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  | Prehistoria | Antigua | Media | Moderna | Contemporanea | Biografias | Actividades | Ayudas | actualizado Domingo, 28 Junio, 2009

Del amor en la Edad Media
eolapaz.com

Juan Garcia , Teresa Álvarez
Estudiantes de secundaria, Colegio La Paz, Torrelavega (Cantabria)
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Aunque vemos la Edad Media como una época de oscurantismo y de ignorancia tanto por parte del pueblo como de la nobleza y los altos cargos, ya que las únicas personas instruidas eran los religiosos (y no todos en la misma medida), se ha confirmado que el tópico de la superstición y el retroceso cultural no es del todo cierto.
Es en la Baja Edad Media (aproximadamente hacia el siglo XII) cuando nace (o más bien se reinventa) la definición del amor, gracias en parte al buen recibimiento de la poesía provenzal o de amor cortés por parte del pueblo; a partir de entonces, la mujer es idolizada y venerada como uns diosa, un ser divino al que había que complacer y adorar, tanto física (porque los hombres, en la Edad Media como en cualquier época, amaban la belleza exterior de la mujer; belleza, que, por otra parte, estaba basada en los cánones propios del Medievo) como intelectualmente, lo cual supuso un gran avance y una gran mejoría en la vida de las mujeres, al menos en lo que a su vida sexual se refiere, una mayor libertad. Mujeres de noble cuna, tales como la reina Leonor de Aquitania, gran aficionada a los poemas de los trovadores, revolucionaron el panorama sexual, al divorciarse ésta de su marido, Luis VII de Francia, para casarse con Enrique de Anjou (quien posteriormente sería rey de Inglaterra)

Es durante este período cuando nacen las primeras historias de amores imposibles y relaciones en secreto, de amor cortés, inconcebibles apenas unos años antes; como ejemplo la sociedad medieval nos ha legado la leyenda de Tristán e Isolda.
Sin embargo, antes de este nuevo resurgimiento del amor y, sobre todo, de la sexualidad sin pudor, y debido a que la sociedad medieval era una sociedad regida por los ideales tanto políticos como religiosos de la Iglesia, el clero (quienes, por otra parte, eran los menos adecuados para inmiscuirse en dichos temas, pues la doctrina católica, al igual que en la actualidad, imponía voto de castidad a los religiosos) tuvo que poner el grito en el cielo debido a las libertades que se tomaba el pueblo llano con respecto a el tema de la sexualidad: el coito pasó a ser una actividad sucia, pecaminosa y prácticamente anticristiana, despreciable, y les fue impuesto un régimen meramente funcional: el de la reproducción. Se prohibió la práctica del sexo “no convencional”, que incluía prácticas tales como el coito durante el período menstrual de la mujer, la utilización de métodos anticonceptivos, el sexo oral o incluso la masturbación. Tal era el afán de la Iglesia por controlar las prácticas que se llegó a dictaminar pecado que los esposos lo practicasen durante fechas como la Navidad, Cuaresma, Pentecostés, las fiestas dedicadas a la Virgen o incluso los sábados o los domingos.

Y, sobre todo, era de obligado cumplimiento el recato en público: cualquier manifestación sexual pública estaba prohibida y podía ser juzgada. Llegaron a ser delitos el incesto, la masturbación, el bestialismo, el adulterio y la homosexualidad (que podían conllevar la prisión: tres años para la pareja homosexual o incluso hasta quince para el practicante del bestialismo).

 



Como uno de los pecados sexuales más usuales durante el Medievo encontramos el de la prostitución, que, aunque técnicamente estaba prohibido, era permitido dentro de la sociedad, e incluso incentivado. Los burdeles proliferaban en las ciudades, casas de citas de todo tipo: grandes, pequeñas, de una única casa u ocupando una calle entera, con mujeres más guapas o menos, en ocasiones limpios e impecables y a veces no tanto, pero siempre ahí.

La única excusa históricamente documentada que puede justificar la vista gorda hecha por la Iglesia es el enorme lucro que producía: en el siglo XV, más de el 5% de los ingresos de los concejos procedía del arriendo de burdeles, que solían ser propiedad del municipio. Hay incluso testimonio de concurridos burdeles a nombre de la Iglesia, como en el caso del prostíbulo de Southwark, en Londres, a cargo del obispo de la ciudad, o el de Tarazona, en Aragón, alquilado por su obispado.

En cuanto al conocimiento técnico del propio cuerpo humano, era escaso, debido en parte a que los avances médicos medievales eran prácticamente nulos, y mucho menos en el campo de la investigación. Cosas que hoy nos resultan tan obvias como la concepción o el parto, o incluso las funciones de los propios órganos reproductores, eran meramente supersticiones. La Iglesia no permitía la disección de cuerpos humanos, por lo que no tenían una base sólida donde apoyarse; las grandes universidades especializadas en Medicina se conformaban con diseccionar animales, preferiblemente cerdos o monos.

Una de las mayores incógnitas de la sexualidad masculina era el pene. Ya Aristóteles creía que, al igual que en el caso de los monos, que el pene del hombre constaba de un hueso y unos tendones y cartílagos que le permitíann contraerse o dilatarse. También Thomas de Cantimpé ideó una teoría que decía que el pene humano estaba formado por una cavidad casi hueca con un cartílago y un tendón que, en caso de que el hombre sintiese deseo carnal, se tornaban en hueso.

En todos los tratados medievales sobre el tema (la mayoría derivados del “Libro sobre el coito” de Constantino El Africano. Como aclaración indicar que tales tratados sólo se centraban en problemas referentes al aparato reproductor masculino) se explican las funciones de los órganos sexuales, y digo explican porque que no se trataba de descripciones objetivas, sino de suposiciones de porqué Dios los había dotado así. Dichos tratados comentan (basándose en la teoría de los Humores tan extendida en el Medievo), por ejemplo, que el exceso de la actividad sexual debilita el organismo porque lo deja sin humedad (debido a la eyaculación), con lo cual es mas fácil contraer tuberculosis; además debilita los riñones, daña la vista, provoca caída de cabello y agrava la arthritis; el coito ha de practicarse en concepto de la constitucion de cada persona.

Por ejemplo, el acto sexual es terriblemente perjudicial para un hombre delgado, enfermo o bajo: en cambio, es imprescindible para los hombres carnosos: esto es debido a que las personas flacas tienen menos sangre y semen que las corpulentas.

Durante buena parte de la Edad Media se creyó que el esperma se creaba en el cerebro, que era un tipo de sangre mejor “digerida” y con la función especial de permitir la reproducción. Por tal razón, la Iglesia prohibió la masturbación, es decir, el derramamiento innecesario del preciado “líquido de la vida”. Fue Isidoro de Sevilla el que situó la creación del esperma en los riñones, que a su vez obtenían la materia prima de la médula espinal. Es ta ultima teoría fue utilizada hasta prácicamente el final del siglo XVI. Otra de las teorías es que la abundancia de semen era causante de multitud de enfermedades, no tan dañinas en las mujeres, porque, a fin de cuentas, según el pensamiento medieval, la menstruación ayudaba a la eliminación de todos los desechos del cuerpo.

Una de las necesidades medievales era la de tener un heredero varón, para lo cual sólo había que seguir una dieta con más o menos agua, ya que la “parte cálida del coito” la constituía el hombre, a partir de los alimentos, y la “parte acuosa del coito” la mujer.

Se creyó, hasta hace poco tiempo que las alimañas, insectos… surgían sin más de la tierra, y que su única funcion era vivir a la merced de los hombres. En la Edad Media se incluía dentro de este grupo a las mujeres, con la excepción, claro está, de que ellas no nacían sin más de la tierra. La única función que tenían era procrear. Además, como todos los seres obtienen la fuerza de su esperma, ellas tenían un esperma más débil porque no podían ser más fuertes que los hombres.

Hubo que esperar muchos años aún para que a la mujer se le reconociese su papel fundamental en la procreación, para que se produjesen las primeras disecciones de cuerpos femeninos, lo cual puso de manifiesto la existencia, por ejemplo, de los óvulos y de los espermatozoides, y, sobre todo, para que el tema de la sexualidad dejase de ser un tema tabú.


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Para saber más

• Historia Medieval del Sexo y el Erotismo, de Ana Martos.

• En busca del placer perdido, artículo de José Luis Corral para la revista Muy Interesante, número 21.

 

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