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Retrato
de Dora Maar
(1937)
Pablo
Ruiz Picaso (1881-1973)
Pintura pre cubista
Museo Picaso de Paris
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En
1937, el mismo año que pintó
el Guernika, Picaso realizo uno de los mejores
retratos de su amante Dora Maar. Un cuadro
plagado de influencias de Rembrandt y Rubens,
a la vez que se perciben los últimos
ecos de su pasado surrealista, y se anticipa
el cubismo que se inicia en su obra.
Dora Maar, la protagonista absoluta del
cuadro, habia pasado parte de su infancia
en Argentina, por lo que al hablar correctamente
español, hizo que Picasso lograse
una intimidad mayor con ella que con sus
anteriores amantes. Se conocieron en 1936,
en los circulos surrealistas parisinos,
cuando Maar trabaja como fotógrafa
y se implicaba en una facción disidente
del surrealismo dirigida por George Bataille,
que aseguraba que el amor produce desintegración,
sadismo y muerte. Precisamente, la violencia
que Picasso despliega en sus obras de mediados
de los años 30 está muy cercana
a ese ideal.

Pero Picasso y Maar tienen mucho más
en común que el surrealismo. Como
su dolor por una España que se desangraba
por la guerra civil y que lleva a Picasso
a pintar el Guernica. Maar, que en este
cuadro aparece en un fondo 'republicano',
de lineas amarillas, rojas y moradas, participa
activamente en su elaboración: le
consigue a Picasso el estudio de rue de
Grands-Augustins donde el malagueño
pinta su obra cumbre y documenta, con fotografías,
todo el proceso de su creación.
En el cuadro hay reminiscencias de Rembrandt,
e incluso de Rubens, en la rotunda plenitud
y personalidad de la retratada. Aun con
el perfil torcido característico
de Picasso, Maar está representada
en una postura clásica, elegante
y social. La mano está posada sobre
su mejilla derecha y en este cuadro, por
primera vez en toda la obra del malagueño,
aparecen las uñas rojas y triangulares
que el artista usó en los futuros
retratos de su amante.
Tras vivir su infancia en Málaga,
su adolescencia en La Coruña y su
juventud en Barcelona, Picasso (1881-1973)
llega a París por vez en 1900, donde
se instala definitivamente en 1904. La capital
francesa y sus alicientes culturales son
los que marcan toda su futura: con Matisse
descubre los fauvismos, con Braque, el precubismo;
Breton y Eluard el surrealismo. Pero su
gran momento llega en 1937 de la mano de
Dora Maar, su compañera y amante,
junto con quien realiza su Guernika y algunas
de sus mejores obras de madurez.
Su
innovación en este cuadro es la cara
imposble. En la misma época que Pablo
Picaso pinta este retrato, también
realiza algunos cuadros de su anterior amante,
que estaba pasando al olvido, Marie-Thérese
Walter. En las imágenes de ambas,
el malagueño experimenta con una
perspectiva imposible: la nariz se convierte
en una extensión de la cara, y el
ojo más distante al espectador mira
a través de ella al público.
Esa libertad de modificar los perfiles de
los retratados tiene sus orígenes
en la revolución cubista que Picasso
perpetró, con la inestimable colaboración
de Braque, antes de la Primera Guerra Mundial.
Maar mira directamente hacia el pintor,
aunque con la cabeza inclinada a la derecha,
lo que es casi imposible. Eso, a juicio
de los especialistas en la obra del artista,
significa que la presencia de Maar en el
cuadro sobrepasa el plano físico
y ocupa también el emocional. Esta
mirada directa recuerda al retrato de Helena
Fourment, pintado por Rubens hacia 1639,
que se conserva en el Museo del Louvre de
París.
Para
los especialistas en la obra de Pablo Picaso,
el resto de este cuadro está compuesto
por
una gran cantidad de símbolos: la
chaqueta art decó que lleva Dora
Maar, en tonos verdes y morados, sugiere
la primavera en el corazón, es decir,
el estado de enamoramiento de la pareja,
y la abeja que hace las veces de oreja derecha
aseguran que es el alma del pintor, que
está alimentándose del néctar
de su amada. Esa misma simbología
reaparece en Mujer llorando, una obra pintada
unos meses más tarde, en octubre
de 1937, y que se conserva en la Tate Modern
de Londres.