
La palabra mito tienen su origen etimológico
en el vocablo griego ‘mythos’,
que significa fábula. Hoy se usa
esta palabra para definir un relato popular
o literario en el que intervienen seres
sobrehumanos y en el que se desarrollan
acciones imaginarias que narran acontecimientos
históricos, reales o deseados, o
en los que se proyectan ciertos complejos
individuales o ciertas estructuras relacionadas
con la familia o la sociedad.
Otra de las acepciones que tiene, es la
idealización de un hecho o de un
personaje histórico que presenta
caracteres extraordinarios (el mito ‘napoleónico’,
la muerte prematura de un personaje popular,
como puede ser un cantante o actor frecuentemente
le convierte en un mito...).
Una idea , teoría, doctrina, etc.,
que expresa los sentimientos de una colectividad
y se convierte en estímulo de un
movimiento también puede llegar a
convertirse en un mito (el mito ‘americano’).
De igual modo que una creencia irrealizable
o cualquier producto de la imaginación
(la eterna felicidad...).
En general se puede decir que ‘mito’
es toda creencia que se refiere a la misma
idea y que se impone en el seno de una comunidad
(‘eso de que tiene millones en el
banco es un mito’).
El nacimiento y la función del mito
son temas que siempre han interesado a los
antropólogos. Según estos,
los mitos encarnan unos fenómenos
fundamentales de la vida: el amor, la muerte,
el tiempo, etc., y ciertos fenómenos,
como los bosques y las tormentas, tienen
siempre el mismo valor simbólico,
cualquiera que sea la civilización
considerada.
El mito describe la vida sensorial de cada
pueblo, su forma de comer, de cazar, etc.,
y su vida social o ritual. El mito es para
cada pueblo una forma de ‘contar’
su manera de ser (parentesco, filiación,
producción), en su especificidad
y en su relación con el medio natural
en el que vive.
¿Cómo surge el mito?
Los humanos, encontrándose en lucha
con los fenómenos de la naturaleza,
sintieron la necesidad de dirigirse a seres
superiores, de atribuirles el bien y el
mal que experimentaban, de honrar a aquellos
que creían favorables, de implorar
la piedad de los que consideraban hostiles
y, por último, de erigir a unos y
a otros en divinidades. De esta manera tuvo
cada pueblo su mitología propia.
En el principio del mundo toda la naturaleza
no era sino una masa informe llamada Caos.
Los elementos yacían en confusión:
el Sol no esparcía su luz, la tierra
no estaba suspendida en el espacio, el mar
carecía de riberas. El frío
y el calor, la sequía y la humedad,
los cuerpos pesados y los cuerpos ligeros
se confundían y chocaban continuamente,
hasta que un dios, para poner fin a tan
prolongada lucha, separó el cielo
de la tierra, la tierra de las aguas y el
aire más puro del aire más
denso, una voluntad omnipotente plasmó
el globo, formó las fuentes, los
estanques, los lagos y los ríos;
ordenó a los campos que se dilataran,
a los árboles que se cubrieran de
hojas, a las montañas que se levantaran
sus cimas y que entre unas y otras se abrieran
los valles. Los astros brillaron en el firmamento,
los peces surcaron las aguas, los cuadrúpedos
habitaron la tierra, y los pájaros,
volando por los aires, hincaron sus armoniosos
trinos, así fue creado el universo
y los dioses velaron por su conservación.
Las civilizaciones del Antiguo Egipto, Precolombinas,
Asiáticas, Árabes, o de antiguos
pueblos como los Celtas, Galos, Romanos
o Griegos, por ejemplo, cuentan con mitos
comunes que explican fenómenos de
la naturaleza o valores humanos inexplicables
para ellos a no ser que se apoyaran en un
mito creado por sus pensadores. Los fenómenos
que explican suelen ser comunes, sin embargo,
los nombres de los mitos y las historias
en las que se apoyan varían, dando
lugar a auténticas creaciones que
muchos escritores han recogido de la tradición
oral y convertido en bellas obras literarias.
Uno
de los más hermosos es el de Eco
y Narciso. Eco, hija del aire, amaba a Narciso
con tanta pasión, que le seguía
por el bosque, en la caza, a las fuentes,
por los más alejados desiertos, con
la esperanza de arrancarle alguna palabra
favorable, una mirada cariñosa, una
prueba de afecto. Trabajo inútil:
un obstinado desdén era el único
premio a tales desvelos. Abatida por la
tristeza y llena de vergüenza por haberse
rebajado a tantas tentativas humillantes,
Eco se retiró a lo mas intrincado
de los bosques, escogió por morada
los antros y cavernas y cayó en tal
estado de agotamiento y flaqueza, que no
le quedaron más que los huesos y
aun éstos fueron metamorfoseados
en peñascos, no quedando de ella,
al fin, sino su voz.
Narciso, de rara belleza, era hijo del río
Cefiso y de la ninfa Liriope. Al venir al
mundo su madre consultó al adivino
Tiresias cuál sería el porvenir
de ese niño y obtuvo por respuesta
‘que Narciso llegaría a edad
avanzada si no se daba jamás cuenta
de su belleza’.
Un día que andaba por el monte, advertido
de que su imagen se reflejaba en una fuente
de aguas limpias, se enamoró de su
figura y no quiso ya alejarse del espejo
que le ofrecían las aguas. Cuanto
más se contemplaba, mayor era su
loca pasión: Narciso entonces suspiraba,
tendía los brazos hacia el objeto
amado, se esforzaba por cogerlo y abrazarlo
y derramaba abundantes lágrimas de
despecho y de dolor. Inmóvil día
y noche junto a la fuente, se consumió
de inanición y melancolía.
Al descender las ninfas de las montañas
vieron a Narciso en el momento mismo en
que acababa de morir, y sin poder contener
sus gemidos de dolor, se dispersan por toda
la comarca y congregan a grandes gritos
a sus compañeras para que acudan
a celebrar los funerales en memoria de su
amigo. Coronadas de ciprés, se adelantan
lentamente hacia la fuente fatal, pero ya
no encuentran allí el cuerpo de aquel
a quien tanto lloran. En su lugar había
brotado una nueva flor que se llama narciso’.
Este
mito de la metamorfosis de dos dioses inferiores
recogido por Ovidio, autor clásico
romano, explica el fenómeno del eco
en la naturaleza y la aparición del
narciso, planta bulbosa, de flores amarillas
o blancas muy aromáticas provistas
de una especie de corona dorada.
Además me parece muy interesante
porque tiene grandes dosis didácticas;
es decir, nos advierte del peligro que corremos
cuando nos sentimos demasiado orgullosos
de nuestra belleza física: no veremos
lo que hay a nuestro alrededor, tan solo
seremos esclavos de conservarla.
Este mito debe ser tenido en cuenta en nuestros
días porque es fácil darnos
cuenta de que se está dando demasiada
importancia a nuestro aspecto físico
y olvidamos cultivar nuestra formación
emocional y cultural. No queremos ser conscientes
de que, pese a los avances en la cirugía
estética, el tiempo pasa y nuestro
cuerpo tiene que cambiar. De hecho, en nuestra
sociedad es frecuente encontrar personas
que se han vuelto adictas al cambio de imagen,
hasta tal punto que, se han convertido en
personas sin expresión, ni en sus
caras ni en sus gestos.
Como conclusión, este mito nos muestra
como el extremado amor por nosotros mismos
nos hace morir como seres humanos. Así
son todos, lecciones sobre nosotros mismos..
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