
Cuando
el 22 de agosto de 1812 el suizo, Johann
Ludwig Burckhardt, haciéndose pasar
por un árabe que quería sacrificar
una cabra ante la tumba del Profeta Aaron,
consiguió, que los beduinos le guiaran
a través del desfiladero del Siq
hasta Petra (piedra en griego), la ciudad
misteriosa de la que había oído
hablar en El Cairo, no podía creer
lo que veía. No pudo pararse a tomar
notas ni hacer dibujos por temor a ser descubierto,
pero era consciente de que estaba encontrando
para los Occidentales la ciudad rosa del
desierto, una ciudad abandonada durante
siglos, y de la que no se había tenido
noticia desde la época de los Cruzados.
Petra
se encuentra en Jordania, en un valle escondido
y de difícil acceso, al este del
valle de la Aravá, que va desde el
Mar Muerto hasta el Golfo de Aqaba. El acceso
principal es a través del Siq, un
estrecho cañón bordeado por
altas rocas. Su emplazamiento estratégico
fácil de defender, junto con la abundancia
de agua, hizo de ella un buen lugar para
que naciera una ciudad que pronto se hizo
imprescindible como parada de las caravanas
que atravesaban el desierto y conectaban
Asia Menor con el Mediterráneo.

La
característica principal de Petra
son sus construcciones. Todos sus edificios
están excavados en la roca con grandes
fachadas de estilo helenístico labradas
en la piedra. Las rocas de Petra son de
un color rosáceo y van cambiado de
color según la posición del
sol, lo que le ha valido el nombre de "ciudad
rosa del desierto".
En
su arquitectura destacan, sobre todo, la
Khaznet (la Tesorería) edificio totalmente
esculpido en la roca, con unas gigantescas
columnas que lo hacen el monumento más
famoso de la ciudad, y el Monasterio de
Deir al que hay que acceder por una escalinata
de 800 peldaños escavados en la piedra.

Se
conserva también un teatro construido
originariamente por los nabateos y ampliado
posteriormente por los romanos. Hay cientos
de tumbas, como la Tumba de los Obeliscos
con sus cuatro enormes columnas, o las Tumbas
Reales, la mayoría con fachadas de
estilo helenístico, pero donde los
diferentes estilos dejaron su huella; templos
nabateos como El Qasr al-Bint destruido
por un terremoto y vuelto a reconstruir,
con la característica de que es uno
de los pocos edificios de la ciudad que
no están escavados en la roca sino
construidos; grandes iglesias de la época
bizantina o conjuntos arquitectónicos
como los Jinns que, todavía hoy,
son un misterio pues se trata de veinte
rocas de las que no se conoce su finalidad.
Existen
restos arqueológicos que datan del
Neolítico, el asentamiento más
antiguo que se ha encontrado en Petra data
de la Edad de Hierro, unos 10.000 años
a. de. C. Pero del primer pueblo del que
tenemos constancia que se estableció
en el valle son los Edomitas, al final del
siglo VIII a. de C. Pueblo poco constructor
pero muy afamado por su cerámica
de la que nos han llegado restos.

No
se sabe la causa exacta por la que los Edomitas
dejaron paso a los Nabateos, auténticos
fundadores de la ciudad en el siglo III
a. de C., pero lo cierto es que los Edomitas
acabaron asentándose al sur de Palestina
y abandonando el enclave de Petra.
Los
nabateos hicieron de Petra su capital e
idearon un hábil sistema de aprovechamiento
del agua en esta región semidesértica.
El resultado del control del agua junto
a la situación estratégica
de la ciudad por su fácil defensa,
hicieron que Petra se convirtiera en una
parada importante en las rutas de las caravanas
comerciales que atravesaban el desierto
y podían descansar allí a
cambio de un pago. Eran los comienzos de
una gran ciudad que vivió su apogeo
hacia el año 50, pero siempre envuelta
en continuas batallas por su control. El
estilo arquitectónico de lo nabateos
con influencias Grecoromanas y Orientales
es una muestra de la naturaleza activa de
sus ciudades.
En
los años 64 - 63 a. de C. el general
Pompeyo conquistó los territorios
de los nabateos y los anexó a Roma,
dándoles, sin embargo, una relativa
autonomía a cambio de pagar impuestos
y proteger sus fronteras de las tribus del
desierto. Pero en el año 106 el emperador
Trajano convirtió Petra y Nabatea
en una provincia romana, a la que llamó
Arabia Petraea, y que luego fue rebautizada
por Adriano como Hadriana Petrae.
La
apertura de las rutas marítimas en
la época romana desvió las
corrientes comerciales de la ciudad y, aunque
algunas caravanas siguieron parando en Petra,
lo cierto es que este cambio en las rutas
comerciales disminuyó el interés
estratégico de la ciudad que recibió
un golpe fatal. Aún así, durante
la época romana todavía conoció
un periodo de prosperidad.
En
el año 330, el emperador Constantino
creó el Imperio Romano de Oriente,
y la ciudad se convirtió en una provincia.
Ahora era una parte del Imperio Bizantino
y el cristianismo se impuso. De esta época
son las grandes iglesias que se conservan,
e incluso llegó a haber un obispado
en Petra.
La
ciudad que ya se encontraba debilitada por
la disminución de la actividad comercial,
sufrió un gran terremoto en el año
363 que destruyó casi la mitad de
la ciudad. A pesar de ello, Petra continuó
existiendo varios siglos más, pero
un segundo terremoto en el año 551,
más grave que el anterior, destruyó
casi toda la ciudad y Petra ya no se recuperó.

Petra
se había vaciado de habitantes, convirtiéndose
en una aldea, cuando en la Edad Media es
conquistada por los árabes, y posteriormente
por los Cruzados antes de ser totalmente
olvidada y perderse en el tiempo hasta que
en 1812 Johann Ludwig Burckhardt, la redescubrió.
Actualmente,
Petra es patrimonio mundial de la UNESCO
desde 1985, y en 1993, Jordania delimitó
una parte de la ciudad como parque nacional.
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