que el pene humano estaba
formado por una cavidad casi hueca con un
cartílago y un tendón que,
en caso de que el hombre sintiese deseo
carnal, se tornaban en hueso.
En todos los tratados medievales sobre el
tema (la mayoría derivados del “Libro
sobre el coito” de Constantino El
Africano. Como aclaración indicar
que tales tratados sólo se centraban
en problemas referentes al aparato reproductor
masculino) se explican las funciones de
los órganos sexuales, y digo explican
porque que no se trataba de descripciones
objetivas, sino de suposiciones de porqué
Dios los había dotado así.
Dichos tratados comentan (basándose
en la teoría de los Humores tan extendida
en el Medievo), por ejemplo, que el exceso
de la actividad sexual debilita el organismo
porque lo deja sin humedad (debido a la
eyaculación), con lo cual es mas
fácil contraer tuberculosis; además
debilita los riñones, daña
la vista, provoca caída de cabello
y agrava la arthritis; el coito ha de practicarse
en concepto de la constitucion de cada persona.
Por ejemplo, el acto sexual es terriblemente
perjudicial para un hombre delgado, enfermo
o bajo: en cambio, es imprescindible para
los hombres carnosos: esto es debido a que
las personas flacas tienen menos sangre
y semen que las corpulentas.
Durante buena parte de la Edad Media se
creyó que el esperma se creaba en
el cerebro, que era un tipo de sangre mejor
“digerida” y con la función
especial de permitir la reproducción.
Por tal razón, la Iglesia prohibió
la masturbación, es decir, el derramamiento
innecesario del preciado “líquido
de la vida”. Fue Isidoro de Sevilla
el que situó la creación del
esperma en los riñones, que a su
vez obtenían la materia prima de
la médula espinal. Es ta ultima teoría
fue utilizada hasta prácicamente
el final del siglo XVI. Otra de las teorías
es que la abundancia de semen era causante
de multitud de enfermedades, no tan dañinas
en las mujeres, porque, a fin de cuentas,
según el pensamiento medieval, la
menstruación ayudaba a la eliminación
de todos los desechos del cuerpo.
Una de las necesidades medievales era la
de tener un heredero varón, para
lo cual sólo había que seguir
una dieta con más o menos agua, ya
que la “parte cálida del coito”
la constituía el hombre, a partir
de los alimentos, y la “parte acuosa
del coito” la mujer.
Se creyó, hasta hace poco tiempo
que las alimañas, insectos…
surgían sin más de la tierra,
y que su única funcion era vivir
a la merced de los hombres. En la Edad Media
se incluía dentro de este grupo a
las mujeres, con la excepción, claro
está, de que ellas no nacían
sin más de la tierra. La única
función que tenían era procrear.
Además, como todos los seres obtienen
la fuerza de su esperma, ellas tenían
un esperma más débil porque
no podían ser más fuertes
que los hombres.
Hubo que esperar muchos años aún
para que a la mujer se le reconociese su
papel fundamental en la procreación,
para que se produjesen las primeras disecciones
de cuerpos femeninos, lo cual puso de manifiesto
la existencia, por ejemplo, de los óvulos
y de los espermatozoides, y, sobre todo,
para que el tema de la sexualidad dejase
de ser un tema tabú.
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Historia
Medieval

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Para
saber más
• Historia
Medieval del Sexo y el Erotismo, de Ana Martos.
• En busca del placer perdido, artículo
de José Luis Corral para la revista Muy
Interesante, número 21.

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