| Luís
García Berlanga
eolapaz.com
 |
Manuel
Pérez Linde
Estudiante
de Bellas artes, Madrid |


Espontáneo e independiente,
así se describió, así
mismo, el genial Luis García Berlanga,
ya hace unos años. Indispensable
para el conocimiento del cine y de la cultura
española contemporánea, reivindicador
constante de nuestro patrimonio cultural,
y denunciante declarado de nuestras miserias,
Berlanga, que fallecía esta semana
a los 89 años, supo retratar como
nadie las miserias y las virtudes de un
país, primero de forma ingenua y
sutil, en los años de la dictadura,
y luego descarnada en los de la transición.
Y siempre con una mira ingenua, con una
profunda elegancia, con un sublime sentido
del humor. Retratando con toda crudeza y
sin piedad, un mundo de valores caducos,
contradictorios y en casos deleznables.
Siempre con humor, siempre con ternura,
siempre sacando, hasta de lo más
abominable, el sentido último y positivo
de la vida humana. Y siempre retratando
al ser humano y a su país bajo la
intensa y revitalizadora luz mediterránea.
Temido, respetado y comprendido, contrariamente
a lo que sufren muchos genios, Berlanga
había nacido en Valencia en 1921,
en una familia de clase media, con cierta
tradición republicana, un sentimiento
agazapado en él, pero existente en
sus valores, como el mismo confesó
tras le rodaje de la serie televisiva “Blasco
Ibáñez”, en la que no
puedo disimular su fascinación por
el escritor republicano.
Su denuncia de actitudes y posiciones anti
democráticas y su dominio del lenguaje
narrativo le habían sido reconocidos
con numerosos premios, entre ellos el Premio
Príncipe de Asturias en 1986, el
Premio Nacional de Cinematografía
de 1981, la nominación al oscar en
1961 y la Medalla de Oro de Bellas Artes
de 1983. Ninguno fue, sin embargo, suficiente
reconocimiento para quien, sin lugar a dudas,
revolucionó el cine español,
introduciéndole en la modernidad,
rompiendo el concepto goebeliano de cine-propaganda
y superando la imagen ñoña,
folclórica y neutra que el cine había
tomado sin rechistar, con ejemplos como
Heredia y Orduña.
Ninguno de sus grandes rasgos le había,
sin embargo, dejado al margen del sufrimiento
humano que tantas veces había denunciado
en sus películas. Aquejado de una
grave enfermedad crónica, Berlanga
de había retirado en el año
2000. Un retiro del que había regresado
hace un año para rodar un anuncio
publicitario para Médicos Sin Fronteras,
precisamente en una campaña contra
el dolor de los que sufren sin que nadie
les retrate en sus obras. Ahí volvió
a dar muestras de su talento, de su humanidad
y de su ejemplo. Sentado en una silla de
ruedas, en su propia casa, y rodeado de
los suyos, el maestro, preso en un cuerpo
que se agotaba, aun se permitió,
desde el campo de la interpretación,
controlar todo el espacio, dirigir la cámara
y extender su magisterio una vez más.
Su
vida había sido pasto de las contradicciones.
Sospechoso de republicanismo había
puesto fin a su juventud en las filas de
la división azul, la unidad militar
que Franco envío a Rusia en apoyo
de los nazis, a fin de redimir así
a su padre, y ya de paso salvarle la vida.
Nunca disparó un tiro ni entro en
combate, su incontrolada pasión por
el erotismo le jugo una mala pasada y acabo
en la enfermería, muy lejos del frente,
aquejado de purgaciones.
Vuelto a España, él, un pacifista
confeso, hubo de librar batalla tras batalla
contra la censura y el aparato represor
de la época. Él, vitalista
irremediable, había presagiado su
final en su último gran filme, “Paris
Tombuctu”.

El
cine le había casado con varios genios
de la cultura española, entre ellos
el guionista Rafael Azcona. Desde el caótico
despacho de la calle Gaztambide, habían
creado todo un universo, melancólico
y ácido, en el que había criticado
con humor absurdo y esperpéntico
el poder político y a su oligarquía,
la pena de muerte, el boom inmobiliario,
la hipocresía burguesa o la superficialidad
ramplona de la iglesia, como en su celebrado
“Los jueves milagro”. Así
habían nacido piezas únicas,
como “Bienvenido Mister Marshall”,
“Plácido”, “El
verdugo”, “La escopeta nacional”,
“Todos a la cárcel”,
“Placido” o “La vaquilla”,
entre otras. Y en todas ellas, y con él
de notario, el acta de supervivencia de
un país machacado por el trauma de
la guerra, por la tristeza de su decadencia
secular y por la mala conciencia de la dilapidación
de su herencia colectiva.
¿Como contar todo eso sin bañarse
en lagrimas, sin sufrir el rechazo del público
ante tanta amargura, como soslayar la presión
de un gobierno que buscaba ocultar en fanfarria
e imaginaria las miserias de un país,
decían, llamado para la gloria, pero
parece ser en voz muy baja?
Con la improvisación necesaria para
no ahogar el ingenio de quienes compartían
con él su aventura, con una naturalidad
instantánea, con un poco de inspiración,
con largos planos secuencias, para no perder
detalle de cada conversación, de
cada guiño, con grandes coros de
actores, tan amplios como la sociedad que
retrataba, con grandes monólogos
e ideas, pagadas de anécdotas que
describían lo particular y pasajero
del alma humana, con mucha luz, tanta como
su Mediterráneo, con algo de la picardía
y la sensualidad que le obsesionaba, con
una virtuosa facilidad para afrontar la
tragedia y la impotencia colectiva con humor,
con piedad y con comprensión. Así
construía D. Luís, un poeta
visual, como le han llamado algunos, una
obra radical, descarnada y humana, el retrato
de España.

Un
día, uno de sus actores más
recurrentes, Alfredo Landa, le definió
como “un gran hijo de puta con balcones
a la calle”. Una pincelada acertada,
según el mismo cineasta, de alguien
que buscó abrazar la soledad perfecta,
y nunca pudo evitar formar parte de un equipo
inmenso.
De pequeño se separaba de sus iguales
para robar libros, literatura francesa principalmente,
en las letras de Cocteau. Cuando creció
debió ver con pavor como su padre
era perseguido por haberse sentado en los
bancos republicanos del congreso. Tras su
aventura en la división azul, a fin
de evitar la ejecución de su padre,
la soledad, de nuevo, tomo forma en el aislamiento
social de quien, siendo de familia roja
estaba manchado.
Su primera creación fue solitaria,
en sus primeros poemas, y en los primeros
cuadros que perfilaba de la mano del gran
Ricardo Zamorano, el famoso dibujante de
la revista “triunfo”. En ambos
casos con la espada de Damocles de aquel
que temía la ejecución inmediata
de su padre. Un temor del que arrancaría
“El verdugo”. En ambos reflejando
las memorias de un superviviente. Quizá
de esa soledad y ese miedo arrancaba su
timidez, quizá esa verborrea constante
que levantaba ante como un muro de protección,
quizá de esa soledad arrancaba esa
capacidad para analizar tan profundamente
su entorno, sin distracciones. Pero fue
siempre una soledad que par él era
una satisfacción y un enriquecimiento.
O quizá tan solo una pose.
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