Todo
el mundo cree, que el hórreo es una
construcción gallega, incluso apurando
asturiana, cuando en realidad estamos hablando
de una forma arquitectónica muy extendida
por toda la cornisa cantábrica, siendo
Cantabria una parte mas de ese mapa. De
hecho, Cantabria también es en eso,
parte del patrimonio rural y artístico
español, aunque con un modelo diferenciado
y propio.

Horreos gallegos
En Cantabria existió un tipo autóctono
que se diferenciaba de los del resto del
norte peninsular y que, por causa del abandono
y la desidia de las autoridades y la sociedad,
se encuentra en trance de desaparición,
hasta le puno de quedar en toda la región
tan solo 32 ejemplares catalogados, la mayoría
en un pésimo estado de conservación.
Los hórreos eran antiguamente almacenes
rurales cuya función era guardar
las cosechas, resguardándolas de
la humedad. El modelo cantabro del que os
hablo era de planta rectangular, alzado
sobre cuatro pilastras troncocónicas
de piedra o de madera de castaño
o roble (material mayoritario), que estaban
rematadas con grandes losas de piedra sobre
las que se apoyan las vigas de madera. Las
losas cumplían la misión de
evitar que los roedores trepasen por las
patas del hórreo comiéndose
el grano. El hórreo se cerraba en
sus laterales con maderos verticales sobre
los cuales se levantaba el tejado a dos
aguas.
La entrada al interior del hórreo
se realizaba, por la parte frontal, a través
de un gran hueco cuyas jambas eran dos pilastras
de madera, las cuales estaban normalmente
labradas con motivos decorativos típicos
de los aleros de las casonas montañesas
y de los arcones. En el dintel de la puerta
del hórreo se grababan leyendas y
la fecha de construcción. Leyendas
como aquellas recogidas en los libros que
estudian este fenómeno arquitectónico
y que decían cosas como “Esta
vida es de penas, y dolores, hacer, buenas
obras para ganar la eternidad, María
y José. Año de 1652».

Horreo
lebaniegos
En su interior, los hórreos se dividían
en cinco espacios: uno de entrada como si
fuese un portal, dos de pequeño tamaño,
a ambos lados del hueco de entrada, y dos
más grandes situados al fondo. Para
acceder al hórreo se construía
una doble escalinata exterior de piedra,
que terminaba en una plataforma que se levantaba
un metro por debajo de la entrada, con la
finalidad de evitar que los roedores puedan
entrar al interior.
En lugares como Liébana, además
de esta barrera anti roedores se construían
defensas contra el robo, por lo que es frecuente
encontrar unas lajas de piedra en el fondo
de las cajas donde se guardaban las semillas,
con lo que se evitaba que el grano fuera
robado mediante la perforación del
suelo del hórreo con un berbiquí.
Estas construcciones carecían en
su construcción de clavos, por lo
que la unión de las piezas se realizaba
mediante un complejo sistema de ensamblaje
y, sólo en algunos casos, se empleaban
espigas de madera.
La existencia de estas construcciones en
Cantabria esta documentada desde el 831,
en que se les cita en diversas cartas del
antiguo reino de Asturias. De esa primera
documentación y de otras posteriores
se deduce un origen prehistórico.
El nacimiento de estos elementos rurales
esta asociado a la revolución Neolítico,
en la que se inicia la agricultura. Este
descubrimiento obligo a idear construcciones
que sirvieran para guardar las cosechas,
evitar que se pudrieran o que fueran robadas
por otras comunidades menos desarrolladas.
Algunos historiadores creen ver incluso
un origen anterior, quizás en el
Paleolítico Superior.
En estas primeras épocas la forma
debió ser redonda, evolucionando
posteriormente a la actual planta rectangular.

Horreo
de Camaleño (Liebana)
El problema del hórreo cantabro,
sin embargo, es el escaso estudio y atención
que ha despertado. De hecho son muy pocos
los estudios históricos realizados,
y menos aun los rigurosos. Entre estos últimos
destacan los del arquitecto Alfonso de la
Lastra Villa y por el investigador Gustavo
Kraemer Koeller.
Ambos coinciden en que los que actual persisten
son de origen medieval, iniciados por la
repoblación del Monasterio de Santo
Toribio de Liébana, aunque el hórreo
más antiguo, que se conserva en la
región, es mas moderno, concretamente
de principios del siglo XVII, encontrándose
en Camaleño (Liébana).
Todos estos hórreos responden en
realidad dos topologías. Los orientales
son de origen vasco-pirenaico, mientras
que los de Liébana son de origen
asturiano-leonés.

Horreo
de Irene, Pido, Liebana
De ambos tipos solo quedan 32 en la actualidad.
Su progresiva desaparición responde
a varias causas. La principal es su derrumbe
por la erosión que en ellos provoca
la polilla, los hongos y la hormiga carpintera
(Camponotus herculaneum). Pro por encima
de todo ello, destaca el abandono, al haber
perdido su función como almacén
de grano. Tras ese abandono, el clima ha
hecho el resto (viento, nevadas,etc).
Ahora, en pleno deterioro, en algunos casos
irreversible, las autoridades intentan un
débil apoyo, como el que emana del
decreto de protección de 1979, que
obliga a su protección y cuidado,
responsabilizando de ello a los alcaldes
de los ayuntamientos, sin que existan para
ellos medios técnicos y financieros
establecidos.
Los hórreos fueron en su época
una fuente inagotable de tradiciones populares.
Así, en ciertas comarcas de Cantabria
los recién casados pasaban la noche
de bodas en los hórreos, rito que
tenia, evidentemente, relación con
antiguos cultos a la fertilidad, dado que
el hórreo al ser un almacén
de semillas simbolizaba la abundancia de
las futuras cosechas.