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Los mitos
eolapaz.com

Creative Commons License Alba Valdés
Estudiante de secundaria, Colegio La Paz, Torrelavega (Cantabria)



La palabra mito tienen su origen etimológico en el vocablo griego ‘mythos’, que significa fábula. Hoy se usa esta palabra para definir un relato popular o literario en el que intervienen seres sobrehumanos y en el que se desarrollan acciones imaginarias que narran acontecimientos históricos, reales o deseados, o en los que se proyectan ciertos complejos individuales o ciertas estructuras relacionadas con la familia o la sociedad.
Otra de las acepciones que tiene, es la idealización de un hecho o de un personaje histórico que presenta caracteres extraordinarios (el mito ‘napoleónico’, la muerte prematura de un personaje popular, como puede ser un cantante o actor frecuentemente le convierte en un mito...).
Una idea , teoría, doctrina, etc., que expresa los sentimientos de una colectividad y se convierte en estímulo de un movimiento también puede llegar a convertirse en un mito (el mito ‘americano’). De igual modo que una creencia irrealizable o cualquier producto de la imaginación (la eterna felicidad...).
En general se puede decir que ‘mito’ es toda creencia que se refiere a la misma idea y que se impone en el seno de una comunidad (‘eso de que tiene millones en el banco es un mito’).

El nacimiento y la función del mito son temas que siempre han interesado a los antropólogos. Según estos, los mitos encarnan unos fenómenos fundamentales de la vida: el amor, la muerte, el tiempo, etc., y ciertos fenómenos, como los bosques y las tormentas, tienen siempre el mismo valor simbólico, cualquiera que sea la civilización considerada.
El mito describe la vida sensorial de cada pueblo, su forma de comer, de cazar, etc., y su vida social o ritual. El mito es para cada pueblo una forma de ‘contar’ su manera de ser (parentesco, filiación, producción), en su especificidad y en su relación con el medio natural en el que vive.


¿Cómo surge el mito?

Los humanos, encontrándose en lucha con los fenómenos de la naturaleza, sintieron la necesidad de dirigirse a seres superiores, de atribuirles el bien y el mal que experimentaban, de honrar a aquellos que creían favorables, de implorar la piedad de los que consideraban hostiles y, por último, de erigir a unos y a otros en divinidades. De esta manera tuvo cada pueblo su mitología propia.
En el principio del mundo toda la naturaleza no era sino una masa informe llamada Caos. Los elementos yacían en confusión: el Sol no esparcía su luz, la tierra no estaba suspendida en el espacio, el mar carecía de riberas. El frío y el calor, la sequía y la humedad, los cuerpos pesados y los cuerpos ligeros se confundían y chocaban continuamente, hasta que un dios, para poner fin a tan prolongada lucha, separó el cielo de la tierra, la tierra de las aguas y el aire más puro del aire más denso, una voluntad omnipotente plasmó el globo, formó las fuentes, los estanques, los lagos y los ríos; ordenó a los campos que se dilataran, a los árboles que se cubrieran de hojas, a las montañas que se levantaran sus cimas y que entre unas y otras se abrieran los valles. Los astros brillaron en el firmamento, los peces surcaron las aguas, los cuadrúpedos habitaron la tierra, y los pájaros, volando por los aires, hincaron sus armoniosos trinos, así fue creado el universo y los dioses velaron por su conservación.
Las civilizaciones del Antiguo Egipto, Precolombinas, Asiáticas, Árabes, o de antiguos pueblos como los Celtas, Galos, Romanos o Griegos, por ejemplo, cuentan con mitos comunes que explican fenómenos de la naturaleza o valores humanos inexplicables para ellos a no ser que se apoyaran en un mito creado por sus pensadores. Los fenómenos que explican suelen ser comunes, sin embargo, los nombres de los mitos y las historias en las que se apoyan varían, dando lugar a auténticas creaciones que muchos escritores han recogido de la tradición oral y convertido en bellas obras literarias.

Uno de los más hermosos es el de Eco y Narciso. Eco, hija del aire, amaba a Narciso con tanta pasión, que le seguía por el bosque, en la caza, a las fuentes, por los más alejados desiertos, con la esperanza de arrancarle alguna palabra favorable, una mirada cariñosa, una prueba de afecto. Trabajo inútil: un obstinado desdén era el único premio a tales desvelos. Abatida por la tristeza y llena de vergüenza por haberse rebajado a tantas tentativas humillantes, Eco se retiró a lo mas intrincado de los bosques, escogió por morada los antros y cavernas y cayó en tal estado de agotamiento y flaqueza, que no le quedaron más que los huesos y aun éstos fueron metamorfoseados en peñascos, no quedando de ella, al fin, sino su voz.
Narciso, de rara belleza, era hijo del río Cefiso y de la ninfa Liriope. Al venir al mundo su madre consultó al adivino Tiresias cuál sería el porvenir de ese niño y obtuvo por respuesta ‘que Narciso llegaría a edad avanzada si no se daba jamás cuenta de su belleza’.

Un día que andaba por el monte, advertido de que su imagen se reflejaba en una fuente de aguas limpias, se enamoró de su figura y no quiso ya alejarse del espejo que le ofrecían las aguas. Cuanto más se contemplaba, mayor era su loca pasión: Narciso entonces suspiraba, tendía los brazos hacia el objeto amado, se esforzaba por cogerlo y abrazarlo y derramaba abundantes lágrimas de despecho y de dolor. Inmóvil día y noche junto a la fuente, se consumió de inanición y melancolía.

Al descender las ninfas de las montañas vieron a Narciso en el momento mismo en que acababa de morir, y sin poder contener sus gemidos de dolor, se dispersan por toda la comarca y congregan a grandes gritos a sus compañeras para que acudan a celebrar los funerales en memoria de su amigo. Coronadas de ciprés, se adelantan lentamente hacia la fuente fatal, pero ya no encuentran allí el cuerpo de aquel a quien tanto lloran. En su lugar había brotado una nueva flor que se llama narciso’.

Este mito de la metamorfosis de dos dioses inferiores recogido por Ovidio, autor clásico romano, explica el fenómeno del eco en la naturaleza y la aparición del narciso, planta bulbosa, de flores amarillas o blancas muy aromáticas provistas de una especie de corona dorada.

Además me parece muy interesante porque tiene grandes dosis didácticas; es decir, nos advierte del peligro que corremos cuando nos sentimos demasiado orgullosos de nuestra belleza física: no veremos lo que hay a nuestro alrededor, tan solo seremos esclavos de conservarla.

Este mito debe ser tenido en cuenta en nuestros días porque es fácil darnos cuenta de que se está dando demasiada importancia a nuestro aspecto físico y olvidamos cultivar nuestra formación emocional y cultural. No queremos ser conscientes de que, pese a los avances en la cirugía estética, el tiempo pasa y nuestro cuerpo tiene que cambiar. De hecho, en nuestra sociedad es frecuente encontrar personas que se han vuelto adictas al cambio de imagen, hasta tal punto que, se han convertido en personas sin expresión, ni en sus caras ni en sus gestos.

Como conclusión, este mito nos muestra como el extremado amor por nosotros mismos nos hace morir como seres humanos. Así son todos, lecciones sobre nosotros mismos..



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